Y así aprendí a vivir

Corrí sin descaro de toda esa niebla que me atiborraba, que me emborrachaba, que entorpecía mis pensamientos, libres, luchadores. Nunca fui esclavo de los prototipos ni de los juicios. Jamás quise divagar entre lo ético y lo inmoral. Fui tachado de libertino, de cretino, de maltratador de la sociedad. Pero ¿quién maltrata más que la propia sociedad sin libertad? Luché, permití, soñé, amé. Amé la vida por encima de todo, pero nunca puedes amar una vida que retrasa tus progresos, que desgarra tus derechos. Caí, me volví a levantar, me uní. Unión como símbolo de fuerza. Asesiné convirtiéndome en el asesino más sanguinario, buscando el color rojo, sangre roja, que nos recuerda que vivimos una vida muerta. Asesiné un gobierno perdido, asesiné una opresión, asesiné la pobreza, asesiné la jerarquía. Y así, es como realmente aprendí que es volar, que es soñar, que es vivir, que es aprender, que es amar la vida y que es amar una sociedad; sociedad humana donde todos compartimos sangre y sentidos.

Ana Zaballos

Inercia

Inercia

Y siempre llegamos tarde a la vida,
y ahora escapan sin piedad esos años,
que hacen gala de su fuga irreversible,
del consiguiente daño irreparable.
Y se diluye la magia con el cínico disimulo
de quien dice pasar apenas de visita.

No se escapó tu primer tren,
sí llegaste a tiempo, sí te aferraste
al último vagón, a la vía, a una vida,
pero al otro lado del cristal se percibía
un vivir que marchaba a otro ritmo,
comandado por una locomotora
de velocidad inasible,
y no había frenos que accionar
que detuvieran la injusta sangría.

No se escapará tu segundo tren;
sí llegarás a tiempo, sí te aferrarás
al último vagón, a la vía, a otra vida,
pero dejarás piel en el andén,
olvidarás vida en la estación,
jirones de la más pura plenitud.
Otra piel y otra vida te contemplarán
en el destino, cuando el tren al fin pare,
cuando la sangría se detenga un instante.
Habrás mudado de piel,
habrás gastado una vida.
El instante será fugaz -cómo, si no-
y la sangría recobrará el aliento. Y a correr.
Con otra piel, en otra vida.

Marchan uno tras de otro,
y nunca amagan con volver.
Pasa uno, y otro, y otro…
Los años, no los trenes,
que los trenes al menos van y vienen.
Cómo disfrutar un viaje relámpago
si ha de condensar la eternidad.
Cómo no van a desintegrarse la lógica
y desbordarse los cauces de lo admisible.
Cómo soportar tanta incoherencia
asomado, además, al mayor de los abismos:
esa incierta duda, esa dudosa incertidumbre.
Qué hacer con las sonrisas,
las sigilosas y las desbocadas.
Qué con las madrugadas,
las negras
Dónde guarecer para siempre, a salvo,
los pasos y las miradas,
los aromas y la piel trasnochada.
Cómo guardar la supuesta infinitud
en finitas dosis de triste inmediatez.
Cómo salir de esta encrucijada,
cómo evitar esta parálisis en la inercia
que aboca sin remedio al vasto abismo
del temido desconocido.

Pablo Isidro

«Esquema» y «Voyeur»

Esquema

hay un sueño metálico
que su vez sueña con tierra
que sueña con lodo
líquenes y esperma;
hay dos bordes
en su ciclo
el implante de una cuarta estación
pienso en el bonsai
que me regalaron los compañeros del trabajo
que murió inexorablemente
y sigue seco en la despensa
pienso en un esquema de fricción
como una secuencia que se repite
como las colillas se acumulan
frente al autocar, pienso también
en la clase de naturales y sus vídeos
al final de cada temario
la muerte de papa, que
en manos de extraños
será llevada.

 

Voyeur
apenas ventanas con luz, parpadean
no hay cenas
cada extremidad mordisequeada
en las piscinas de los vecinos
enormes moldes, gelatina de kiwi
en kilómetros a la redonda, nada más
tácticas paliativas, para
alcohólicos anónimos en serie
humedad seca de profiláptico
por devoción, mientras
acabar por agotar toda queratina
trucos, alquimia
en sillas de plástico
que acechan entre los juncos
a la hora del hipermercado
y sonreír tarde
como el alienígena diseccionado
al tirar de la chaqueta
hay un pelo que se rompe, o dos
quién es quién, agotarse
en la punta de la ciudad pálida
son esqueletos, sí
pero bailan como el que más.

