Jesús Carrasco: ponerte a ti mismo el listón demasiado alto

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Leí Intemperie tres años después de su publicación —siempre parezco ir un paso por detrás del resto del mundo—. No sé si había leído por ahí que la novela del escritor pacense revolucionaba a sus lectores, no sé si había leído que estábamos ante un prometedor titán de las letras hispánicas. No sé por qué el furor pasó delante de mí y yo no me di cuenta, quizás tenía la cabeza metida en un hoyo, pero sí sé —ahora lo sé— que eso era, más o menos, lo que escribía la crítica en 2013, cuando Seix Barral decidió publicar la primera novela de Jesús Carrasco.

Desde entonces han pasado tres años. La segunda novela, La tierra que pisamos, fue esperada con ansiedad e ilusión por el grupo de lectores que se había quedado con el mono de la prosa maravillosa que había encontrado, como un tesoro de inmenso valor, en Intemperie. La ventaja de ir un paso por detrás de todos —pensé, al cerrar la última página de la primera novela—, es que yo no voy a esperar. Solo unas horas después compré el ebook y aunque pensé que 12,42 euros era un precio alto para un libro, especialmente no impreso, los pagué sin dudarlo —y habría pagado más, y habría pagado la versión impresa si eso no hubiese implicado esperar hasta el día siguiente para comenzar a leer: así mis ganas de consumir Carrasco—.

Tardé más tiempo en terminar el segundo libro. Si Intemperie se me deslizó entre las manos, de principio a fin, en unas cuantas horas repartidas entre dos días, La tierra que pisamos se me resistió el doble de tiempo. Después, miré por encima algunas reseñas que encontré en Goodreads. A pesar del promedio no muy alto, más o menos de tres estrellas —digo «no muy alto» porque he notado que la gente en Goodreads es muy generosa puntuando, mientras que yo me lo pienso mucho antes de poner un tres—, los lectores escribían comentarios positivos. No puedo estar más en desacuerdo con el contento generalizado —aunque parecía haber trazas de resignación— que ha causado La tierra que pisamos. Sinceramente, creo que son lectores que aprueban la novela por inercia, porque creen que es lo normal, especialmente después de haber encontrado un libro tan cautivador como Intemperie: ¿Quiénes son ellos para declarar que La tierra que pisamos es una auténtica decepción? Seguramente piensan que, si no les gustó, el problema está en ellos, no en el libro.

Pero yo no me puedo quedar tranquila, así y ya. No puedo afirmar que La tierra que pisamos es una excelente segunda entrega de Jesús Carrasco, que se palpa esa narrativa impactante, que la historia es crítica, que la estructura fragmentaria es original. No puedo porque no creo que sea verdad. De hecho, lo que creo es que La tierra que pisamos es un libro que da la sensación de ser un primer borrador de una novela que parecía ser prometedora, pero que no alcanzó todo el potencial que contenía. No fue una novela ejecutada con éxito. Y no. Hay cosas que no son cuestión de gustos. Los fallos formales y las malas decisiones son, justamente, eso: fallos formales y malas decisiones.

Me imagino que a continuación debo cumplir con la convención y alertar acerca de posibles spoilers. Realmente no creo que nada de lo expuesto a continuación pueda perjudicar a la lectura de nadie, ambas tramas son llanas y no ocultan sorpresas. A no ser que seas spoilerfóbico y tuvieras que sacarte los globos oculares a lo Elle Driver si te encontraras con alguna información que revelara algo de la trama, creo que puedes seguir leyendo.

 1. Intemperie (2013)

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¿Dónde está la magia de Intemperie?
Por todas partes.

Mi experiencia de lectura fue algo así:

Desde el principio el narrador me causó una buena impresión. Una tercera persona neutral, descarnada, marca la distancia que será característica de la atmósfera de la historia. Sus frases no son sencillas, de hecho, sentí que me abofeteaban con una dosis de léxico que me desubicó al principio, pero que aprendí a disfrutar muy pronto. Intemperie es una mina de vocabulario, un manantial de palabras de origen rural. Es un tipo de léxico que, si bien siempre ha tenido ese no sé qué encantador, ahora su encanto no hace más que hincharse —conforme crece el peligro de que se vuelvan palabras olvidadas, almacenadas en diccionarios, como una galería de antigüedades— se vuelven más y más bellas —soy nostálgica—. A pesar de la dificultad, no parece una prosa artificial, y yo pensaba conforme leía «nadie conoce todas estas palabras, esto solo puede escribirse con el diccionario de sinónimos al lado». Claro, no lo sé. Creo que tiene mérito que la narración no parezca forzada, que no rechine al ser leída.

Junto con las palabras vienen los objetos. Carrasco presenta un inventario amplísimo de toda clase de artefactos, herramientas, utensilios, textiles, alimentos, máquinas, accidentes geográficos. Con este mapa de objetos, Intemperie brinda un imaginario desolador y, aun así, inmensamente bello que, creo yo, se disfruta mucho en la lectura. Digo desolador, porque la historia se desenvuelve sobre un páramo inmenso que atraviesa una terrible sequía que conduce a la muerte a los pueblos de una zona geográfica muy amplia­. El espacio desértico —un acierto más— dibuja un ambiente que se balancea entre lo salvaje y su hermosura, y una crueldad abrumadora, y lo hace con impresionante maestría: no se distinguen tiempos ni lugares, los diálogos son escasísimos, los personajes se pueden contar con una mano y ninguno tiene nombre propio. El páramo es cruel, inabarcable, egoísta, indiferente. En él sobrevive quien puede y poco más importa. Los nombres propios, en el desierto, cuando hay sed e insolaciones, cuando todo está enterrado bajo la arena, no vienen al caso. Carrasco lo entiende bien.

Intemperie tiene cadencia interior, un ritmo continuo, lirismo, brutalidad en dosis ideales. Es descarnado y sensible a la vez. En definitiva, es un libro precioso.

2. La tierra que pisamos (2016)

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Leí la primera mitad de una sentada. Al principio me pareció una novela que podía ser sólida. Había una narradora contradictoria que luchaba entre lo que se le había inculcado —imperialismo, patriotismo, superioridad, racismo— y lo que su sentido común parecía intentar decirle. Lo escucha, finalmente, con la llegada de un segundo personaje, y cada vez lo escucha con más atención. Hasta ahí todo bien. El problema es que esta protagonista narradora que promete evolucionar, rápidamente se vuelve predecible, aburrida y, lo peor de todo, inverosímil.

La novela completa está construida a partir de unos cuadernos personales que ella escribe. Primero habla sobre su situación personal —tiene que cuidar de su marido que, por alguna razón, no puede moverse ni hacer nada por sí mismo, pero que tuvo, en su día, un alto cargo militar—. Tras la llegada del hombre misterioso, sin embargo, su interés por la tierra en la que vive, una colonia del gran imperio ficticio en Badajoz, tras décadas de habitarla, brota de repente. Se convertirá en una obsesión reconstruir los pasos del desconocido, y la reconstrucción de su historia personal servirá de excusa a Carrasco para retratar escenarios distintos: el presente de Eva —la tierra violentada después de años de la invasión y cómo evolucionó la sociedad en ella—, el momento de la invasión y la captura de los prisioneros, la vida antes de la interpelación militar, los maltratos y la explotación a los capturados. Expuesto así todo parece una gran idea. ¿Dónde está el fallo?

En primer lugar, en la extensión de la novela. Con la mitad de páginas le bastaba y le sobraba para bordar la historia. La segunda mitad del libro es tediosa. Durante el último tercio me planteé varias veces abandonar el libro —entonces recordaba lo de los 12,42 euros y seguía leyendo, aunque se me cerraran los ojos—. La estructura es fragmentaria, los capítulos son cortos, todos los tiempos internos de la historia se entrelazan entre ellos. Definitivamente, lo mejor habría sido sacar provecho estas características predefinidas y seguir los pasos, por ejemplo, de Juan Rulfo —sabia decisión la extensión que tiene Pedro Páramo—.

