Los desfasados derechos de autor y los problemas ideológicos

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Hace poco más de un mes que me viene golpeando en la frente una de esas inquietudes puñeteras que parecen más el Grillo-parlante del buen Pinocchio que un estricto baile de neuronas. Los derechos de autor, creo yo, están tan desfasados como estuvieron en su momento los derechos del editor. No responden ya al momento histórico que nos ha tocado.

Vaya por delante que considero una verdad innegable que todo acto humano es una verdad ideológica. ¿Cómo puede no serlo si, a cada instante, tomamos decisiones? ¿Cómo puede no serlo si actuar de una determinada manera (y escribir es un modo de acción), es ya una elección en sí misma? Si esto es así, y lo es, todo poeta tiene necesariamente una responsabilidad, una necesidad absoluta de compromiso con su tiempo. Simplemente porque nuestra libertad no va más allá de nuestra realidad histórica.

No podemos interpretarlo, claro está, como una obligación por parte de los poetas de escribir directamente de la cuestión social, dejando atrás cualquier otro tema. Pero resulta evidente que profundizar, por poner un ejemplo, en la figura de un «poeta de amor» obviando problemáticas como la violencia de género no contribuye en nada a una mejora de la sociedad y es inevitablemente una elección ideológica. Hasta qué punto la literatura de evasión pueda considerarse legítima dependerá en gran medida de la concepción de la labor del poeta en el mundo.

La libertad de expresión está profundamente ligada a la libertad de acción: de la misma forma que instar a una persona a cometer un asesinato es un delito, proponer modelos amorosos que denigran a la mujer es moralmente muy reprobable. ¿Es cierto que todo en el arte vale? ¿Realmente pensamos que la poesía es profundamente intimista? Una poesía es un mensaje y el objetivo último de cualquier mensaje es la comunicación. El problema no radica en la presentación de estas problemáticas de forma explícita, como sucede en Cincuenta sombras de Grey sino en la utilización ideológica que de ello se hace. En este caso, el de Cincuenta sombras…, la polémica sería absurda si su autora fuese una militante feminista comprometida con la causa. Si se hubiera dado esa circunstancia, bien habríamos podido interpretar que su arte no es más que una «representación amoral» ante la cual el lector debe aplicar su sentido crítico. De cualquier forma, conviene tener en cuenta que la obra de un poeta va más allá del conjunto de sus textos. Tal vez, en una sociedad escrita como a la que dio lugar el auge de la imprenta, se pueda entender que la creación literaria de un autor consiste exclusivamente en su obra. Pero hace años que no somos ya una sociedad escrita: como mínimo, deberíamos considerarnos una sociedad híbrida. El auge de las televisiones, de la radio, del cine, traslada las experiencias poéticas a ámbitos hasta hace poco desconocidos (o, más bien, olvidados) haciendo que se diluya en un maremágnum de informaciones la función histórica de los poetas como transmisores de ideología. El poeta es solo un agente ideológico más y, ni siquiera, de particular relevancia.

Es evidente que la poesía sobrevivirá, siempre sobrevive. Pero esto solo puede darse por dos vías. En primer lugar, puede encaminarse a la poesía de evasión, como se viene ya observando desde hace no poco tiempo. El estallido de la crisis fue un caldo de cultivo perfecto para que las poesías de evasión, principalmente amorosas, coparan el mercado, alejando a la gran masa de lectores de textos críticos con la sociedad contemporánea. Se tolera, claro está, por «salud democrática», la difusión de textos críticos en los márgenes institucionales; esa poesía que se ha adueñado del sintagma poesía social pero que tiende a limitarse a micros abiertos y libros sin mayor pretensión que la venta, bajo pretextos de lo más variopintos. Por otra parte, los poetas pueden elegir la vía revolucionaria, una poesía militante, que, al contrario de como resulta hacer la poesía social contemporánea, no intente sustituir la organización de la población oprimida, es decir, de la clase trabajadora; sino que complemente y acompañe este proceso. Para esta vía, que constituye la vía poética necesaria, los derechos de autor son solo un lastre: ¿cómo puede querer un poeta militante querer acercarse a su lector si introduce entre mensaje y receptor un arancel? El poeta militante tiene la obligación moral de escribir entendiendo que el arte no es un fin, sino un medio de expresión y de intervención social. El poeta tiene la obligación de renunciar a un modelo que no corresponde al mensaje que debe transmitir. Es evidente que su trabajo merece ser remunerado, pero las tasas no pueden introducirse antes de que su mensaje haya llegado. Se pueden pedir donaciones, vender ediciones especiales, comerciar con las publicaciones en papel, poner entradas pagadas a los recitales; pero siempre, este es el punto esencial, debe existir una forma gratuita de acercar la poesía a su clase.

La solidaridad obrera también tiene que escribirse. La escritura obrera también tiene que solidarizarse. Que muera la poesía social. Que viva la poesía militante.

 

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