«Rosebud»

“ROSEBUD”

Tal vez el título de este artículo te haya atraído por una asociación cinéfila que te haya hecho recordar la gran obra de Orson Welles, pero no escribo estas líneas para hablar de Ciudadano Kane, no, el título es simplemente un anzuelo, un símbolo que busca una atención. Si con éste título la he conseguido bienvenido y bienvenida seas.

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Como bien he dicho, no vengo a hablar de una obra en concreto, sino del cine, mejor dicho, el CINE. Es bien sabido que asistimos a un espectáculo de auténtica ruleta rusa cada vez que pagamos 6, 7, 8 o incluso 9 euros, que se dice pronto, para ver absolutos bodrios dentro de la sala; arriesgamos nuestro tiempo y dinero con el fin de ver un espectáculo audiovisual que nos llene como espectadores, pero en este momento, por desgracia, no suele ser así. Muchas veces me he preguntado qué le ha pasado a una forma de arte tan noble como las que se refugia tras el celuloide, pero nunca he sacado una conclusión tan clara como esta, estamos ante el triunfo del plástico frente al vidrio; y esto no se aplica solamente en el mundo de la lona y el proyector, sino que vale para todos los medios artísticos de masas, pero me voy a centrar en la “fábrica de sueños”.

Mucho se ha hablado y mucho se ha escrito sobre el cine, pero lo mío va a ser una reflexión personal sobre un tipo de arte que ha conseguido inundar salas de proyección, teatros, salones, e incluso habitaciones. Queramos o no, el cine ha formado parte de grandes eventos en nuestra vida; una quedada con amigos, un acercamiento a ciertas drogas, una lágrima, un abrazo protector, un beso, un polvo… Una banda sonora, un fotograma, una escena, o ciertas frases son elementos que nos han educado y nos han formado políticamente, moralmente, socialmente, emocionalmente; y nos han hecho soñar, nos han enseñado que todo lo imaginable se puede hacer realidad.

Lamentablemente, como todo, el cine ha sufrido su decadencia, y actualmente acudimos a un espectáculo que ya no busca llegar al espectador de la manera que lo conseguía antes. Ahora las grandes producciones tratan al “respetable” como un completo gilipollas del que lo único importante es que se deje entre 6 y 9 euros en una entrada y otros 5 en palomitas y bebida para ver ¿qué? …efectos especiales. Atrás quedaron los años de Hitchcock, Truffaut, Goddard, Welles, Kubrik… en los que importaba más el cuidado de cada escena, cada frase, cada acorde en la BSO, cada gesto, cada mirada… que un héroe (por no ponerle el súper) que suelta tacos cada media frase, explosiones cada diez minutos, slow motion, o un croma épico que consiga efectos visuales espectaculares.

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Asistimos a una violación del cine que conocíamos antes de la década de los 90, a una prostitución de un arte que formaba a personas degradado en una sucesión de hechos triviales que simplemente busca entretener. Y entretener no tiene por qué ser malo, pero se ha llegado a un momento en el que el espectador, en vez de completar el ciclo comunicativo, se convierte en un pasajero inerte ante una sucesión de hechos que le son completamente indiferentes. Se ha vulgarizado al espectador tal y como se le ha vulgarizado en la televisión, atendiendo al 5º principio de propaganda de Goebbels.

Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.

De esta manera se ve la clara diferencia entre el cine del siglo XX con el del siglo XXI, donde nos encontramos con un cine que no innova, copia, busca la manera rápida de hacer dinero con películas cargadas de efectos especiales y vacías de contenido, personajes opacos, lejanos y reducidos al cliché absurdo, tramas simples sin elementos innovadores, remakes que rozan la vergüenza ajena, sagas interminables basadas en cómics o “best sellers” de moda, precuelas y secuelas de sagas que en su día funcionaban, pero que ahora son simples pretextos para un guion rentable, márquetin agresivo y sin escrúpulos. El cine de autor ha quedado reducido al mínimo y sólo se apuesta por directores que “venden”, la cartelera se plaga de superproducciones mediocres de las cuales las más inteligentes son para niños, la obsesión por la saga y la comedia americana se ha vuelto enfermiza y el cine europeo ha quedado como un viejo espejo de una manera de hacer cine que sólo gusta a pedantes, hípsters e “intelectualoides”.

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La “fábrica de sueños” ha abierto un ERE indefinido al arte y sólo ha dejado pequeños guiños de una época en la que brillaba cual estrella, para finalmente brillar como un neón cercano a una carretera nacional. Pero tal vez queda la esperanza en la frase “todo tiempo pasado fue mejor” y consigamos dejar atrás el plástico y volver al vidrio, volver a conmovernos como lo hicimos con El color púrpura, volver a sentirnos héroes como lo hicimos con Por un puñado de dólares, volver a sentir el suspense de Con la muerte en los talones, volver a enamorarnos como en Casablanca, pero, sobre todo, volver a ver el cine a través de los ojos de Totò en Cinema Paradiso.

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Jim Morrison: Rebelde e inmortal

En medio del ardiente fuego revolucionario y contracultural que surgió en Estados Unidos en los años 60, aparece la banda The Doors. Conocida hoy en día como una de las más legendarias bandas de rock de la historia. Sin embargo, consideraría un error etiquetar a este grupo bajo un solo estilo musical. Rock psicodélico y blues, con toques de jazz, y con un guitarrista con influencia flamenca, junto a la poética y rebelde voz de Jim Morrison, dan lugar a este grupo musical. El espíritu romántico y eternamente salvaje del cantante marcan la trayectoria de la banda.

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Morrison es considerado hoy en día como un símbolo de rebeldía y libertad. Sin embargo, es cierto que su figura se ha ido mitificando, se ha enfatizado y agrandado cualidades de su personalidad y dejando de lado otras esenciales. Está claro que la cultura de masas tiene un enorme poder para vaciar símbolos e importantes iconos de la historia. En el caso de Jim Morrison, se habla de una superficial leyenda del rock marcada por sus excesos, extravagancia y singularidad. Sin embargo, no hay que olvidar la faceta más humana e intelectual de este artista. Fue un conocido cantante consumido por la fama, pero también fue un cineasta, escritor, compositor y poeta hambriento de conocimiento y comprensión.

Somos consciente de que en el periodo de los años 60 drogas como el LSD se convertían en un arma experimental que abrían las puertas de la mente y percepción de muchos jóvenes artistas. Morrison era uno de estos artistas, sin embargo, su inspiración y la base que dio lugar a la creación de la banda The Doors fue la poesía. Para Morrison poesía era arma de consciencia, de libertad de expresión, su droga más pura. El nombre de la banda, propuesto por el cantante, tiene su origen en unos versos del poeta romántico William Blake: “Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito.” Morrison poseía una gran sensibilidad romántica, y una eterna pasión por la poesía. Él mismo afirma:

… and that’s why poetry appeals to me so much – because it is so eternal. As long as there are people, they can remember words and combinations of words… so long as there are human beings, songs and poetry can continue. If my poetry aims to achieve anything, it’s to deliver people form the limited ways in which they see and feel.”