En segundo lugar, en su narradora. Es odiosa, y no porque sea una imperialista insoportable, sino por lo que dije sobre la verosimilitud. Nadie escribe así sus cuadernos personales: frases demasiado largas y complicadas, reflexiones complejísimas y elaboradísimas y, además, con un grado de dificultad del léxico muy alto —aunque no tanto como el de Intemperie—. Parecía, en lugar de diarios, que estaba escribiendo una novela premeditada y con mucho trabajo detrás. Como no me podía creer que una mujer que había sido criada para casarse con un militar, que llevaba a saber cuántos años alimentando a un hombre babeante con puré, y que por sí misma reflejaba un altísimo nivel de ingenuidad e ignorancia, pudiera escribir espontáneamente esos textos, me sentía constantemente expulsada de la ficción.

En tercer lugar, el aislamiento perpetuo de los personajes. No hay interacción entre ellos en todo el libro. De nuevo, me parecería bien si el libro fuese mucho más corto, pero ya que no lo fue, me pareció una necedad mantener a la mujer y al hombre incomunicados durante todo el libro. Sí, la incomunicación se debía a que él estaba completamente loco, pero estoy segura de que hubiese podido haber algún tipo de solución distinto. Al menos, creo, pudo darle mucho más juego en la reconstrucción de la historia: si no puede hablar ahora, haz que hable antes. No hay por dónde enlazar ni simpatizar, como lector, con el hombre al que se debe la novela entera.

Finalmente, el exceso de violencia, en mi opinión, terminó siendo contraproducente. Las escenas que impactan, impactan las primeras veces, pero conforme avanzas y se van repitiendo golpes, hambre, frío, locura, cicatrices, explotación, trabajos forzados, desmayos, muertes, abuso de autoridad, terminas por volverte completamente indiferente a la crueldad. Yo suelo preferir lo sugerente y no lo gráfico, pero cuando se va por la vía de lo gráfico también hay que saber hacerlo con cautela y sabiduría, y creo que Carrasco no supo elegir cómo recrear las escenas más brutales con suficiente inteligencia. Había crudeza pero parecía una crudeza tímida, y se extendió tanto durante la obra que terminó por ser una especie de mazacote mal embarrado por todo el libro.

Tras una novela tan entrañable como Intemperie, creo que Carrasco estaba en una posición muy complicada. Su primer libro había sido un éxito y era de una calidad asombrosa —especialmente para una primera novela—; no podía permitirse repetirse, no después de haber creado tantas expectativas. Si caía en la redundancia, se asumiría rápidamente que solo podía crear un tipo de novela. Quizás, en su intento de alejarse lo más posible de la línea que había elegido en Intemperie, quizás bajo la presión de la editorial —de esa gente nunca se sabe—, terminó presentando un libro que, de haber sido escrito por alguien más, habría podido pasar como un libro promedio, ni bueno ni malo; pero porque era él, solo por eso, La tierra que pisamos es un libro que deja mucho que desear.

Andrea y Magdalena de Cervantes

No sabía si escribir esto o no. En parte porque de Miguel de Cervantes se habla mucho y se aporta poco, y en parte porque se trata de una cuestión en la que fácilmente se puede caer en el simplismo o, por el contra36354195rio, en lo rebuscado. Yo procuraré evitar ambos errores, pero no puedo prometer nada.

 Si finalmente me decidí a escribir este artículo es porque siempre que leo sobre «las mujeres de Cervantes», termino con acidez en el estómago. Quienes se creen con autoridad de debatir sobre el tema, adivinen, suelen ser  hombres. Y el hecho de que sean los hombres los que hablan sobre las «mujeres de Cervantes» hace muchas veces que las mujeres giren en torno a Cervantes, por un lado; y por el otro, y aun cuando intentan hacer una especie de ensalzamiento feminista cutre, no pueden evitar ser insufriblemente falocéntricos. Por poner un ejemplo:

Las mujeres de Cervantes suponen un cambio radical de las estructuras machistas de la época. Son unas perfectas conocedoras de las debilidades del hombre y las aprovechan pero, son, sobre todo, mujeres que no están dispuestas a llevar una vida de esclava sin la libertad que su inteligencia, y su cuerpo, les permite.

No creo que haga falta enfatizar demasiado en el contexto: finales del siglo XVI, las mujeres «honradas» podían casarse o meterse a monjas. Las demás tenían un abanico de posibilidades, no todas demasiado malas, pero sacrificaban su reputación en menor o mayor medida. Legalmente, una mujer perdía derecho a sus propiedades al contraer matrimonio, pero las hermanas de Cervantes no tenían nada que heredar, y en caso de haberlo hecho, las propiedades hubiesen sido para Miguel, el primer varón de la familia. No tiene importancia, los Cervantes siempre malvivieron gracias a fortuitos regalos de la vida que les permitieron irse abriendo paso.

 Pone un penoso texto —con los logos de Comunidad de Madrid y de Museo Casa Natal de Cervantes, grandes y visibles en la cabecera— que

ninguna de las hermanas de Cervantes se casó, lo que no quiere decir que no tuvieran relaciones con hombres. De hecho, las hermanas de Cervantes, siguiendo quizás la tradición de su tía abuela, mantuvieron su independencia económica, lo que en su época sólo se podía conseguir aprovechándose de los hombres.

Obviando que lo de la tía abuela es innecesario y que lo único que dice el párrafo es que las hermanas Cervantes no eran alienígenas, quisiera decir, en primer lugar, que «aprovecharse» me parece una elección de verbo insultante —por no decir idiota— para describir la situación. Ni Andrea ni Magdalena se aprovechaban de los hombres, sino que recibían, a veces, dádivas mientras mantenían relaciones con ellos. No pretendo maquillar la realidad: puedo decir, abiertamente y sin pudor, que Andrea y Magdalena tenían algo de cortesanas —sí, tercera acepción—, pero eso no es aprovecharse de nadie —¿no es eso, en esencia, lo mismo que casarse, como hizo Miguel, con una mujer por su dote?—.

Aquí, creo, cabe una mención honorífica al otro bando, ese que quisiera erradicar cualquier tinte de «prostituibles» de los nombres de las hermanas «de» Cervantes —creo que es el mismo bando que no quiere ni imaginarse la posibilidad de que Miguel fuera judeoconverso o que a veces se acostara con hombres—.

En segundo lugar, cuando hablamos de la elección de vida que hicieron ambas hermanas, no deberíamos permitirnos ningún tono moralizante. La cultura de los siglos XVI y XVII, por más que Fray Luis proyectara a su perfecta casada como mujer privada de libertades —«como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres hablar y salir a la calle, así es de ellas encerrarse y callarse»—, no era precisamente «casta». Las cifras de hijos fuera de matrimonios y el arrebatador éxito de las comedias de temática adúltera —sin públicos escandalizados— son pruebas fervientes de ello.

Andrea y Magdalena no se casaron ¿y qué? Sí, eso suponía renunciar a toda estabilidad social y, especialmente, económica; y precisamente por eso creo que es un problema muy básico que sigamos dándole más importancia a que consiguieran ayuda económica a raíz de sus relaciones privadas, que al hecho en sí: que rechazaran, conscientemente, un esquema impuesto que negaba a los individuos las libertades más esenciales del ser humano, especialmente a las mujeres.