Adrián A. Astorgano

El típico pijama

Había salido esa noche con la intención de llevarme a esa mujer al catre. Había ordenado, antes de salir, la habitación para que pareciera pulcra cuando consiguiera seducir a aquella belleza mediocre que tanto me ponía. Ese ser del montón y desenvolverse con la precisa soltura. Esa chica tenía una timidez que parecía el llevar un vaso lleno hasta arriba de la cocina a la mesa del comedor. De vez en cuando, alguna gota, con la zozobra del querer y saber no poder, se vertía sobre la realidad mojándola de cariño imperfecto. Así es que se le escapaban anodinas frases: “— Estaré toda la tarde por el centro, cualquier cosa ya sabes…” o “— No sé si tengo tu teléfono…” Pero en seguida, volvía al tono neutro de la formalidad con juego.

Giré las dos calles que me faltaban para llegar al restaurante francés en el que nos habíamos citado, por sugerencia suya, y la vi esperando sentada dentro. Los cristales eran grandes; era un local que quería no esconder nada pero terminaba por enseñar demasiado. La puerta por la que pasé tenia una enredadera que parecía cabreada por ser de plástico. La puerta se conformaba con abrirse y cerrarse solo hacia fuera. Y allí estaba. De espaldas a mi, con el móvil en la mano, creo que estaba enviando un whatsapp. Hice un poco el payaso y me pasé de largo a propósito. Quería que me llamara ella, pero no lo hizo así que cuando estaba ya a punto de llegar a la cocina me giré e hice como que la veía por primera vez. Me senté dándome cuenta que era tarde para cenar porque no había ni dios en la sala.

Me saludó: media sonrisa aderezada con una inclinación maravillosa de los hombros. Tenía el pelo demasiado claro para mantener el equilibrio. Los labios parecían haberse jibarizado en forma de trébol de color manzana envenenada. Había una farola en la calle que iluminaba su ojo izquierdo más que su análogo en la derecha. Se daba el caso de una heterocromía iridis, muy típica de los Husky Siberianos. Tenía un ojo de color miel de lavanda y el otro, más oscuro, parecía la corteza de un nogal. Su piel se sabía enamorada del sol, de un color broncíneo muy atrevido. Me imaginé un Husky en una tumbona poniéndose crema solar.

Comimos bastante lentamente el carpaccio, que venía con un parmesano delicioso. Los postres, un pastelito de coco con chocolate fundido, los compartimos. En un momento determinado, ella se levantó informándome de que iba al baño, que pidiera la cuenta, por favor. Así lo hice, utilizando mi libertad para obedecer. Pasó tan cerca de mí para dirigirse al lavabo que me rozó con su negro vestido bombacho que tenía un relieve a base de invisibles líneas verticales. Esa mujer estaba en posesión de unas ancas que parecían dos perniles de Huelva, de calidad certificada. No llevaba tacones, y me daba cuenta de eso ahora. Me seguían gustando las mujeres sin tacones, qué le vamos a hacer.

Me levanté, me fui hacia el baño, justo en el momento en que salía ella, arreglándose el pelo que le caía por los laterales del cráneo. Quería utilizar sus orejas para sujetar aquellos bonitos cabellos bermejos. Se encontró conmigo de frente y le dije que iba al baño antes de irnos también. A pesar de tal anunciación la besé como besan las personas que acaban de cenar, sin lengua. Ella me lo agradeció con su sonrisa que había estado esgrimiendo toda la colación. Yo le narré al oído el motivo por el que contenía la lengua y, al verbalizarlo, se echó a reír. Algún escritor habría dicho que si consigues hacer reír a una mujer, puedes hacer que haga cualquier cosa. Pagamos entre miradas lúbricas. Subimos a mi coche no sin antes darnos otra ración de besitos y palpación anatómica. Yo insistí sobre todo en el culo. Pensé en pedir vacaciones solo para concentrarme en esa ocupación que me resultaba fascinante. Luego me retracté de haber planteado esa opción porque en esos día tenía muchos trabajo en la oficina. Se puede decir que iba un poco de culo, aunque mis manos perdían el mismo por seguir tocando el susodicho.