La influencia romántica no solo se percibe en su concepción inmortal de la poesía, sino también en la continua recurrencia a la infancia en sus poemas, la defensa del poder de la inocencia, y de la naturaleza, la corrosión de la sociedad de su tiempo, el anhelo de la libertad.

“…. Ceremonies, theatre, dances

To reassert the Tribal needs and memories

A call to worship, uniting

Above all, a reversion,

A longing for family and the

Safety magic of childhood”


“…keep off the walk

Listen to the children talk”


 “to feel on the verge of an exorcism

A rite of passage

To wait, or seek manhood

Enlightenment in a gun

To kill childhood, innocence

In an instant”

La banda nació tras un casual encuentro en una playa en California de Morrison con Ray Manzarek, un compañero suyo de la universidad. Ray, fanático de la música, enamorado del blues y el rock de la época, le propuso que cantara el poema que Morrison acababa de componer “Moonlight Drive”. Manzarek se quedó alucinado con el talento natural de Morrison y decidieron comenzar una banda. Así, Morrison a la voz y Manzarek al teclado, comenzaron con la banda junto con el guitarrista Robby Krieger, y el batería John Densmore. Así, en medio del ardiente barullo de los 60, The Doors decidieron encender su propio fuego y comenzaron con su primer tema Light my fire en 1966.

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Morrison comenzó los primeros conciertos con mucha timidez y dando la espalda al público. Sin embargo, conforme la banda comenzó a crecer, el cantante empezó a liberarse con la ayuda de alcohol y otras drogas, y la seguridad que la admiración de los espectadores le ofrecía. Sufrió una tremenda metamorfosis. El tímido e inseguro cantante se transformó en un artista salvaje, seguro y libre. El espíritu romántico del cantante se fusionó con una naciente actitud rebelde y salvaje. Con esta gran transformación de Morrison comenzaron los espectáculos de The Doors. hqdefaultSu adicción a las drogas se incrementó considerablemente, Jim comenzó a ser puro éxtasis en el escenario, a tener una actitud impredecible y salvaje. Nadie podía pararle. Hicieron conciertos en los que Morrison caía inconsciente al suelo del escenario, su mente volaba lejos de manera efímera, pero el espectáculo no paraba, sus compañeros improvisaban y seguían adelante con el concierto hasta que el cantante volvía de su viaje. Como se expresa en el documental We are Strange: “no importa lo alto que suba, sus compañeros están siempre para sujetarlo y que vuelva a la tierra.” Consciente o inconsciente, tenía el control pleno de la banda, era un leader, un chamán.  El mismo teclista del grupo afirmaba que Jim era “como un antiguo chamán que conduce a sus discípulos a mundos que jamás se atreverían a entrar solos” Morrison disfrutaba de ser el centro de atención, le encantaba la fama, “todo lo que hacía era para causar un efecto.”

THE doors – Live at the Bowl `68

En este climax de fama de The Doors, Morrison era inmortal, o eso creía el mismo artista. Su poesía refleja su actitud, su filosofía de vida en ese periodo, su defensa de la necesidad de liberación y la posibilidad de todo:

“I can make myself invisible or small…

I can change the course of nature….

I can perceive events on other worlds,

In my deepest inner mind,

And in the minds of others.

I can

I can”

Morrison hace numerosas referencias literarias, referencias a leyendas, memorias propias, etc. Su fuerte interés poético siempre está presente. En todo concierto Morrison recita, canta su poesía o improvisa versos en pleno escenario. En medio de la conocida canción The End, el cantante recita unos versos con referencia al complejo Edipo que llega a un momento culmen cuando grita:

“- Padre

– ¿Qué hijo?

– Quiero matarte

– Madre, ¡quiero follarte!”

Tras quedar fascinado con la tragedia griega Edipo Rey, Morrison le dio su propio significado. Para él matar al padre era acabar con todo lo socialmente preestablecido, con todas las cadenas que nos atan y nos obligan a ser marionetas. Mientras que follarse a la madre era volver al origen, a nuestra propia realidad individual, a estar en contacto con nosotros mismos. Esto era principalmente una manifestación de su pensamiento rebelde.

The Doors «the End» (Subtítulos en español) (min 8.20)

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En sus comienzos el cantante era como una figura contracultural alejada de la actividad política, sumergida en la poesía y en el éxtasis de la psicodelia, creando su propio mundo y abogando por la liberación individual. Sin embargo, ocurre un cambio en su vida. Morrison empieza a acudir a todas las performances de The Living Theatre. Este grupo de teatro experimental defiende en su manifiesto que “El cambio solo puede ocurrir con el rechazo a toda regla” Morrison se siente fascinado e influido por este grupo, confiesa que nunca había tenido nada que decir, hasta entonces. De repente, Morrison se vuelve agresivo y decepcionado con la inercia del público y las masas. En un concierto en Miami en 1969 Morrison ataca y grita a los espectadores: “MORRISON: ¡sois una banda de putos esclavos…cualquier cosa que os piden la hacéis, os pisotean…y os encanta!” El escenario es asaltado, el nuevo Jim provocador, agresivo y desilusionado queda arrestado. La canción The End refleja muy bien este último periodo de desilusión de su vida.

Lost in a Roman wilderness of pain

And all the children are insane, all the children are insane

Waiting for the summer rain, yeah

There’s danger on the edge of town

Ride the King’s highway, baby ….

This is the end, my only friend, the end

It hurts to set you free

But you’ll never follow me

The end of laughter and soft lies

The end of nights we tried to die

This is the end

Decepcionado y vencido, su espíritu romántico comenzaba a desvanecerse. De pronto Morrison “se da cuenta de que no es invencible.” En 1971 la fama y las drogas dieron final al potencial intelectual y rebelde del gran artista.

Hoy, Morrison permanece inamovible en su categoría de gran leyenda del rock y englobado en El club de los 27. Grupo que comprende a las grandísimas estrellas del rock que murieron a la prematura edad de 27 años debido al abuso de drogas y alcohol. De este modo, Morrison se encuentra entre las grandes leyendas musicales como Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, y a los que finalmente se les unió Kurt Cobain.

Tenía razón el cantante cuando afirmaba en sus versos que; todo está roto, quebrado, pero sigue danzando. Su figura fue intensa y efímera, pero su música y visionaria poesía sigue sonando potente, con fuerza.

“forgive me father for I know

What I do.