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 Tener el valor de no casarse, en tiempos de crisis y oscura autoridad, sabiendo que ante ti se abren años interminables de absoluta incertidumbre y desprotección, es admirable. Si ellas se ganaban el dinero haciendo labores a domicilio o recibiendo regalos de sus novios, no solo no tiene ninguna relevancia, sino que refleja un lado práctico de sus personalidades que creo, en serio, parte de la esencia natural de todos los seres humanos. Así que, felizmente, concluyo: Andrea y Magdalena eran humanas —de nuevo—.

Creo que el estilo de vida que llevaron los tres hermanos es fascinantemente común y mundano. Vivieron en malísimas condiciones, se mudaron en varias ocasiones, compartieron una pequeña casita con un montón de primas, las hijas ilegítimas de Andrea y de Miguel —aunque el otro bando insiste mucho en que Isabel era en realidad de Magdalena—, y sepa dios quién más. Eran unos marginados a quienes los vecinos tenían manía —incluso intentaron culparlos de asesinato en una ocasión—; Miguel, ante su miseria económica, intentó irse a las Indias en dos ocasiones, y en dos ocasiones fue rechazado. En definitiva, se trata de una familia con preocupaciones mucho más terrenas que aquellas relacionadas a la honra, a las preocupaciones artificiales impuestas por la moral católica. Este estilo de vida, quizás inevitable para Miguel, quizás «voluntario» para Andrea y Magdalena, es una reivindicación de la libertad: libertad a cualquier coste.

Sabemos que el discurso sobre la libertad es importantísimo en la obra de Miguel. Y me molesta que, cuando se ha intentado reconocer la contribución de ambas hermanas en su literatura, con frecuencia se ha caído en un error de dimensiones: la dimensión de la ficción y la dimensión de la realidad. Claro que la vida privada de Miguel influyó fuertemente en su obra, pero por dios, no nos olvidemos, por favor —parece muy evidente, pero es frecuentemente pasado por alto— de que Andrea y Magdalena no fueron quienes fueron, mujeres valientes y modernas, por ser hermanas de Miguel. No son sus personajes, ni necesitamos atribuirle, en este aspecto, ninguna victoria a nuestro autor, ningún reconocimiento —de esos, con su sola obra, le sobran—. No podemos poner a Andrea y Magdalena en el plano de Leonora, Luscinda o Marcela la pastora.

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Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.

Los tres, Andrea, Miguel y Magdalena, hermanos inteligentes, sensibles y adelantados, convivieron durante años bajo el mismo techo, se cuidaron los unos a los otros—ellas aportaron una importantísima suma de dinero al rescate de Miguel y Rodrigo, con la ayuda de su madre— y se divirtieron juntos. Parece que construyeron una relación basada en el profundo respeto y la auténtica comprensión, una relación en la que tuvieron mucho que reír, sufrir y aprender juntos.

El tergiversar el recuerdo de Andrea y Magdalena —tanto trayéndolas a menos al castigar sus decisiones personales, como trayéndolas a más para poder, así, y a través de sus personas, exaltar más a nuestro héroe Miguel— no solo es un error que debería considerarse completamente desfasado en estos tiempos, sino que es perjudicial para estudiar al autor. Nos aleja de lo que defendía a raíz de su genuina comprensión y sincero respeto hacia las mujeres: a veces sus cómplices, a veces sus amigas, pero, fundamentalmente, sus iguales. Así serán retratadas en su obra: heroínas y estandartes de los más altos ideales cervantinos.

De escritor a escritor (y su introducción)

Me atrevo a decir que el día que descubrí el botón «Guardar» en Facebook es, por ahora, el mejor de mi vida. Ya nunca volvería a pensar «esto es interesante, pero qué pereza ahora». No, señor. Todo pasó a ser «pues lo guardo», y un nuevo mundo entero, sin imposibles, se abrió ante mí.

Y qué alegría descubrir que, además, Facebook te recuerda, de vez en cuando, que has guardado cositas, y puedes mirar y mirar todo lo que has guardado —y aun así no leerlo—. Es tan absoluta la calma, tan reconfortante el saber todos esos pequeños tesoros ahí, depositados, sin la posibilidad de perderse en ningún home page entre el frenesí diario de las publicaciones vacuas, inacabables, infinitas… ¿o es siempre la misma?, ¿el mismo tipejo machista? —«También hay violencia de género de mujeres hacia hombres»—; ¿el mismo runner compartiendo su desayuno? —«Nada como un batido saludable con leche de almendra para empezar bien el día»—; ¿la misma persona en la playa intentando sorprendernos con una puesta de sol? —«La amistad es eterna»—. Ahí estarán esas joyas, esperando, casi vibrando, casi anhelando ser engullidas. De repente tiene sentido poner atención a los vídeos musicales de Youtube que comparten ciertos selectos amigos. De repente se vuelve importante seguir a la gente correcta. De repente Facebook cobra sentido.

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Ay. Pero el número de enlaces guardados crece rápido, muy rápido —194 publicaciones guardadas, 353 publicaciones guardadas…—. Publicaciones fuera de contexto, títulos sueltos: «Máquina de doblar ropa», «Alton Brown’s Hot Spinach and Artichoke Dip Recipe», ¿«Un libro de colorear dedicado a la vagina»? ¿En serio?
Ay. Qué fácil no poder responder los porqués: ¿por qué guardé un kit básico de introducción al maquillaje?, ¿por qué pensé que este enlace podía valer la pena si se llama «Nuestra convocatoria sigue vigente :3» —sí: :3—, ¿por qué no me preocupé por mirar si este documental en suajili tenía subtítulos?, ¿por qué no leí este maravilloso artículo acerca de la migración de las cigüeñas cuando necesitaba la información para escribir aquel poema que ahora está enterrado, y lo estará por siempre, en la ciber-papelera?, ¿por qué pensé que pondría en práctica estos 10 métodos que «cambiarían mi vida para bien en solo un mes»?, ¿por qué sale aquí la cara de Kim Basinger?

Y pasa, entonces, como pasa a los animales de cierta granja cuando intentan distinguir a los cerdos de los hombres: ¿cuál es la página Guardados y cuál es mi Inicio?

Terminada esta introducción, sobra decirlo, absolutamente innecesaria, a lo que estamos: que, en fin, hoy, de esos 353 enlaces guardados, he rescatado esta recopilación de escritores (siglo XIX en adelante) que intentan guiar y aconsejar a los otros escritores, a los jóvenes, nuevos e inexpertos —con la excepción del primero, ese lo busqué directamente en Ciudad Seva— para reducir nuestro estrés y nuestras inseguridades, y no dejarnos vivir definitivamente.

  1. Hay que empezar por lo básico. Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga. Eso sí: no te pases, ya sabemos cómo fue la vida de Quiroga.
  1. Nada más canónico que el padre del cuento moderno.6 claves de Chejov para escribir una historia.
  1. Los famosísimos consejos para escribir Poe.
  1. 13 ¿lecciones? para escribir de Stephen King. Están en inglés. Si no hablas inglés, mejor. Ya sabemos quién es Stephen King. Y: ¿«Just start it»? ¿«Follow your passion»? ¿Me quieres vender el American Dream otra vez? Aunque hay que admitir que luego es graciosa su autocondescendencia cuando afirma que «you cannot please everyone». Un hombre listo, ese Stephen King.index
  1. Los Treinta consejos de vida y prosa de Jack Kerouac tienen su punto, quizás porque llevan «BEAT» escrito con sangre. Si la sintaxis te descoloca, salta al consejo número 13: «Desaloja inhibiciones literarias, gramáticas y sintácticas».
  1. Hemingway: «El don más esencial para un buen escritor es un detector de mierda interno». Si no lo amas, sal de mi artículo.
  1. Los 10 consejos de Bradbury provocan sentimientos encontrados —pero también su literatura, así que no hay por qué sorprenderse—. Nadie puede negar que hay que amueblar la cabeza y enamorarse de las películas, pero… «¿haz una lista con diez cosas que adoras y otras diez que odias?» Seriously?
  1. Finalmente y por si habías sacado algo en claro, destrózalo de nuevo y vuelve a las dudas de siempre con ayuda del maestro Borges. A Bioy Casares no lo menciono por perpetuar su maldición del ninguneo, ¿para qué sacarlo del olvido si es un gran autor?

