Jesús Carrasco: ponerte a ti mismo el listón demasiado alto

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Leí Intemperie tres años después de su publicación —siempre parezco ir un paso por detrás del resto del mundo—. No sé si había leído por ahí que la novela del escritor pacense revolucionaba a sus lectores, no sé si había leído que estábamos ante un prometedor titán de las letras hispánicas. No sé por qué el furor pasó delante de mí y yo no me di cuenta, quizás tenía la cabeza metida en un hoyo, pero sí sé —ahora lo sé— que eso era, más o menos, lo que escribía la crítica en 2013, cuando Seix Barral decidió publicar la primera novela de Jesús Carrasco.

Desde entonces han pasado tres años. La segunda novela, La tierra que pisamos, fue esperada con ansiedad e ilusión por el grupo de lectores que se había quedado con el mono de la prosa maravillosa que había encontrado, como un tesoro de inmenso valor, en Intemperie. La ventaja de ir un paso por detrás de todos —pensé, al cerrar la última página de la primera novela—, es que yo no voy a esperar. Solo unas horas después compré el ebook y aunque pensé que 12,42 euros era un precio alto para un libro, especialmente no impreso, los pagué sin dudarlo —y habría pagado más, y habría pagado la versión impresa si eso no hubiese implicado esperar hasta el día siguiente para comenzar a leer: así mis ganas de consumir Carrasco—.

Tardé más tiempo en terminar el segundo libro. Si Intemperie se me deslizó entre las manos, de principio a fin, en unas cuantas horas repartidas entre dos días, La tierra que pisamos se me resistió el doble de tiempo. Después, miré por encima algunas reseñas que encontré en Goodreads. A pesar del promedio no muy alto, más o menos de tres estrellas —digo «no muy alto» porque he notado que la gente en Goodreads es muy generosa puntuando, mientras que yo me lo pienso mucho antes de poner un tres—, los lectores escribían comentarios positivos. No puedo estar más en desacuerdo con el contento generalizado —aunque parecía haber trazas de resignación— que ha causado La tierra que pisamos. Sinceramente, creo que son lectores que aprueban la novela por inercia, porque creen que es lo normal, especialmente después de haber encontrado un libro tan cautivador como Intemperie: ¿Quiénes son ellos para declarar que La tierra que pisamos es una auténtica decepción? Seguramente piensan que, si no les gustó, el problema está en ellos, no en el libro.

Pero yo no me puedo quedar tranquila, así y ya. No puedo afirmar que La tierra que pisamos es una excelente segunda entrega de Jesús Carrasco, que se palpa esa narrativa impactante, que la historia es crítica, que la estructura fragmentaria es original. No puedo porque no creo que sea verdad. De hecho, lo que creo es que La tierra que pisamos es un libro que da la sensación de ser un primer borrador de una novela que parecía ser prometedora, pero que no alcanzó todo el potencial que contenía. No fue una novela ejecutada con éxito. Y no. Hay cosas que no son cuestión de gustos. Los fallos formales y las malas decisiones son, justamente, eso: fallos formales y malas decisiones.

Me imagino que a continuación debo cumplir con la convención y alertar acerca de posibles spoilers. Realmente no creo que nada de lo expuesto a continuación pueda perjudicar a la lectura de nadie, ambas tramas son llanas y no ocultan sorpresas. A no ser que seas spoilerfóbico y tuvieras que sacarte los globos oculares a lo Elle Driver si te encontraras con alguna información que revelara algo de la trama, creo que puedes seguir leyendo.

 1. Intemperie (2013)

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¿Dónde está la magia de Intemperie?
Por todas partes.