I want to hear the last poem

Of the last poet.”

Virginia Sainz

Andrea y Magdalena de Cervantes

No sabía si escribir esto o no. En parte porque de Miguel de Cervantes se habla mucho y se aporta poco, y en parte porque se trata de una cuestión en la que fácilmente se puede caer en el simplismo o, por el contra36354195rio, en lo rebuscado. Yo procuraré evitar ambos errores, pero no puedo prometer nada.

 Si finalmente me decidí a escribir este artículo es porque siempre que leo sobre «las mujeres de Cervantes», termino con acidez en el estómago. Quienes se creen con autoridad de debatir sobre el tema, adivinen, suelen ser  hombres. Y el hecho de que sean los hombres los que hablan sobre las «mujeres de Cervantes» hace muchas veces que las mujeres giren en torno a Cervantes, por un lado; y por el otro, y aun cuando intentan hacer una especie de ensalzamiento feminista cutre, no pueden evitar ser insufriblemente falocéntricos. Por poner un ejemplo:

Las mujeres de Cervantes suponen un cambio radical de las estructuras machistas de la época. Son unas perfectas conocedoras de las debilidades del hombre y las aprovechan pero, son, sobre todo, mujeres que no están dispuestas a llevar una vida de esclava sin la libertad que su inteligencia, y su cuerpo, les permite.

No creo que haga falta enfatizar demasiado en el contexto: finales del siglo XVI, las mujeres «honradas» podían casarse o meterse a monjas. Las demás tenían un abanico de posibilidades, no todas demasiado malas, pero sacrificaban su reputación en menor o mayor medida. Legalmente, una mujer perdía derecho a sus propiedades al contraer matrimonio, pero las hermanas de Cervantes no tenían nada que heredar, y en caso de haberlo hecho, las propiedades hubiesen sido para Miguel, el primer varón de la familia. No tiene importancia, los Cervantes siempre malvivieron gracias a fortuitos regalos de la vida que les permitieron irse abriendo paso.

 Pone un penoso texto —con los logos de Comunidad de Madrid y de Museo Casa Natal de Cervantes, grandes y visibles en la cabecera— que

ninguna de las hermanas de Cervantes se casó, lo que no quiere decir que no tuvieran relaciones con hombres. De hecho, las hermanas de Cervantes, siguiendo quizás la tradición de su tía abuela, mantuvieron su independencia económica, lo que en su época sólo se podía conseguir aprovechándose de los hombres.

Obviando que lo de la tía abuela es innecesario y que lo único que dice el párrafo es que las hermanas Cervantes no eran alienígenas, quisiera decir, en primer lugar, que «aprovecharse» me parece una elección de verbo insultante —por no decir idiota— para describir la situación. Ni Andrea ni Magdalena se aprovechaban de los hombres, sino que recibían, a veces, dádivas mientras mantenían relaciones con ellos. No pretendo maquillar la realidad: puedo decir, abiertamente y sin pudor, que Andrea y Magdalena tenían algo de cortesanas —sí, tercera acepción—, pero eso no es aprovecharse de nadie —¿no es eso, en esencia, lo mismo que casarse, como hizo Miguel, con una mujer por su dote?—.

Aquí, creo, cabe una mención honorífica al otro bando, ese que quisiera erradicar cualquier tinte de «prostituibles» de los nombres de las hermanas «de» Cervantes —creo que es el mismo bando que no quiere ni imaginarse la posibilidad de que Miguel fuera judeoconverso o que a veces se acostara con hombres—.

En segundo lugar, cuando hablamos de la elección de vida que hicieron ambas hermanas, no deberíamos permitirnos ningún tono moralizante. La cultura de los siglos XVI y XVII, por más que Fray Luis proyectara a su perfecta casada como mujer privada de libertades —«como son los hombres para lo público, así las mujeres para el encerramiento; y como es de los hombres hablar y salir a la calle, así es de ellas encerrarse y callarse»—, no era precisamente «casta». Las cifras de hijos fuera de matrimonios y el arrebatador éxito de las comedias de temática adúltera —sin públicos escandalizados— son pruebas fervientes de ello.

Andrea y Magdalena no se casaron ¿y qué? Sí, eso suponía renunciar a toda estabilidad social y, especialmente, económica; y precisamente por eso creo que es un problema muy básico que sigamos dándole más importancia a que consiguieran ayuda económica a raíz de sus relaciones privadas, que al hecho en sí: que rechazaran, conscientemente, un esquema impuesto que negaba a los individuos las libertades más esenciales del ser humano, especialmente a las mujeres.

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 Tener el valor de no casarse, en tiempos de crisis y oscura autoridad, sabiendo que ante ti se abren años interminables de absoluta incertidumbre y desprotección, es admirable. Si ellas se ganaban el dinero haciendo labores a domicilio o recibiendo regalos de sus novios, no solo no tiene ninguna relevancia, sino que refleja un lado práctico de sus personalidades que creo, en serio, parte de la esencia natural de todos los seres humanos. Así que, felizmente, concluyo: Andrea y Magdalena eran humanas —de nuevo—.

Creo que el estilo de vida que llevaron los tres hermanos es fascinantemente común y mundano. Vivieron en malísimas condiciones, se mudaron en varias ocasiones, compartieron una pequeña casita con un montón de primas, las hijas ilegítimas de Andrea y de Miguel —aunque el otro bando insiste mucho en que Isabel era en realidad de Magdalena—, y sepa dios quién más. Eran unos marginados a quienes los vecinos tenían manía —incluso intentaron culparlos de asesinato en una ocasión—; Miguel, ante su miseria económica, intentó irse a las Indias en dos ocasiones, y en dos ocasiones fue rechazado. En definitiva, se trata de una familia con preocupaciones mucho más terrenas que aquellas relacionadas a la honra, a las preocupaciones artificiales impuestas por la moral católica. Este estilo de vida, quizás inevitable para Miguel, quizás «voluntario» para Andrea y Magdalena, es una reivindicación de la libertad: libertad a cualquier coste.

Sabemos que el discurso sobre la libertad es importantísimo en la obra de Miguel. Y me molesta que, cuando se ha intentado reconocer la contribución de ambas hermanas en su literatura, con frecuencia se ha caído en un error de dimensiones: la dimensión de la ficción y la dimensión de la realidad. Claro que la vida privada de Miguel influyó fuertemente en su obra, pero por dios, no nos olvidemos, por favor —parece muy evidente, pero es frecuentemente pasado por alto— de que Andrea y Magdalena no fueron quienes fueron, mujeres valientes y modernas, por ser hermanas de Miguel. No son sus personajes, ni necesitamos atribuirle, en este aspecto, ninguna victoria a nuestro autor, ningún reconocimiento —de esos, con su sola obra, le sobran—. No podemos poner a Andrea y Magdalena en el plano de Leonora, Luscinda o Marcela la pastora.