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¿Mejor película animada?

Con los Premios Oscar a la vuelta de la esquina y para perpetuar una pequeña tradición personal, creo conveniente escribir una entrada acerca de ese galardón que vio la luz por primera vez hace quince años, ese tan imprecisamente llamado «a mejor película animada».

Por supuesto que nadie cree en la justicia de la asignación de los premios (y no, no me refiero al «pobrecito» de Leonardo DiCaprio). Los intereses materiales de los galardones de cine más famosos del mundo condicionan, no solo la entrega de los premios, sino su mismo proceso de nominación. Aquí algunas de las condiciones:

  • Haber sido estrenada entre el 1 de enero y el 31 de diciembre del año anterior a la gala de los premios, y obligatoriamente en Los Ángeles, excepto aquellas que compiten a Mejor película de habla no inglesa.
  • Las películas extranjeras deben estar subtituladas al inglés y ser la única representación de su país, una nación sólo puede presentar una de todas sus películas estrenadas al año para competir.

(Fuente: Sipse)

En fin, que queda en clara duda si realmente se trata de galardones globales de cine. Se podría decir que, más bien, lo único a lo que contribuyen es a perpetuar el terrible monopolio de Hollywood y lo que esto conlleva: la falta de pluralidad de temas, el escaso apoyo al cine independiente, la limitadísima selección de películas en las carteleras de los cines, la hegemonía estadounidense dentro de los medios, la manipulación de masas, la imposición de ideales, cultura popular, cánones y estándares internacionales, y los recursos propagandísticos (como eso de que los malos siempre son rusos, árabes o latinos; que los gordos nunca son protagonistas, sino los mejores amigos de los «guapos»; o que la diversidad racial se asigne como con un cuentagotas de forma artificial: «eh, pon a una mulata ahí, junto a ese árbol, va a ser un detallazo»).

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El premio a la Mejor película animada del año es sospechoso porque no existe una lista de criterios en el que se tenga que basar el equipo de votantes, pero todas las películas que ganan son de un parecido inmenso. Así que, sí, hay una lista de criterios no escritos, y yo he intentado reconstruirlo:

  1. La animación, digital

Hay estudios que siguen animando sus películas manualmente, mientras Pixar, Disney y DreamWorks no abandonan el terreno digital. Además están las obras maestras de stop motion de toda la vida, como la grandísima Coraline o la nominada este año Anomalisa de Kaufman. ¿Qué tipo de animación tiene más valor? Desde luego los ejemplos de películas analógicas tienen un valor casi artesanal, y el trabajo que conllevan las figuras de modelaje es inmenso. No desdeño la animación digital, porque tiene también mucho trabajo detrás, pero me parece raro que solo estas se lleven el premio año tras año.

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Trailer de Anomalisa con subtítulos en español

  1. Las películas tienen que ser de algún estudio (famoso), el estudio tiene que ser americano y, si se llama Walt Disney, mejor.

De catorce premios otorgados hasta la fecha, nueve han sido para Pixar y Walt Disney (trabajando en conjunto), el resto, Paramount y DreamWorks, también son de estudios americanos. La única película extranjera que ha ganado el Oscar a Mejor película animada ha sido El viaje de Chihiro (2002), aunque vale la pena mencionar que el estudio había cedido los derechos de video y distribución a Disney. Además, El viaje de Chihiro fue la primera película en la que Hayao Miyazaki experimentó con la animación digital (volviendo al punto 1).

Países como Bélgica, Francia, Irlanda y Japón, con una gran tradición de animación y excelente calidad de cine animado, se han visto siempre renegadas a las sombras, a excepción de sus fútiles y espaciadas nominaciones a los premios que nunca ganan (Ernest y Célestine, Las trillizas de Belleville, Persépolis, Un vie de chat, El secreto del libro de Kells, La canción del mar, El viento se levanta, La princesa Kaguya, El castillo ambulante).

La novedad de este año es la nominación de una película brasileña, de preciosas ilustraciones y colores, y una estética muy original. A pesar que damos casi por hecho que ganará Intensa-mente, no deja de ser digno de mención este pequeño cambio en el patrón de las nominaciones.

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  1. Público infantil

Grandes películas animadas que merecían sin duda alguna el premio han sido desbancadas año tras año frente a películas para niños. Así, Persépolis, La princesa Kaguya y las dirigidas por Sylvain Chomet, Las trillizas de de Belleville y El ilusionista, se han tenido que contentar solo con nominaciones. No esperamos que este año Anomalisa o El recuerdo de Marnie tengan mejor suerte.

Desgraciadamente, la idea de que la animación es solo para niños está muy extendida en el mundo, y a esta errónea concepción contribuyen Hollywood y los premios Óscar. Ya la categoría en sí, para muchos, es sinónimo de «mejor película infantil», cuando el cine de animación para adultos es un mundo fascinante y que vale mucho la pena explorar.

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  1. Más y más y más premios

Generalmente, y no solo en esta categoría, los premios Oscar favorecen a películas que ya han obtenido otros galardones. La desventaja de las películas animadas es que, comúnmente, son solo nominadas, fuera de los Oscar, las películas anglosajonas, especialmente americanas, pero también algunas del Reino Unido. Este año, por ejemplo, La oveja Shaun parece tener más ventajas que las otras competidoras extranjeras (El recuerdo de Marnie y El niño y el mundo) porque estuvo nominada a los Globos de oro y a los BAFTA (ambos premios los perdió frente a Intensa-mente), mientras que ninguna película de habla no-inglesa alcanzó siquiera la nominación.

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Siguiendo estos criterios no escritos, la clara favorita es la entrega de Disney de este año, Intensa-mente. Claro está que nunca nos podemos fiar del todo de nuestras  previas, porque los premios Oscar tienen un último criterio que ha añadido un factor sorpresa en más de una ocasión: los turnos. ¿Quién nos asegura que este año, porque Pixar y Walt Disney han ganado los últimos tres años consecutivos, no termine triunfador algún otro estudio? Tendremos que esperar a la gala de mañana, con esas terribles traducciones al castellano, con tres segundos de retraso y silencios sospechosos en los momentos en los que la audiencia estalla en carcajadas. Pero los premios Oscar son un suplicio por el que hay que pasar todos los años.

R. Torrealba T.

El invento del amor: cuándo, cómo y por qué

Mientras Odiseo sufría por su lejana tierra, Penélope suspiraba, ingeniándoselas para retrasar el terrible día en que tendría que volver a casarse. No quiere a nadie que no sea Odiseo, sus pretendientes nuevos son incivilizados, brutos, glotones y groseros. Penélope no echa de menos a Odiseo por una pasión romántica o un profundo enamoramiento, como podrían hacernos creer nuestros ingenuos ojos del veintiuno contaminados por una larga tradición de historias de amor, novelas rosas, chickflicks, Disney, Marvel y demás, sino porque era un buen marido, que se ocupaba bien de las tierras y de los asuntos que atañían a los maridos. Claro que era un plus que fuera fuerte, buen guerrero, rico y muy noble de sentimientos; desde luego era el mejor partido de Ítaca. Pero el matrimonio no tenía ningún fin que no fuese práctico y estaba completamente desligado del amor. En la mitología griega, el amor —el que nos imaginamos cuando escuchamos nombrarlo— estaba puramente relacionado a lo erótico. Los dioses y héroes se muestran celosos, caprichosos e inmensamente fértiles, y viven el amor de una forma meramente carnal.