Llegué a mi piso más excitado que un catador de viagra. Me ponía mucho, pa’ qué nos vamos a andar con rodeos a estas alturas. Quisimos reproducir los actos de una pasión desmadrada. Me empotró contra el portal de mi propio hogar, con ese envite, ni Negrín se hubiera resistido a lo que pretendía la muchacha. Era contundente, pero no desvergonzada. Mantenía la clase pero no se alejaba de la presa. Jugaba con la situación y con mis ganas, aprovechando su timidez coqueta haciéndola parecer el comedimiento que te mantiene en vilo. Le di las llaves, abrió la puerta con el silencio de Harpo Marx. La agarré fuertemente por las caderas de donde brotaban unas nalgas demenciales, anticonstitucionales. En un frenesí que no consigo aún explicarme, la llevé a la cama. Histriónicamente, y doblando con exageración la muñeca, la empujé con la fuerza justa para que tuviera que poner de su parte si quería llegar a la posición horizontal. Me puse encima suyo. No había ya cortesía. La orquestra nocturna de mi habitación empezó a tocar la sinfonía de nuestras respiraciones. Lo hizo en un allegro vivace que se acercaba al presto. Las paredes se dieron la vuelta para no mirar. Yo pensé que no era rubor, sino más bien envidia. Queríamos quitarnos la ropa. La piel es una amante muy posesiva. Pegajosa. Siempre quiere más. No se sacia. Fuera la ropa: se quedó solo con las braguitas; yo aún llevaba los pantalones. No era un tanga, eran braguitas. De color lila pastel con la goma disimulada. Iban con su carácter. Me gustaban porque el morado me seduce. Ella estaba deslizándose hacia abajo, la ayudé para que se pusiera cómoda. Cogió el cojín. Lo movió como una diosa debía haber movido las nubes en el olimpo. Pero el desastre hizo acto de presencia. Debajo de la almohada estaba mi pijama. ¡Qué desastre! El típico pijama que hace 6 meses que no lavas estaba allí clandestino. ¡Oh, no! Ella se desmayó al instante. ¡He ahí la hecatombe! Perdió el conocimiento. No me lo podía creer.

Tendría que haber ordenado mejor la habitación antes de salir.

Por la mañana no se acordaba de su nombre.

Roc Solà

«Calla Pantalla» y «Parque de invierno»

Calla Pantalla

Give me something that won’t get lost,
Like a coin that wont get tossed
Rolling home to you.
– Neil Young

Mi móvil no es una prolongación de mi,
Ya tengo un brazo al que le sigue una mano
Con cinco dedos que puedo mover
Abro mi mano, abrazo la cinta de la persiana y tiro.
Fuera hace bueno, aunque la luz hoy es grisácea
me hace entrecerrar los ojos

Cierro la ventana.

Parpadea una luz verde encima de mi mesa
pero no tengo ninguna prisa por descubrir la notificación
lo único que espero es que suene el timbre
y ver tu cara,
escuchar si no la llave torpe
entrando en la cerradura,
ya te imaginas mi sonrisa.
Escuchar tu voz grave y alta entrecortada
por la mala cobertura de mi habitación,
Descifrar tu letra, que salte del papel
y me haga saltar a mi de la silla
para pintarme los labios.

No quiero más avisos ni estímulos,
Quiero detenerme el instante,
en la imagen
a la que no le suceden mil más,
en mi plato de ensalada que no va a ser fotografía,
en nuestro abrazo que no va  a ser selfie.

no necesito más comunicación,
que la nuestra,
la de la voz y el papel
el lenguaje del rostro,
los silencios del lenguaje

¿Te acuerdas?

 

Parque de invierno

Caían sin ser percibidos.

La mayor racha de viento
Del norte, bien frío
ha pasado por la ciudad,
por tu falda,
por mi cara,
por tu pelo,
por mis botas.

Nos ha dejado las manos heladas.