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Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.

Los tres, Andrea, Miguel y Magdalena, hermanos inteligentes, sensibles y adelantados, convivieron durante años bajo el mismo techo, se cuidaron los unos a los otros—ellas aportaron una importantísima suma de dinero al rescate de Miguel y Rodrigo, con la ayuda de su madre— y se divirtieron juntos. Parece que construyeron una relación basada en el profundo respeto y la auténtica comprensión, una relación en la que tuvieron mucho que reír, sufrir y aprender juntos.

El tergiversar el recuerdo de Andrea y Magdalena —tanto trayéndolas a menos al castigar sus decisiones personales, como trayéndolas a más para poder, así, y a través de sus personas, exaltar más a nuestro héroe Miguel— no solo es un error que debería considerarse completamente desfasado en estos tiempos, sino que es perjudicial para estudiar al autor. Nos aleja de lo que defendía a raíz de su genuina comprensión y sincero respeto hacia las mujeres: a veces sus cómplices, a veces sus amigas, pero, fundamentalmente, sus iguales. Así serán retratadas en su obra: heroínas y estandartes de los más altos ideales cervantinos.

Intelectuales orgánicas y la torre de marfil

Hace una semana acabé el trabajo de final de carrera. Pese haber escogido un tema fascinante como es el postcolonialismo, mi sensación al entregarlo fue más liberadora que placentera. No llegué a disfrutar. La novela se llama Matigari, y está escrita por el escritor keniata Ngugi wa Thiong’o’. Básicamente, Matigari retrata la continuación del colonialismo en la Kenia posterior a la independencia y, además, da una alternativa socialista para el país en la que todos y todas caben. Y no solo eso, sino que está escrita en un lenguaje oral y sencillo accesible para que lo entienda cualquier persona, desde el obrero urbano hasta el campesino. Vamos, una llave de palabras para liberarse de la esposas de la colonización mental. Y, aún así, hacer este trabajo supuso una carga y no un placer.

Algo de culpa la tiene un texto que leímos en la clase de Raza, Género y Sexualidad en este curso de Filología Inglesa. Su nombre era “Intelectual Orgánica Certificada”, de Aurora Levins Morales. Una pasada, increíble. culturaSi tenéis oportunidad, leedlo, seguro que lo encontráis en pdf por internet. Volviendo al tema, Morales es una académica anti-academia, una intelectual orgánica. Me explico. Ella critica la separación entre la realidad y lo académico, señalando la creciente brecha que se abre entre el mundo real y sus gentes y los que pretenden escribir sobe ellos. Para ello, relata su experiencia feminista en Estados Unidos, en la que destaca el sentimiento de sororidad que se crea al juntarse con otras mujeres y discutir sobre cómo sufren los problemas del patriarcado. Hablaban, se escuchaban, reflexionaban, sentían, se emocionaban, empatizaban las unas con las otras. Y aprendían. Y hacían que otras personas aprendieran y se sintieran parte de un grupo que las apoyaba en el que se sentían cómodas. Es decir, que creaban conocimiento a través del grupo, de lo colectivo, formando lazos no solo culturales sino afectivos y fraternales. Precisamente Ngugi, además de escribir Matigari¸ se dedicó a ir por las zonas campesinas a hacer teatro. Algo así como La Barraca de Lorca y compañía. Iba por los pueblos y aldeas haciendo reír –y pensar– a la gente, quienes actuaban en las obras que ellos mismos producían y dirigían. Haciéndoles partícipes de la riqueza cultural del país, con numerosas etnias, lenguas y tribus. Otro intelectual orgánico.

tumblr_inline_ngjaooJ9kk1t6xke1Hace un mes, con el Word abierto y el contador de palabras de mi trabajo final en 400, no se me quitaban Aurora Morales y Ngugi de la cabeza. Joder, qué sensación tiene que ser crear y compartir conocimiento con otras personas, sentirse parte de una comunidad viva y vibrante, crear cultura desde abajo. Vamos, que ser un intelectual orgánico –o una, en el caso de Morales- debe ser increíble. Pero la realidad apartaba de un empujón a Morales de mi mente y fijaba mi atención en el pdf de estudios postcoloniales de la pantalla. Mucha mierda con muchas sílabas y muchos –ismos. Lo de siempre. La vista se apartó sola de la pantalla y se clavó en la imagen de Holden Caulfield que tengo tras el escritorio. Naturalmente, los recuerdos asociados a Holden –protagonista de El Guardián entre el centeno– afloraron en un tono rojo y gris. Aquel héroe de la adolescencia temprana que, entendiéndolo con perspectiva, no me parece tan heroico, aún teniéndolo grabado a tinta en la piel. Ese personajillo que tanto me cambió, del que tanto he hablado y al que tanto le debo. Los que me conozcan lo sabrán, soy un poco chapas. Y bueno, me encendí. agnanterre_68_425.jpgJoder, imagínate la cantidad de gente que andará escribiendo gilipolleces sobre Holden con teorías complejas, de esas rollo freudiano guay, que no llegan a nadie. Que no hacen partícipe de lo que representa Holden ni contagian esa sensación antisocial tan propia de la novela de Salinger. Y me di cuenta que, para una persona apasionada por Matigari  –la novela de mi trabajo– yo sería un gilipollas. Y me sentí un poco imbécil. Me imagino a un chaval keniano sufriendo la injusticia del Estado neo-colonial de Kenia (¿no ves? Si es que mira como escribo…) mirándome mientras escribo palabrería rimbombante tomándome un café en mi habitación. Aquí, cómodo  junto a mi mesita del té, mi ordenador y mis libros de teorías postcoloniales, mientras él sufre una realidad tan dura como la de la Kenia postcolonial. Como es obvio, pensaría que soy gilipollas. Y me sentí totalmente lejano y ajeno a la realidad que Ngugi critica y a la alternativa que propone. Yo solo, escribiendo en un lenguaje que comprenderán cuatro académicos a los que les interese esto y que a saber quién lo leerá (si alguien lo hace). Así no se transmite nada. Así solo se empaqueta una reflexión que yo hago y se la embadurna de palabrería que priva a la mayor parte de la gente de su comprensión.