El otro amor, el «romántico», en realidad no se «descubrió» hasta muchos años después, mucho después de que cayera el imperio romano y mucho después de que se formaran las lenguas romances. Su aparición se debe únicamente a que ya existía otro tipo de amor, uno casi idéntico al que surgiría en Europa en torno al siglo XII —en la cultura árabe ya existían trazas de algo parecido—, un amor que también tuvo que ser inventado y creado a base de fantasías, devoción, entusiasmo en demasía y métodos propagandísticos: el amor a Dios, uno más que, si bien pudo haber nacido de forma genuina, claramente adoptó finalidades prácticas dentro de las comunidades acechadas por inviernos fríos, pestes, pobreza, hambruna y desigualdad.

Dice C.S. Lewis que el amor cortés del que somos herederos directos, creado en los ámbitos más cultos y nobles de las sociedades, no es otra cosa sino un calco del modelo de la religión cristiana, cuyos ejes centrales serían sustituidos por estos nuevos:

  1.  Dios deja de ser el ser absoluto y adorado del cual el hombre depende. En su lugar, la dama ocupa su puesto.
  2. Los papeles sagrados dejan de representar el código ético-moral, y son reemplazados por las propias obras literarias, un auténtico archivo de «educación sentimental» nuevo, creado por los trovadores.
  3. La retribución ya no es el cielo ni la vida eterna, sino la unión sexual con la dama.

El amor cortés, además, debía ser humilde, con protagonistas pertenecientes a la clase cortesana—la dama, sin embargo, con una mejor posición que el trovador— y adúltero. Después, con el tiempo, se volvió a moldear, a reajustar a los valores cristianos, y nació la mujer fría que desdeña al trovador que ama apasionadamente, pero solo de forma espiritual y platónica —el «buen amor»—, ya que la cortesana, a pesar de ser tan desalmada, nunca traicionaría a su marido, por lo que el trovador estaría destinado a sufrir por siempre —ese «siempre», además, sería corto, pues estas historias suelen tener finales trágicos—.

La supervivencia de este modelo de amor es francamente impresionante. De estos poemas cantados nació la prosa sentimental que luego daría lugar a más géneros que continuarían la idealización del amor romántico. Se usa dentro de los libros de caballería, los verdaderos bestsellers del XVI, y después pervivirá, disfrazado, camaleónico, pero en esencia igual, durante el XVII, XVIII, XIX, XX y… XXI.

Como todo rotundo éxito, este amor, en auge durante nuestros siglos de Oro, perpetuado durante el XVIII —y lo digo así porque el XVIII, en cuanto a literatura, no parece auge de nada, sino una especie de mancha en la historia de la materia, culpa de ese afán de que todo fuese didáctico, útil e ilustrado—, caerá en un estado de degradación continua a partir del XIX. Pero no me refiero a su poder, ni a la fascinación que provoca a sus lectores, sino a que la ilusión, la idea, del amor como perfección última terminará por derrumbarse y ser abordada de nuevas formas.

Emily Brontë renovará las novelas sentimentales victorianas, introduciendo personajes malvados, crueles y egoístas que terminarán con la tradición de los amantes como seres moralmente perfectos. Heathcliff y Catherine serán personajes vengativos, egocéntricos y despiadados en sus afanes por conseguir lo que se propongan dejando tras de sí un veneno oscuro que se apoderará de las familias Earshaw y Linton, y de sus viviendas.

Por otro lado, las adúlteras Emma Bovary, Ana Ozores y Anna Karénina también serán intérpretes de la degradación del amor romántico. Serán, esta vez, ellas las que amarán pero serán fuertemente castigadas por sus autores y por sus comunidades ficcionales, víctimas del cruento y aplastante cotilleo de las clases altas del siglo XIX, y destinadas a finales trágicos.

Como de tantas otras cosas, el siglo XIX marca el inicio de algo de lo que somos herederos directos —la libertad absoluta en las manifestaciones y formas del arte, el inicio del capitalismo, el materialismo, los primeros pasos de la alfabetización de las grandes poblaciones, la inserción de la higiene como base de una buena salud, etc.— y la degradación del amor romántico literario, vivo y latente durante tantos cientos de años, comenzará un declive más drástico, más inclinado y más terrible.

El amor se va, poco a poco, desdeñando cada vez más, las obras que lo tratan pasan a ser despreciadas por los lectores que presumen ser los más críticos, y pasan a una subcategoría que no se puede seguir llamando literatura. Las obras que sí presentan amor serán, a su vez, cada vez más escépticas, cada vez más cuidadosas de evitar los clichés, los finales felices y las fórmulas antiquísimas. Se hará, en fin, un gran esfuerzo por renovar ese universal, ese motivo «eterno», explorando sus nuevas caras, sus nuevas naturalezas, otras ambiciones. Al fin y al cabo, la mitad del siglo XX y lo que lleva del XXI son los siglos de la deconstrucción de todo lo deconstruible —y más—.

A partir de las revoluciones sexuales, el boom de la liberación sexual —un profesor mío decía que en épocas en las que el sexo es reprimido, aumenta el interés por la muerte, y viceversa, y ponía como ejemplos la época victoriana y la actualidad— y, en fin, a partir de la sexualización de todo —el arte, los medios, la publicidad, las relaciones amorosas, el bikini, el descenso de la natalidad y de los matrimonios, etc.—, el amor se termina enfocando principalmente al sexo, dejando en segundo plano las emociones o lo sentimental. La prueba final es que aquellos espacios que habían mantenido la idealización del amor romántico, espacios consumidos por las poblaciones más humildes y menos educadas —comúnmente los últimos espacios en adaptarse a las nuevas tendencias— han comenzado ya, lentamente, a dejar al amor también de background: el superhéroe de la película de turno ya no tiene que tener a la boba enamorada que lo admira, suspirante, desde la ventana de su alcoba; las princesas de Disney ya no se entregan al primer príncipe que se les presenta sin siquiera conocerlo; Hollywood ha disminuido considerablemente el contenido romántico de sus películas, incluso de las comedias románticas, que ahora presentan finales inesperados en los que el final feliz no es sinónimo de historia de amor exitosa; y las series de televisión, la nueva revolución de entretenimiento, se ocupan poco de las historias de amor.

Este abandono del interés por el amor en los espacios de entretenimiento, sin embargo, tomará un poco más de tiempo en reflejarse en las mentalidades de las personas, pues se nos ha sido suministrado como medicina, día a día, durante muchos años. Es por eso que no concebimos a una Penélope que no sufra por amor, o que nos dé rabia que Odiseo vaya por ahí acostándose con todas las diosas que deciden darle una mano. Pero solo, tal vez solo, estas nuevas generaciones, nacidas en un nuevo milenio, desarrollarán una concepción totalmente distinta del amor, y será esta una de esas diferencias generacionales entre ellos y nosotros, tal y como ahora lo es el matrimonio gay, el veganismo y la permacultura entre nosotros y los que vinieron antes. 

¿Hemos vuelto a los viejos tiempos, en los que el amor era puramente erótico? Al menos ya nadie piensa que el matrimonio sea necesario por fines prácticos, puesto que las mujeres —por fin— podemos trabajar y abrir cuentas bancarias propias.