Ha dejado
Paisajes blancos, tejados mojados
Y un hombre que día tras día
fotografía copos de nieve,
que antes caían inadvertidos

Estructura de hielo acantilada,
Suave y fría,
Se hace gigante en la retina de la cámara
Lo veo

Cristales de nieve,
inviernos de una vida.

Está escrito:
no hay dos estrellas de nieve iguales

Antes de que alguien los mirara
Su belleza helada
Se suspendía en el aire y
Caía, para ser enterrada por otros copos
Que también eran vasta nieve

¿Serían entonces copos o sombras de lluvia blanca?

Cristales de nieve,
inviernos de una vida.

Ángela Arambarri Ateca

Sin título

Vagabundeo
por páramos yermos:
La imperturbabilidad
de los lugares abandonados
es mi escenario predilecto para
desmembrar
los pasados,
buscando excusas
para pintar mis canciones
de colores pálidos.
Trepabas por mí como la hiedra
por las fachadas, y del mismo modo
penetraste en mis grietas,
horadando la tranquilidad pétrea.
Te imagino
desperezándote
en tu despertar vespertino

– tu oscuridad a contraluz
de atardeceres flamígeros

suspirando por cualquier gilipollas.

 

Concluyo, con el consuelo de lo efímero,
que no termino en mis puntos de fuga.
Mis líneas son infinitas
y jamás llegan a tocarse.

Diego J. López

 

«Senti-mente» y «Transparencia»

Senti-mente

Tanta logia de la vida para hacerla un luto,
de tanta lógica que el sentir rompe en un segundo,
que tanta sed se lleva el agua empujada por el viento,
de tanto tiempo entre pies que danzan al aire,
porque los latidos ruegan al pálpito,
dejar de ser un ruido sordo para el mudo,
por trompetas de unicornios figurando el sonido,
de oníricas realidades aplazadas a otros mundos.

 

Transparencia

Es la gota que colma,
el colmo del agua y su horma,
hormona verbal de la broma,
la bruma y la bella palabra,
deforma el verso que la doma.

 Sergio Sánchez

Horizonte de Expectativas

Kioi se despertó. Su boca estaba seca. Buscó en la oscuridad la botella de agua. Tan solo quedaba un poco y pensó en la pequeña Waceera. Tragó saliva y volvió a dejarla en la mesa. Se incorporó y corrió levemente la cortina. Miró al horizonte. Nuevos imponentes rascacielos y un rosario de obras que parecía no tener fin.

Caminó de puntillas hacia la puerta, sorteando los roídos tacones de Mumbi. Abrió la puerta y salió. Deslizó su mano sobre la oxidada carrocería de su viejo coche. En su interior había un par de mantas y un preservativo usado, pero Waceera no estaba allí. Habría ido a buscar en la chatarra.

Se hurgó en los bolsillos y encontró el poco tabaco que le quedaba. Se sentó en el coche y se lió un cigarro. Mientras daba la primera calada, comenzó a buscar entre los asientos. Descubrió un par de monedas, suficiente para poder comprar un poco de pan.

Kioi caminó hacia la tienda, dubitativo. Apretaba tan fuerte las monedas que la palma de su mano empezó a sangrar. Abrió la puerta y se dirigió al mostrador. “Cerveza”, balbuceó.

Una vez fuera, examinó la botella. Aunque no sabía leer, reconoció dos letras omnipresentes en el país: UK. Con las manos temblorosas, la abrió. Una lágrima recorrió su cara, abriendo un surco entre el polvo que la cubría.

Entró en casa. Se acercó a la ventana y miró de nuevo al horizonte. Cerró la cortina y volvió a dormir.

Carlos Léaud

VIII

Arrugué tu vientre en estrías
y desgarré tu vagina
porque me obligaste a nacer.
Creo que yo no quería,
y por eso luché para quedarme.
Llegué al mundo
en los estertores de un mamífero hinchado
que se arrepentía de parirme
mientras yo me arrepentía de nacer.
Por eso lloraba,
porque nací del esputo y la sangre,
de fluidos canónicamente negados.
Yo salí del desperdicio,
de la diarrea parturienta,
del grito y el desgarro,
de la ruptura, de la herida,
bautizada por las aguas turbias
a las que yo quería volver.

María Rey Campo