Yo, voluntariamente, estaba envasando al vacío mis reflexiones y sentimientos ligados a la novela, fruto de mi pasión por el tema y mis ideales socialistas, para alimentar la bestia de la academia. Ahí estaba yo, en mi escritorio, enarbolando la bandera roja sentadito cómodamente citando a Gramsci y Fanon de manera enrevesada para que, al final, no lo lea nadie. Ahí, traduciendo mi pasión por la libertad y la justicia a un lenguaje que más que comunicar, confunde. Contribuyendo al empaquetamiento del conocimiento para su posterior venta en repositorios de ensayos académicos. Poniendo mis conocimientos fuera del alcance de la gente de mi clase social: la obrera. Es decir, actuando contra mis principios. Así, me di cuenta de que la pasión, el amor y los ideales no se transmiten en formato MLA, Chicago o APA. b59165e6bc2efdb492777048a6363b66.500x334x1

La realidad revestida de un halo sabiondo y profundo solo sirve para que unos pocos se sientan superiores en su torre de marfil y para que separen la cultura de la gente a la que le pertenece. Un ensayo académico nunca podrá sustituir una conversación apasionada sobre política o literatura en la que transmites más con la mirada que con las palabras. Y es que, joder, he aprendido más tratando de entender a un mendigo en el metro de Budapest que leyendo artículos académicos, memorizando apuntes para vomitarlos en un examen –que esa es otra– o escribiendo un paper. He tenido conversaciones usando las manos con ancianas bielorrusas que me han enseñado mucho más que clases en las que el profesor lee un Powerpoint. No es que quiera tirar los cimientos de la academia, sino sacarla de lo más alto de la torre de marfil en la que se hospeda y bajarla al suelo. Al llano. Con nosotros y nosotras.

Más coloquios, debates, lecturas, charlas. Más crear desde abajo y para los de abajo. Más participación, colectividad y comunidad. Unámonos todos, criaturitas del señor, cerveza en mano, sedientos de saber y ansiosos de crear, con el éxtasis de la curiosidad y tics visionarios estremeciéndose en nuestro pecho. Creemos, compartamos, sintamos. Y derribemos juntos la torre de marfil.

Carlos Léaud

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Reseña de «Los Reyes del Baile»

Los Reyes del Baile es una obra de microteatro dirigida por Víctor H. Blanco con guión de Carlos Campuzano. Se puede ver en la Malhablada, con pases de jueves a domingo a partir de las 20h. Se trata de una comedia light, desenfadada, ambientada en el típico baile de fin de curso de instituto yankee. La semana pasada asistimos a su representación, de la cual destacamos su ambientación: esa clásica ball norteamericana con su ponche, vestidos de gala y superficialidad. Los personajes son un reflejo de la juventud estadounidense –y por extensión occidental- de un marcado carácter banal. La presencia constante de las redes sociales durante la obra refleja el sobreuso de las mismas y nuestra dependencia sobre las mismas. De hecho, sin hacer spoiler, los creadores han sabido llevar esa importancia de las redes sociales fuera de la obra haciendo partícipe al público, demostrando que teatro y realidad son perfectamente compatibles. En cualquier caso, si os animáis a verla podéis hacerlo en la Malhablada los dos jueves que le faltan al mes.

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Tu Universidad: Por un mundo sin vacunas.

    El espacio público, donde se dialoga y se construye, está sometido a continuos ataques por parte de aquellos cuyo objetivo no es el bien común sino el beneficio propio. Así en la Atenas de Sócrates aparecieron los sofistas, que cobraban por enseñar a triunfar en política; así en las asambleas del Movimiento 15-M Arturo Pérez-Reverte comprobó “cómo el demagogo ocupaba el lugar, cómo el discurso retórico sustituía al discurso racional, cómo el más populista y el más bruto sustituía al más listo.”

En el estudio de la salud humana, la viruela -erradicada ya- se considera una de las enfermedades más terribles de la historia: fue devastadora desde que surgieron las primeras poblaciones, asoló Europa durante miles de años y de la mano de Hernán Cortés hizo lo propio en el continente americano –siendo incluso más efectiva que su ejército-. Algunos cálculos estiman que durante el siglo XX las muertes por viruela ascendieron a más de 300 millones de personas. No obstante, mucho antes, a finales del siglo XVIII, el científico inglés Edward Jenner –cuya “existencia la humanidad no podrá olvidar”, dejó escrito Thomas Jefferson-, ya había elaborado la primera vacuna contra la mortal infección, pero esta práctica de inmunización no estaba aceptada por la comunidad científica de la época.

En la actualidad, las vacunas son aceptadas por la comunidad científica y han conseguido que, en países desarrollados, olvidemos enfermedades otrora temibles. Lamentablemente, en los países empobrecidos se producen numerosas muertes por infecciones prácticamente ausentes en los países ricos; de hecho, se estima que más de cuatro mil niños mueren cada día por falta de vacunas. La práctica de la vacunación, en estos países empobrecidos, hace frente a tres importantes obstáculos: el coste económico, mantener la viabilidad de las vacunas desde su fabricación hasta su uso, y superar el rechazo y desconfianza de la población hacia las mismas.

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En las sociedades avanzadas hay modas que obedecen única y exclusivamente a la estupidez humana. En 2014 se supo que en los barrios ricos de Los Ángeles (Estados Unidos) el porcentaje de niños sin vacunar era similar al de Sudán del Sur, uno de los países más pobres del mundo. De este modo, el  movimiento anti-vacunas ha conseguido que la tos ferina, el sarampión o la difteria, enfermedades prácticamente erradicadas en países desarrollados, hayan reaparecido con casos mortales.Y es que mientras voluntarios y cooperantes dan su vida para llevar las vacunas a los lugares más necesitados del planeta, otros ponen en riesgo la suya y la de los demáspor ignorancia.

La ignorancia patente de la ciudadanía en temas científicos de importancia vital es aprovechada por ciertos colectivos para imponer sus intereses. En España, el movimiento anti-vacunas lo lidera La Liga para la libertad de vacunación, cuyo máximo exponente es Xavier Uriarte. Uriarte asegura, en una entrevista, que “lo mejor que podemos hacer en salud pública es no vacunar.” Entre sus argumentos, que son asunciones infundadas, la relación entre vacunas y daños neurológicos, autismo, enfermedades tumorales y, para rizar el rizo, retrasos evolutivos. Tales lúcidas conclusiones le han permitido ser co-coordinador de cursos de “medicina naturista” en la Universidad de Barcelona y en la Universidad de Girona.

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Uriarte se opone a la “medicina oficial”, la cual, según los defensores de terapias alternativas, manipula la información y excluye otras prácticas para mantener su estatus. Conciben la “medicina oficial” como un ente discriminador y totalitario que no admite puntos de vista diferentes. Pero lo cierto es que estos defensores de lo alternativo pretenden dominar el espacio público -donde también cabe la opinión de las minorías- sin someterse a sus exigencias: el análisis exhaustivo y la crítica racional.

Y es fácil entender el porqué de esta actitud huidiza frente a la razón crítica. Valga como ejemplo las afirmaciones de Xavier Uriarte explicando, sin ninguna evidencia, que “no han sido las vacunas las que han hecho disminuir las infecciones” sino que se debe a factores como “la baja demografía y la gran entrada de sol” y “el fenómeno de la violación”; o que “la gripe es un proceso metabólico que necesita el cuerpo.”