El peligro de leer

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Quizás cuando le diste clic al enlace que te trajo hasta este artículo, creíste que te encontrarías con una de esas listas procesadas y simplistas, de esas que te llenan el pecho de orgullo al reafirmarte algo que ya sabías; tal vez creíste —especialmente si eres lector— que sonreirías detrás de tu monitor y pensarías en todos los beneficios de los que ya gozas porque lees a Pérez Reverte, sabes quién es Javier Marías y te encanta Travesuras de la niña mala —¡qué bien escribe Mario Vargas Llosa!—. Porque tú sabes ya que no leer es, junto con no consumir suficientes semillas de chía o no vivir cada día como si fuera el último, lo peor que un ser humano puede hacerse a sí mismo. Quizás te esperaste algo del estilo por culpa de todas las listas que rondan por internet: «20 razones por las que nunca debes ir a Brasil», «17 razones para no luchar por tus sueños» en las que enseñan a todos esos «paletos víctimas del sistema y con mentalidad limitada» —tú estás por encima de eso— que, efectivamente, hay muchas razones por las que ir a Brasil, hay muchas razones para luchar por nuestros sueños.

Pero, querido lector, si ese fue tu caso, te has equivocado. Aquí no hay mensaje oculto, ni paradoja, ni ironía, ni juguete incluido con tu hamburguesa.

Yo me guío por una regla personal: cualquier afirmación tan sencilla y desnuda que parezca demasiado buena para ser cierta, probablemente sea demasiado buena para ser cierta. «Leer es bueno», es una de ellas.

Leer es un peligro.

Bueno, no el acto en sí, leer es inofensivo si se lee algo que esté libre de ideología. La pregunta es ¿hay algo leíble que esté libre de ideología? Me inclino a pensar que no —ni el slogan más breve, ni los ingredientes de la sopa instantánea—.

Leer puede ser buenísimo para una persona: puede abrir su mente a nuevas posibilidades, mejorar sus capacidades cognitivas, reducir su estrés, transportarla a otros mundos, hacerla desconectarse de sus problemas, mejorar su inteligencia lingüística y su ortografía. Sí. Puede hacer todo eso —y mucho más—.

Pero leer también puede ser una práctica que no resulte fructífera o puede, de hecho, perjudicarnos profundamente. No es «la lectura» por sí sola la que hace maravillas, sino que el proceso de lectura, sus beneficios o perjuicios, dependen de cada lector. Un libro «inofensivo» —que nunca lo es— en las manos equivocadas puede tener consecuencias catastróficas. Pesemos en una adolescente de trece años que devora la saga de Crepúsculo. ¿Está preparada para asimilar esa historia de amor adolescente idealizado, pasional, posesivo y sumamente dañino por el que la protagonista intenta suicidarse? No lo creo.

Un libro incomprendido—ejem, ejem: censura de Lolita en Inglaterra hasta 1960— con muchísimo que aportar puede caer en la «lista negra» de lectura, y entonces sólo lo leerán los «degenerados»; o puede quedar atrapado entre las garras de la censura —la censura contemporánea, en estos tiempos de famas fútiles, es la negación a la publicación… excepto para Facebook, Facebook parece aún regirse con los mismos principios que la Inquisición cuando se trata de censura— y morir antes de nacer. Un libro de ideología retrógrada y excluyente, pero maquillado de atrevimiento y «actualidad», un poco atrevido y picante, como si no existiera desde los inicios de la humanidad el arte erótico —sí, estoy hablando de las sombras de Grey—, puede tener un formidable recibimiento del público y sembrar sus malévolas semillas en muchas mentes que no están preparadas para combatirlas.

La lectura —como cualquier otro producto consumible— no se debe entender como algo que nos hace bien porque sí. Es un arma, el arma más infalible para ciertas esferas interesadas —todos sabemos que muchas grandes editoriales perdieron su autonomía desde hace tiempo, aunque ¿quién es autónomo frente al flujo del capital? Solo los antihéroes veintiunescos—, porque se cuela en nuestro interior cuando menos lo esperamos, que es cuando leemos en casa tranquilos. El mito mismo de los increíbles beneficios de la lectura lo reafirma: estamos tan convencidos de que, cuando leemos, estamos beneficiándonos, incluso más que cuando cenamos ensalada, que es el momento perfecto para llenarnos la cabeza de ideas. Deberíamos ser muy escépticos en este tema —me llaman conspiracionista—: ¿a quién le interesa hacernos creer que leer es bueno?

La buena noticia es que existe un arma definitiva contra todo este envenenamiento y corrupción: seguir leyendo. Para que la lectura deje de ser un arma contra nosotros y se convierta, de hecho, en nuestro escudo, debemos leer más y más, pero no hacerlo como siempre lo hacemos. El primer paso es ser conscientes de que leer no es ni inofensivo ni ventajoso, sino todo lo contrario, y nunca olvidarlo durante el acto de lectura. El segundo es aprender a identificar, mientras leemos, toda aquella latente ideología que intenta derrumbar nuestras defensas y filtrarse en nuestros cerebros. Y entonces, y solo entonces, el acto de leer volverá a ser beneficioso.

P.D. Uy, qué casualidad: ¡existe un artículo que se llama «10 razones para no leer»!

Ginger y Rosa: ¿Quién es Roland?

Alerta, alerta: spoilers.

Viajemos al Londres del 62. Plena Guerra Fría. Familia fragmentada. Invierno.

La última entrega de la directora Sally Potter, Ginger and Rosa (2012) fue recibida con agrado por el público. Sin embargo, a pesar de las positivas evaluaciones, he leído —y leído, y leído— críticas y opiniones, en busca de un comentario que diera en el clavo en la esencia de la película, y no lo pude encontrar. Parece que las críticas se dedican a analizar dos pilares de la trama: la amistad de Ginger y Rosa, y el miedo a una Guerra Nuclear. En mi opinión este acercamiento es totalmente erróneo.

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No se puede hacer una reflexión sobre Ginger y Rosa, ni sobre la amistad de ambas protagonistas, ni sobre las circunstancias histórico políticas de la película, sin tener en cuenta la figura central: Roland, el padre de Ginger. Es por él que el humo oscuro y putrefacto se cuela en la casa de Natalie (la madre de Ginger) y entre la amistad de ambas chicas. Es por él que se erige la pila de elementos que desencadenarán en el desastre final: el suicidio de Natalie y el embarazo de Rosa. Y creo, sinceramente, que cualquier espectador que esté en busca de la historia enterrada —la única historia que importa— no pudo haber pasado esto por alto. De ahí mi asombro: no encontré, en ningún sitio, más que pobres menciones al personaje de Roland, así que he decidido ponerlo en evidencia por aquí.

¿Quién es Roland?

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Si al principio el padre de Ginger puede pasar como un hombre inteligente, muy pronto se nos derrumba esta ilusión. Sally Potter nos presenta a un personaje básico y plano, al que, sin embargo, dentro de la ficción, el resto de personajes admira profundamente.

A lo largo de la película se van exponiendo distintas claves para conocer y comprender las decisiones —decisiones malas— que Roland toma. Detrás de una máscara de ideología pacifista y superioridad moral, Roland, el «intelectual de referencia» actúa guiado por nada más que el hedonismo, justificando sus decisiones y haciendo referencias intelectuales acerca del «pensamiento autónomo», el «desafío a toda norma» y recordando constantemente a la gente que lo rodea, los años que estuvo en prisión por defender su ideología.

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La primera escena realmente reveladora para el espectador —el que está viendo la película por primera vez—, es esa en la que la madre de Ginger, Natalie, le prepara la cena: su plato favorito, velas, música. Bastan menos de unos segundos para que él derrumbe los esfuerzos de su mujer, burlándose de las velas —usando a Ginger como cómplice pasiva—, ridiculizando a Natalie cuando esta le pide un poco de reconocimiento por su esfuerzo. Finalmente fulmina con dos frases la velada entera: llama desdeñosamente a la cena un «performance», y a las temblorosas defensas de Natalie «chantaje emocional».