Mi experiencia de lectura fue algo así:

Desde el principio el narrador me causó una buena impresión. Una tercera persona neutral, descarnada, marca la distancia que será característica de la atmósfera de la historia. Sus frases no son sencillas, de hecho, sentí que me abofeteaban con una dosis de léxico que me desubicó al principio, pero que aprendí a disfrutar muy pronto. Intemperie es una mina de vocabulario, un manantial de palabras de origen rural. Es un tipo de léxico que, si bien siempre ha tenido ese no sé qué encantador, ahora su encanto no hace más que hincharse —conforme crece el peligro de que se vuelvan palabras olvidadas, almacenadas en diccionarios, como una galería de antigüedades— se vuelven más y más bellas —soy nostálgica—. A pesar de la dificultad, no parece una prosa artificial, y yo pensaba conforme leía «nadie conoce todas estas palabras, esto solo puede escribirse con el diccionario de sinónimos al lado». Claro, no lo sé. Creo que tiene mérito que la narración no parezca forzada, que no rechine al ser leída.

Junto con las palabras vienen los objetos. Carrasco presenta un inventario amplísimo de toda clase de artefactos, herramientas, utensilios, textiles, alimentos, máquinas, accidentes geográficos. Con este mapa de objetos, Intemperie brinda un imaginario desolador y, aun así, inmensamente bello que, creo yo, se disfruta mucho en la lectura. Digo desolador, porque la historia se desenvuelve sobre un páramo inmenso que atraviesa una terrible sequía que conduce a la muerte a los pueblos de una zona geográfica muy amplia­. El espacio desértico —un acierto más— dibuja un ambiente que se balancea entre lo salvaje y su hermosura, y una crueldad abrumadora, y lo hace con impresionante maestría: no se distinguen tiempos ni lugares, los diálogos son escasísimos, los personajes se pueden contar con una mano y ninguno tiene nombre propio. El páramo es cruel, inabarcable, egoísta, indiferente. En él sobrevive quien puede y poco más importa. Los nombres propios, en el desierto, cuando hay sed e insolaciones, cuando todo está enterrado bajo la arena, no vienen al caso. Carrasco lo entiende bien.

Intemperie tiene cadencia interior, un ritmo continuo, lirismo, brutalidad en dosis ideales. Es descarnado y sensible a la vez. En definitiva, es un libro precioso.

2. La tierra que pisamos (2016)

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Leí la primera mitad de una sentada. Al principio me pareció una novela que podía ser sólida. Había una narradora contradictoria que luchaba entre lo que se le había inculcado —imperialismo, patriotismo, superioridad, racismo— y lo que su sentido común parecía intentar decirle. Lo escucha, finalmente, con la llegada de un segundo personaje, y cada vez lo escucha con más atención. Hasta ahí todo bien. El problema es que esta protagonista narradora que promete evolucionar, rápidamente se vuelve predecible, aburrida y, lo peor de todo, inverosímil.

La novela completa está construida a partir de unos cuadernos personales que ella escribe. Primero habla sobre su situación personal —tiene que cuidar de su marido que, por alguna razón, no puede moverse ni hacer nada por sí mismo, pero que tuvo, en su día, un alto cargo militar—. Tras la llegada del hombre misterioso, sin embargo, su interés por la tierra en la que vive, una colonia del gran imperio ficticio en Badajoz, tras décadas de habitarla, brota de repente. Se convertirá en una obsesión reconstruir los pasos del desconocido, y la reconstrucción de su historia personal servirá de excusa a Carrasco para retratar escenarios distintos: el presente de Eva —la tierra violentada después de años de la invasión y cómo evolucionó la sociedad en ella—, el momento de la invasión y la captura de los prisioneros, la vida antes de la interpelación militar, los maltratos y la explotación a los capturados. Expuesto así todo parece una gran idea. ¿Dónde está el fallo?

En primer lugar, en la extensión de la novela. Con la mitad de páginas le bastaba y le sobraba para bordar la historia. La segunda mitad del libro es tediosa. Durante el último tercio me planteé varias veces abandonar el libro —entonces recordaba lo de los 12,42 euros y seguía leyendo, aunque se me cerraran los ojos—. La estructura es fragmentaria, los capítulos son cortos, todos los tiempos internos de la historia se entrelazan entre ellos. Definitivamente, lo mejor habría sido sacar provecho estas características predefinidas y seguir los pasos, por ejemplo, de Juan Rulfo —sabia decisión la extensión que tiene Pedro Páramo—.