Por tanto, sorprende conocer que muchas universidades españolas hayan ofertado cursos de terapias alternativas y otras pseudociencias, si bien la oposición de la comunidad científica ha conseguido mayoritariamente su cierre y trata de evitar la incorporación de otros nuevos. Algunos de los “logros” de los defensores de terapias alternativas son: el máster en Medicina Naturista en la Universidad de Barcelona -que se cierra este año-, el máster de Medicina Naturista, Acupuntura y Homeopatía en la Universidad de Valencia, que tuvo hasta nueve ediciones -la última terminó en 2015-; el curso de Especialista Universitario en Homeopatía en la Universidad Pública de Navarra -tuvo fin en 2010-; otros cursos de pseudociencias tuvieron lugar en la Universidad de Zaragoza, en la Universidad de Córdoba, en la UNED y también en la Universidad de Salamanca.

Llegados este punto, cabe preguntarse cuál es el objetivo de esta apropiación por la fuerza del espacio público. La Liga para la libertad de vacunación cuenta con la Red Española de Información sobre las Vacunas, compuesto por personas que, casualidad, poseen clínicas de homeopatía y otras terapias alternativas. Haciéndome pasar por un futuro padre pregunté por correo electrónico a algunas de estas personas si debía o no vacunar a mis hijos.

Jesús Gil Moreno, que se presenta como osteópata y posee una clínica en Logroño, asocia la vacunación con daños cerebrales  y deficiencias mentales “un 99% provocadas por las vacunas.” A mi pregunta sobre los casos de muerte de niños no vacunados publicados por los medios, Jesús Gil se limita a contestar que “los medios de comunicación venden noticias verdaderas y falsas” y que yo no sabría distinguir unas de otras. Por otra parte, Andrés Ursa Herguedas, homeópata en Valladolid y que ha participado en una ponencia sobre terapias naturales en la Universidad de Salamanca, me ofrece una asesoría informativa por 20 €, y por 50€ un estudio clínico con fines preventivos.Ya para terminar, Joaquín Peleteiro Bandín, homeópata en Palma de Mallorca, me asegura que puede proporcionar un tratamiento homeopático como alternativa si decido no vacunar a mis hijos: dos o tres sesiones a intervalos de entre uno o dos meses, a 80 € cada visita.

           Entiendo.

Juan Andrés Moriano

 

 

 

 

 

 

 

Los desfasados derechos de autor y los problemas ideológicos

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Hace poco más de un mes que me viene golpeando en la frente una de esas inquietudes puñeteras que parecen más el Grillo-parlante del buen Pinocchio que un estricto baile de neuronas. Los derechos de autor, creo yo, están tan desfasados como estuvieron en su momento los derechos del editor. No responden ya al momento histórico que nos ha tocado.

Vaya por delante que considero una verdad innegable que todo acto humano es una verdad ideológica. ¿Cómo puede no serlo si, a cada instante, tomamos decisiones? ¿Cómo puede no serlo si actuar de una determinada manera (y escribir es un modo de acción), es ya una elección en sí misma? Si esto es así, y lo es, todo poeta tiene necesariamente una responsabilidad, una necesidad absoluta de compromiso con su tiempo. Simplemente porque nuestra libertad no va más allá de nuestra realidad histórica.

No podemos interpretarlo, claro está, como una obligación por parte de los poetas de escribir directamente de la cuestión social, dejando atrás cualquier otro tema. Pero resulta evidente que profundizar, por poner un ejemplo, en la figura de un «poeta de amor» obviando problemáticas como la violencia de género no contribuye en nada a una mejora de la sociedad y es inevitablemente una elección ideológica. Hasta qué punto la literatura de evasión pueda considerarse legítima dependerá en gran medida de la concepción de la labor del poeta en el mundo.

La libertad de expresión está profundamente ligada a la libertad de acción: de la misma forma que instar a una persona a cometer un asesinato es un delito, proponer modelos amorosos que denigran a la mujer es moralmente muy reprobable. ¿Es cierto que todo en el arte vale? ¿Realmente pensamos que la poesía es profundamente intimista? Una poesía es un mensaje y el objetivo último de cualquier mensaje es la comunicación. El problema no radica en la presentación de estas problemáticas de forma explícita, como sucede en Cincuenta sombras de Grey sino en la utilización ideológica que de ello se hace. En este caso, el de Cincuenta sombras…, la polémica sería absurda si su autora fuese una militante feminista comprometida con la causa. Si se hubiera dado esa circunstancia, bien habríamos podido interpretar que su arte no es más que una «representación amoral» ante la cual el lector debe aplicar su sentido crítico. De cualquier forma, conviene tener en cuenta que la obra de un poeta va más allá del conjunto de sus textos. Tal vez, en una sociedad escrita como a la que dio lugar el auge de la imprenta, se pueda entender que la creación literaria de un autor consiste exclusivamente en su obra. Pero hace años que no somos ya una sociedad escrita: como mínimo, deberíamos considerarnos una sociedad híbrida. El auge de las televisiones, de la radio, del cine, traslada las experiencias poéticas a ámbitos hasta hace poco desconocidos (o, más bien, olvidados) haciendo que se diluya en un maremágnum de informaciones la función histórica de los poetas como transmisores de ideología. El poeta es solo un agente ideológico más y, ni siquiera, de particular relevancia.

Es evidente que la poesía sobrevivirá, siempre sobrevive. Pero esto solo puede darse por dos vías. En primer lugar, puede encaminarse a la poesía de evasión, como se viene ya observando desde hace no poco tiempo. El estallido de la crisis fue un caldo de cultivo perfecto para que las poesías de evasión, principalmente amorosas, coparan el mercado, alejando a la gran masa de lectores de textos críticos con la sociedad contemporánea. Se tolera, claro está, por «salud democrática», la difusión de textos críticos en los márgenes institucionales; esa poesía que se ha adueñado del sintagma poesía social pero que tiende a limitarse a micros abiertos y libros sin mayor pretensión que la venta, bajo pretextos de lo más variopintos. Por otra parte, los poetas pueden elegir la vía revolucionaria, una poesía militante, que, al contrario de como resulta hacer la poesía social contemporánea, no intente sustituir la organización de la población oprimida, es decir, de la clase trabajadora; sino que complemente y acompañe este proceso. Para esta vía, que constituye la vía poética necesaria, los derechos de autor son solo un lastre: ¿cómo puede querer un poeta militante querer acercarse a su lector si introduce entre mensaje y receptor un arancel? El poeta militante tiene la obligación moral de escribir entendiendo que el arte no es un fin, sino un medio de expresión y de intervención social. El poeta tiene la obligación de renunciar a un modelo que no corresponde al mensaje que debe transmitir. Es evidente que su trabajo merece ser remunerado, pero las tasas no pueden introducirse antes de que su mensaje haya llegado. Se pueden pedir donaciones, vender ediciones especiales, comerciar con las publicaciones en papel, poner entradas pagadas a los recitales; pero siempre, este es el punto esencial, debe existir una forma gratuita de acercar la poesía a su clase.