Este maltrato psicológico, expuesto en varias escenas, pero en esta especialmente, tenemos que comprenderlo como un monstruo recurrente que mama Ginger durante su vida entera, un monstruo que contamina la imagen que esta tiene de su madre. El rechazo de Roland y sus aires de superioridad sólo intensificarán la negatividad en la percepción que tiene Ginger de Natalie. Cree que su madre es «patética» por no poder encontrar la felicidad, por ser un ama de casa resignada. Roland alimenta el rechazo usando a Ginger como cómplice, por ejemplo, cuando se va de casa y ve, de inmediato, la oportunidad de preguntarle a su hija si su madre no está haciendo «demasiadas escenitas» desde que él se fue.

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El enigma se va desenterrando lentamente conforme avanza la película. Sabemos que Ginger siente cierto grado de responsabilidad de que las cosas hayan salido mal para su madre, puesto que esta abandonó la pintura cuando se quedó embarazada de adolescente. Lo que, sin embargo, Ginger no logra ver sino hasta el final de la película, es lo tormentosa que supuso para Natalie compartir su vida con Roland, a quien, sin embargo, amó profundamente. Tormentosa por la ausencia de reconocimiento, a pesar de haberlo abandonado todo, en un intento desesperado de crear una familia y un hogar con él. Mientras tanto, él no hizo más que recordarle constantemente que no podría atarlo y que era un hombre que defendía la autonomía del pensamiento, como si eso de que tuvieran una hija juntos no fuera con él.

La detonación ocurre cuando Sally Potter introduce el último elemento a la fórmula: Rosa. Veremos un patrón que se repite entre Natalie y Rosa: adolescentes.

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Aprovechándose de la admiración y profunda impresión que causa a Rosa, Roland comenzará a acostarse con ella —no pasemos por alto que la primera vez es en la habitación contigua a la de Ginger en su velero— y entablará una especie de relación sentimental con ella. Y digo «una especie», porque cuando le dice a Ginger que «comprende que no es una situación ideal» recurre al pobre argumento de que el «amor es como el canto de las sirenas». Un diálogo de esta naturaleza normalmente no tendría por qué parecer sospechoso, pero es sumamente sospechoso cuando sale de la boca de un hombre que dedica su vida entera a defender la autonomía del pensamiento —o eso dice él—. Y resulta aún más sospechoso que se enamore «inevitablemente» de una adolescente creyente después de que él desdeñara la religión y recordara a Ginger que «Dios es una invención» y «la religión se basa en la superstición» —como dato curioso, después de este diálogo le dice a Ginger «tú eres una activista, no una suplicante», ¿es Rosa, para él, una suplicante?—.

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Obviamente la relación entre Roland y Rosa causará una profunda impresión en Ginger, le pesará como un yunque, y el peso no hará más que intensificarse por dos razones: tener que ocultárselo a su madre y sentir que no está a la altura del intelecto de su admiradísimo padre. Porque por más vueltas que le da al asunto, no puede evitar que le afecte y le duela verlo con su mejor amiga, y eso, evidentemente, le crea un gran conflicto: los roles familiares no deberían traspasar algunas fronteras. Poco a poco, sin embargo, las cosas se irán esclareciendo, aunque tendrá que pasar por una impresión muy fuerte —un shock a toda regla— antes de lograr, por fin, sacar de su interior todo lo que tiene atorado.

En la última, fatídica, escena, parecerá que Ginger establece un lazo de lealtad hacia su madre y que se cosen, al menos un poco, las grietas que se habían formado en su relación.

¿Quién es Roland? El hombre que goza de su estatus de hombre y de intelectual, que manipula a las mujeres que lo rodean, que se mueve por el hedonismo con imprudencia y un nulo sentido de responsabilidad. Es el hombre que justifica acostarse con la mejor amiga de su hija diciendo que no tiene «materia de padre», que desafía a quienes lo señalan porque «estuvo en la cárcel por sus ideales, y no va a cumplir con ninguna convención pase lo que pase»; es el hombre que embaraza adolescentes, que provoca una crisis psicológica a su hija, y que detona el suicidio de su mujer.

Por todo esto no puedo entender ninguna crítica que se considere seria, que no analice profundamente la terrible situación que se va materializando en torno a Roland. La testigo es Ginger, pero es en torno a él que se construye la trama entera: él es la figura central de la película. Quien no pudo mirar más allá de la amistad destruida entre dos chicas de realidades muy distintas, quien no pudo identificar el velo psicológico tras el que se refugió Ginger —el miedo a la bomba— para lidiar con la pesadilla que se extendía por su casa, es sin duda un espectador —llámese crítico o no— pobre, que está frivolizando, una vez más —¡cómo no!— la misoginia cotidiana, la dominación del hombre sobre la mujer, en este caso, en el mundo del pensador, del intelectual.

Los viajes de Viera y Clavijo: de la Mancha a Italia; de la forma a la fórmula

viera y clavijo

La Mancha que Viera describe es una especie de lugar fuera del tiempo, en el que la gente vive sin aspiraciones por cambiar, por entender o razonar, agradecidos de sus amos que les permiten comer, bailar, producir hijos, vivir. Su prosa no manifiesta tonos críticos o intenciones didácticas, limitándose a poetizar aquella realidad que no cesa de ser concreta, sanguínea y torpe.

Cioranescu, 1976

Si consideramos la situación de España en la década de los setenta del siglo XVIII —el descomunal atraso tecnológico, científico y artístico; la estricta censura, las abismales diferencias económicas— podemos solo intentar imaginarnos lo que supuso para un José de Viera y Clavijo (1731, Los Realejos – 1813, Las Palmas de Gran Canaria), el «máximo exponente de la Ilustración canaria», abandonar el país y ver, con sus propios ojos, el contraste entre aquello que conocía y la alta sociedad parisina.

La apertura tan repentina en su visión tenía que reflejarse, de alguna u otra forma, en su literatura. No dudo que Viera y Clavijo fuera ya, desde antes, plenamente consciente de la pobreza que azotaba a España, pero tampoco contaba con ninguna referencia externa con la que compararla. Incluso es difícil imaginar que estuviera completamente al tanto del gigantesco movimiento que vivían países como Alemania, Inglaterra, Italia y, especialmente, Francia, en ese llamado «grandioso Siglo de las Luces».

Antes de salir de Madrid, Viera y Clavijo no era más que un ayo que coqueteaba con los escasos avances científicos y artísticos que lograban filtrarse por España; y, aunque había recibido una educación eclesiástica, había tenido la suerte de coincidir con personas que estaban más bien abiertas al cambio, aquel que prometían las noticias que llegaban del resto de Europa —y que parecía suministrarse con un cuentagotas—. No fue hasta su viaje a Francia cuando se dio cuenta, realmente, de lo que estaba pasando fuera.

En su diario Viaje a la Mancha la ironía y la guasa, fácilmente palpables, parecen tener un destello conformista, como si fuera inevitable e inalterable el estado triste y pobre en el que se encontraba España. Asumida esta realidad, el autor parece limitarse, en lugar de relatar lo que ya conoce, a jugar con su narrativa, haciendo uso de múltiples bromas y juegos de palabras, de un sarcasmo agudo y de ridiculizaciones a los pobres e incultos habitantes «mal vestidos, áridos y sedientos». No se preocupa por hacer un retrato de las condiciones de la Mancha —en las que no encuentra nada novedoso—, sino que se centra, más bien, en construir un estilo ligero, ingenioso y divertido. En este viaje, la escritura parece un pasatiempo para matar las horas en medio de esas tierras áridas, tediosas y monótonas.