La solidaridad obrera también tiene que escribirse. La escritura obrera también tiene que solidarizarse. Que muera la poesía social. Que viva la poesía militante.

 

V Concurso Recital de Voz Anaya: Juan José Nieto Lobato

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MINA LA DIOSA

            Me ruborizo al verla sentada en el sofá. No termino de acostumbrarme a ver sus piernas desnudas, esos dos pilares sobre los que apenas logra sostenerse su torpe figura. Me cuesta imaginar a la señora Papin de niña después de haberla observado caminando sobre un bastón de madera de nogal. Apoyada en ese horrible báculo, la descubrí anoche cuando me abrió la puerta de su apartamento en el número 8 de la Rue de Rivoli.

            Acompañé mi visita con una rosa roja, la misma que se escabulló entre mis dedos tras comprobar que todo lo que me habían dicho era cierto: no quedaba en su cuerpo, ni en sus pechos, tampoco en sus facciones, resto alguno de la antigua estrella de las pasarelas, de la única e irrepetible diva del posado en ropa interior; de Mina, la Diosa, su nombre artístico; el que utilizaba en galas, desfiles y recepciones, con el que se la conocía antes de volver a ser Beatrice Papin, la vulgar identidad que hoy rotula su buzón.

            A pesar del aturdimiento inicial, me repuse pronto para hacerle entrega de la flor. Me dio las gracias con la frialdad de quien se sabe inútilmente cortejada sonriendo, irónicamente, al comprobar que mi mirada se dirigía presta hacia el ventanal que da al jardín de las Tullerías. Fue una reacción natural. No pude evitarlo tras percatarme de que la protagonista de mis sueños eróticos de adolescencia era sólo un espectro desenfocado.

            Rechacé cortésmente una copa de vino blanco, pero me adelanté a su proposición de abrir una botella de champán. Tras llenar las copas, bajó las luces, sacó su gato siamés a la terraza y pinchó Cole Porter en un tocadiscos de época. Por un momento pensé que yo era el premio, que esa tenue luz, ese jazz melódico y aquellos aperitivos no eran más que el atrezzo de un plan orquestado para engatusarme y llevarme a la cama sin simular, siquiera, un leve interés por conocerme. Pero entonces desperté. Abrí los ojos y el onirismo dejó paso a la fría realidad. Mi ángulo de visión se cruzó con el dorso de su mano derecha percibiendo en ella un movimiento constante. Fue entonces cuando la giró para invitarme a bailar, más bien para que la cogiera en brazos y la hiciera volar por la atmósfera de la habitación trasladándola a esa infancia en la que practicaba ballet junto a sus hermanas. En ese giro de muñeca, habitualmente sutil e inapreciable, pude percibir una mano incapaz de gobernarse a sí misma, temblorosa no por mi presencia y sí por los agudos efectos de una penosa enfermedad llamada Parkinson.

            “Te has dado cuenta”, me dijo y asentí lentamente con la cabeza mientras con un gesto me invitaba a entrar en su cuarto. Accedí sin detenerme a pensar en la cantidad de dinero que hubiera pagado de habérmelo ofrecido tres o cuatro años antes y no tardé en reconocer, en la pared del fondo, la fotografía que adornaba mi carpeta en el segundo año de liceo. “Era guapa, ¿verdad?” “Mucho”, respondí sin añadir nada más ante el temor de excederme con algún comentario grosero. Recorrí lentamente los cuatro extremos de la habitación deleitándome con cada detalle de los murales que los recubrían. En ellos aparecía Mina adoptando posturas inverosímiles, con piezas que apenas ocultaban las partes más secretas de su anatomía. Quise preguntarle por la cantidad de tiempo que invertía en cada sesión, pero no pude hacerlo. Me quedé sin aire cuando, al girar la vista, la encontré desnuda.

            Es difícil describir lo que vi, como es difícil, también, pensar en algo o alguien más vulnerable que ese cuerpo entumecido lleno de huesos condenados al cautiverio. No pude evitar fijarme en su pubis, cubierto de un fino vello también moribundo y no tenía intención pero me topé con sus caídos senos, que rápidamente me recordaron a Fabien, el gordito de la clase de sexto de primaria.

            Hice un amago de correr, pero mi representante ya había cobrado los seis mil euros del servicio y a mí, como brazo ejecutor, me correspondía una tercera parte de la cantidad. Toda vez recobrado el valor, comencé a desabrocharme los botones de la camisa. Ella se inclinó a ayudarme, pero pronto comprendió que tardaría menos apartándose. Dejé al descubierto mi torso y cuando dirigía mis dedos hacia la cremallera de los pantalones, me detuvo. “Para, prefiero que me abraces”.

            Pese a lo que había imaginado, no fue la continua vibración de sus manos lo que más me impresionó. No en comparación con su respiración agitada, con su lucha por mantenerse con vida aferrada a la espalda de un desconocido. De improviso, cuando mi mirada se centraba en el reflejo que se dibujaba en el cristal, giró mi cabeza con su mano izquierda y me besó. Tras un tiempo prudencial, muy superior al que solía conceder a sus parejas cuando era Mina la Diosa, comenzó a buscar sobre mi pantalón una señal de excitación. Pero no la halló. Como no la hallaría en toda la noche, a pesar de mis repetidas e impúdicas miradas hacia los carteles de la pared.

            Entre ambos lados de la cama se desplegó, invisible, un velo de vergüenza. Ninguno de los dos pensaba dormir y sólo el tic-tac de un viejo reloj de mesa interrumpía de manera acompasada el silencio, haciéndolo aún más inquietante. Ella, mientras, lloraba. No de una forma desesperada que invitara al consuelo. Peor aún. De una manera sutil, desconcertante y, sin duda, más estremecedora.

            Afortunadamente, el día amaneció temprano y los jardines se poblaron de niños paseando sus mascotas y haciendo volar sus cometas. Detrás de ellos, a distancia prudencial, caminaban los padres comprobando que todo estaba en orden. Era domingo y las campanas de Notre Dame repicaban en señal de festejo. Cuando Beatrice intentó ponerse en pie, le ofrecí una bata y la ayudé a incorporarse. Preparé el desayuno y nos sentamos en torno a la mesa camilla del salón. Ella, en un sofá de cuero. Yo, en una silla de madera, bolígrafo y libreta en mano, narrando el breve encuentro entre Beatrice, la señora que nunca aceptó la muerte de Mina, y Robert, el amante a sueldo incapaz de descubrir los secretos de una verdadera mujer.

            Se escucharon dos disparos. Desaparecieron las cometas, las mascotas y los niños y los adultos, curiosos, se agolparon en torno al número 8 de la Rue de Rivoli buscando respuesta a los quince segundos que transcurrieron entre uno y otro. Las campanas de la catedral, ajenas a lo acontecido, siguieron llamando a misa.

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XXXVII Selmana de les Lletres Asturianes

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¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Y el asturiano? Una ilusión, una sombra, una ficción…

El monólogo de Segismundo en La vida es sueño, de Calderón de la Barca –bachiller de la Universidad de Salamanca de origen montañés-,  bien describe la percepción que se tiene hoy en día de las hijas del astur-leonés. Como una caricia en sueños, ese romance latín hablado en el medievo pareció desaparecer; pero nada más lejos de la realidad.

Con la expansión de la corona de Castilla y la relevancia de su lengua, el castellano, todo aquel que quisiera darse a conocer y prosperar debía conocer la lengua de reyes. Tal fue la presión, que la identidad lingüística y sociocultural de los pueblos españoles se fue difuminando hasta casi desaparecer; sin embargo, una chispa pervivió en cada uno de ellos. Es por eso que, en Asturias, se celebra este año la XXXVII Selmana de les Lletres Asturianes .

De entre las múltiples reivindicaciones que buscamos los asturianos, la principal y vertebradora de todas es el reconocimiento del asturiano (con amparo de las variedades geográficas; entre ellas, el eonaviego) como lengua oficial en todo el territorio del Principado; el derecho y deber de la sociedad para expresarse en ella libremente, al margen de los ámbitos administrativos. Hacer de ella una lengua vehicular en todos los niveles de la enseñanza, poder plantear modelos de educación similares a las ikastolas vascas…

Son muchos los pasos que se han de dar, a veces, de gigante. Y muchas veces, se dan para atrás. No en vano, hace pocos meses, las cabezas políticas de la derecha asturiana celebraban que el español fuese ahora la única lengua a utilizar en los plenos de la Junta General. ¿Tanto peligro supone una lengua para la prosperidad de la región? ¿O acaso es molesto que no encaje del todo en esa definición rígida e inamovible de lo que es «ser español»? Al margen de los nacionalismos, el asturiano es una lengua hablada por 200.000 personas en todo el territorio del Principado, lo que equivale a una quinta parte de su población. Si tenemos en cuenta el número de personas que utilizan los amestaos, variedades geográficas y de contacto con el español, llega a casi la totalidad de sus habitantes. Eliminar las pocas manifestaciones del asturiano hasta ahora permitidas en el Gobierno del Principado no es solo un error: es demonizar una parte de nuestra identidad.

Pero a modo de bálsamo y jugando a las dos caras, quienes dirigen nos dan este periodo tan señalado en el calendario, en el que pregonar a los cuatro vientos que el asturiano está vivo. Y no solo está vivo a través de las publicaciones, recursos lexicográficos y terminológicos, gramáticas, espacios culturales, medios audiovisuales, doblaje de películas… El asturiano despierta cada vez más en la conciencia de los asturianos.

Es por eso que hoy, 6 de mayo a las 19:30 en la Estación del Norte de Oviedo, Asturias sale a la calle para reclamar su voz.

Aymara González Montoto

V Concurso Recital de Voz Anaya: Dimas Prychyslyy

 

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Motivos u Oda a la loca

Contra ustedes hombres

–que sueñan un porvenir oscuro,

una igualdad confusa,

una sombra romántica de piedra,

una piedad derretida, temerosa,

una habitación de césped y asfalto –

no tengo nada.

 

Contra ustedes –capullos

mediocres, reprimidos, acabados.

Tejados de la muerta noche,

desafíos perdidos de antemano,

esdrújulos tildados por sistema,

palabras sin son: seres plásticos.

Contra ustedes, estatuas castradas…–

no tengo nada.

 

Contra ustedes – enajenados

de paterna leche,

asombros de vuestra ley propia, viril e impura;

militantes de épocas pasadas,

alienados de caderas y pechos flácidos,

sedientos por amaros, cobardes por ser más putas…–

no, no tengo nada.

 

Pero vosotros libres sinvergüenzas,

mal y bien hechores de la noche,

vírgenes “discretos”, amantes,

en fin,

iguales míos,

borrachos, zorras, alatinójenos,

bujarromáticos Maries

del gran gremio.

 

Contra vosotros que me habéis hecho

a vuestra bajeza y semejanza,

que me habéis despojado del insomnio,

que me habéis dado el cansancio dulce del abrazo,

de unas piernas conocidas,

de una voz rotunda como la mía,

y una realidad oscura y deseada…

Con vosotros tengo mis dudas.

 

Vosotros palomas desangradas en el viento.

Vosotros uranistas insolentes

que me volvéis loca,

me derretís, me amáis a mi manera,

sucios de mis escupitajos intelectuales,

de mis putas promesas incumplidas,

de mi dolor por el ayer

y el desprecio al mañana,

del olor rancio a habitación ocre

de mis injurias y mis gritos de abandono,

de toda esta mierda de besos imaginarios

verdes, blancos, verdes….

de esas tazas de chocolate belga en el pubis,

del ombligo lleno de mis hijos, de mis sobras…

Con vosotras, que me habéis hecho

a vuestra imagen y semejanza,

y conmigo mismo, al fin, ya tengo dudas.

 

Vosotros ratas de vuestra propia cloaca,

divas sin pecho, sin coño, pero con cojones.

Conocedores del secreto mayor del hombre:

del hambre y del engaño,

del sucio sexo,

de la fórmula explícita de ser,

de escribir,

de comportarse….

 

Vosotros que os llamáis en femenino,

que usáis pelucas de espectáculo

para taparos las canas y las calvas,

que os morís por 20 cm. en lo oscuro,

que borrachos hacéis el paseíllo de Santiago,

y derramáis sobre la negra lava de las playas

vuestros propios seres de sufrimiento.

 

Contra vosotros, por que os amo,

por que me llenáis,

porque hacéis que olvide,

que no piense,

me hacéis vomitar la inteligencia

con zumo de naranja y granadina.

Contra vosotros que tenéis la lengua larga,

la cara afilada,

la oreja puesta,

el ojo dilatado,

la automática sonrisa,

el alma que palpita y guiña,

la eterna razón de las razones,

y sabéis engañarme aunque os cuesta…

Con vosotros

tengo

mis serias dudas.

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