¡Qué era ver al citado caballerizo y al bravo Caminero arrojar de las ventanas puñados de dinero en cuartos y ochavos! ¡Qué, la calle cuajada de aquella gente mal vestida, árida y sedienta, que no sabía huir de tan desaforada lluvia de cobre! ¡Qué, la tropelía, los gritos, las posturas, las puñadas, las caídas, las embestiduras y confusión que ocasionó esta cucaña!

De Dos viajes por España

Junto con el retrato mordaz, burlón de los pobres que recogían el dinero que arrojaba el tal Caminero, se nos refleja a la Mancha hambrienta y pobre, enloquecida al ver unos cuartos y ochavos. No es la intención de Viera y Clavijo, sin embargo, hacer una demanda social a través de su narrativa, ni siquiera parece que haga uso de la ironía con ese propósito, sino con el de pasarlo bien y hacer reír al lector. Si contrastamos este párrafo a uno posterior, se hace evidente cómo, antes de su contacto con el mundo de las Luces, Viera y Clavijo no se preocupaba por redactar textos que tuvieran un carácter ni crítico ni útil. Simplemente hacía uso de su elocuente narrativa como una forma de divertirse y divertir.

El sentimiento poético de aquél [Viera y Clavijo] prevaleció sobre la observación de la realidad.

Maurizio Fabbri

Viaje a la Mancha huele, aún, a Barroco: la inmersión en la forma, el sentido del humor, los juegos de ingenio. Desde luego, Viera y Clavijo no cuenta con una narrativa que pueda catalogarse dentro de lo barroco, ni siquiera en su literatura anterior a los viajes por Europa, pero podría ser una pista de cómo la Ilustración no había calado al abate por completo, quizás aún retenido —incluso de forma inconsciente— por el magnetismo de los siglos de Oro, ya pasados pero inolvidables.

Que Viera y Clavijo, antes de conocer Europa, no le diera importancia a reflejar una realidad objetiva, que describiera las tierras del Marqués de Santa Cruz (tierras manchegas) de una forma que no respondiera a la realidad, y que no se preocupara por escribir un diario de viajes con los elementos que los neoclásicos elogiarían en la llamada literatura de viajes (descripciones exactas de paisajes y ciudades, sensibilidad y empatía hacia las clases bajas, impresiones profundas y críticas, etc.) es significativo de cara a la evolución que vivió como escritor y también como humano. Posteriormente, todas estas características las incorporaría no solo a su literatura, sino también a su vida cotidiana.

En uno de sus diarios posteriores —posterior, también, su viaje por Francia, en el que se empapó de moda, maquillaje, tacones y pelucas, pero sobre todo, de las tendencias más adelantadas de la época—, Viaje a Italia, a su llegada a Venecia, son notables los cambios en su narrativa y resalta la seriedad en el registro:

El acercarse á una vasta ciudad que se levanta del medio del agua; entrar por unas calles todas de agua, cuja superficie brilla con el reflexo de los faroles que las iluminan; encontrar las góndolas de pavellones negros, que giran en lugar de coches; la vista de los palacios y grandes edificios, todo compone un espectáculo muy estraño para el viajante que llega por primera vez a Venecia, y que llega de noche.

de Estracto de los apuntes de mi viaje desde Madrid a Italia y Alemania

En los apuntes del Viaje a Italia observamos descripciones detalladas que se detienen una y otra vez en cifras y datos técnicos —cuántas millas de viaje, cuántos pies de suelo, cuántos sacerdotes en un convento—. Si deja a un lado el sentido del humor y la ironía que tanto caracterizaron el diario de Viaje a la Mancha, los sustituye por un sinfín de detalles que reflejan el asombro e impresión propios de un descubridor de nuevos y extraños países.

El José de Viera y Clavijo sarcástico y campechano parece quedar atrás para abrir paso a uno con gigantescas inquietudes intelectuales, culturales y artísticas. Su literatura no solo viajó de un estilo lleno de sorna y carente de demandas sociales, a uno lleno de tecnicismos, cifras, descripciones y enumeraciones, sino que los intereses y temas frecuentes del autor se vieron también fuertemente influenciados. En lugar de escribir sobre una Mancha de forma poco objetiva y con una pluma elocuente y divertida, se concentra en aplicar los ideales ilustrados —entre ellos, la literatura como vehículo del aprendizaje— en cada una de sus palabras, y de seleccionar adjetivos precisos. Así llena sus páginas de datos concretos, buscando ser fiel a la realidad y a difundirla con exactitud al resto de Europa.

Los últimos años de su vida los dedicó a escribir documentos epistolares y poesía didáctica. Ya habían calado en él las tendencias neoclásicas que poco a poco se abrían paso en la España de siempre.

La voz de la princesa Kaguya tras más de mil años de silencio

Son muchos los aciertos de la última entrega del aclamado director de cine animado Isao Takahata: trama lineal, contundencia, estética única, tradición e innovación.

La princesa Kaguya es un viaje a un manuscrito del período Edo, con sus perfiles blancos, las perfectas caídas de los kimonos, los suntuosos palacios con estanques; pero, en medio de toda esa armonía y belleza estética, se abre paso un elemento disonante: la protagonista.

Fuerte y rebelde, comprensiva e inteligente, valiente y prodigiosa, la pequeña niña, nacida del brote de un bambú, nos pone frente a los ojos la terrible realidad de muchas mujeres y de muchos tiempos. Nos susurra al oído su sufrimiento y resignación, la impotencia de no poder asir su propio destino.

Originalmente, la historia de la princesa Kaguya se remonta a un cuento anterior al siglo X, rescatado y transcrito bajo el título El cuento del cortador de bambú. Hoy en día, los documentos más antiguos que conservamos de ella corresponden al Período Edo (1609 – 1868). Se trata de una historia de infinito valor para la tradición literaria nipona: pertenece a una serie de cuentos que, además de constituir los primeros textos de ficción escritos en prosa, también fueron los primeros en documentarse bajo un sistema de escritura propiamente japonés, y no de herencia china. Es un cuento tradicional que ha sido representado y adaptado a un sinfín de medios, y que, en 2013, llegó a la gran pantalla con una esencia refrescante y nueva. Nunca un cuento tan antiguo se sintió tan actual.

La princesa Kaguya —una más entre los millares de princesas mudas, protagonistas de un sinfín de cuentos tradicionales alrededor del mundo—, es, por fin, dotada de una voz propia. Vemos en ella a una niña con todas las cualidades que una niña debe tener, con la humanidad que todo ser humano debe tener; vemos su sensibilidad y resistencia a los cambios, la añoranza por las amistades y el amor, el deseo de una infancia llena de juegos y primaveras.

También vemos cómo las figuras autoritarias —su padre y las incuestionables costumbres—, destruyen, lentamente, todo aquello que podía hacerla feliz y autónoma. Es alejada de la gente que quiere y del lugar en el que creció, se ve obligada a aceptar una vida dentro de la nobleza que nunca deseó, acatar la obligación de contraer matrimonio con alguno de sus pretendientes —mayores y desconocidos—, y dejar a un lado los deseos y pensamientos, propios de alguien de su edad, para aprender las formas de una auténtica princesa: cantar con perfección, dominar el arte de la caligrafía, no llorar, no gritar, no reír, no levantarse, no salir, no ser vista por nadie, no hablar.

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La princesa Kaguya es la niña de siempre, es cada niña. Ha poblado el mundo entero durante todas las historias y culturas. Es la niña que tiene que renunciar a una vida de libertad, de sensaciones y placeres para servir a una sociedad que ni la aprecia, ni le concede un espacio. Por eso es crucial haberla dotado de voz: no es solo la protagonista de un cuento tradicional, sino el modelo de mujer, un modelo artificial y cruel, que se ha propagado por todos los rincones del planeta y que se extiende hasta nuestros días.

Kaguya se resiste y grita por todas aquellas que solo pudieron optar por callar siempre.