En segundo lugar, en su narradora. Es odiosa, y no porque sea una imperialista insoportable, sino por lo que dije sobre la verosimilitud. Nadie escribe así sus cuadernos personales: frases demasiado largas y complicadas, reflexiones complejísimas y elaboradísimas y, además, con un grado de dificultad del léxico muy alto —aunque no tanto como el de Intemperie—. Parecía, en lugar de diarios, que estaba escribiendo una novela premeditada y con mucho trabajo detrás. Como no me podía creer que una mujer que había sido criada para casarse con un militar, que llevaba a saber cuántos años alimentando a un hombre babeante con puré, y que por sí misma reflejaba un altísimo nivel de ingenuidad e ignorancia, pudiera escribir espontáneamente esos textos, me sentía constantemente expulsada de la ficción.

En tercer lugar, el aislamiento perpetuo de los personajes. No hay interacción entre ellos en todo el libro. De nuevo, me parecería bien si el libro fuese mucho más corto, pero ya que no lo fue, me pareció una necedad mantener a la mujer y al hombre incomunicados durante todo el libro. Sí, la incomunicación se debía a que él estaba completamente loco, pero estoy segura de que hubiese podido haber algún tipo de solución distinto. Al menos, creo, pudo darle mucho más juego en la reconstrucción de la historia: si no puede hablar ahora, haz que hable antes. No hay por dónde enlazar ni simpatizar, como lector, con el hombre al que se debe la novela entera.

Finalmente, el exceso de violencia, en mi opinión, terminó siendo contraproducente. Las escenas que impactan, impactan las primeras veces, pero conforme avanzas y se van repitiendo golpes, hambre, frío, locura, cicatrices, explotación, trabajos forzados, desmayos, muertes, abuso de autoridad, terminas por volverte completamente indiferente a la crueldad. Yo suelo preferir lo sugerente y no lo gráfico, pero cuando se va por la vía de lo gráfico también hay que saber hacerlo con cautela y sabiduría, y creo que Carrasco no supo elegir cómo recrear las escenas más brutales con suficiente inteligencia. Había crudeza pero parecía una crudeza tímida, y se extendió tanto durante la obra que terminó por ser una especie de mazacote mal embarrado por todo el libro.

Tras una novela tan entrañable como Intemperie, creo que Carrasco estaba en una posición muy complicada. Su primer libro había sido un éxito y era de una calidad asombrosa —especialmente para una primera novela—; no podía permitirse repetirse, no después de haber creado tantas expectativas. Si caía en la redundancia, se asumiría rápidamente que solo podía crear un tipo de novela. Quizás, en su intento de alejarse lo más posible de la línea que había elegido en Intemperie, quizás bajo la presión de la editorial —de esa gente nunca se sabe—, terminó presentando un libro que, de haber sido escrito por alguien más, habría podido pasar como un libro promedio, ni bueno ni malo; pero porque era él, solo por eso, La tierra que pisamos es un libro que deja mucho que desear.

Las gallinas de Bill Gates

Si viviera en pobreza extrema a Bill Gates le gustaría criar gallinas. Y tantas son las ventajas que, a su parecer, proporciona la cría de estas aves domésticas, que decidió altruistamente donar cien mil de ellas a ciertos países pobres, entre ellos Bolivia. César Cocarico, ministro de Desarrollo Rural y Tierras del gobierno boliviano, se mostró ofendido y declaró que “somos dignos” y que “no necesitamos gallinas como regalo de nadie para poder vivir.”

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La filantropía multimillonaria que ejerce la Fundación Bill y Melinda Gates responde a intereses tan variados como loables: la erradicación de la pobreza y el hambre, la vacunación de millones de personas frente a enfermedades infecciosas, o el acceso a una educación de calidad.  Mediante la inversión de una ingente cantidad de dinero en estas nobles causas, la Fundación promueve soluciones técnicas, meramente técnicas, como son la investigación científica o la aplicación de novedosas tecnologías, para resolver los grandes problemas del mundo actual. Y esto tiene dos implicaciones que conviene señalar.

En primer lugar, el olvido de valores tan importantes como la democracia o los derechos humanos. Melinda Gates escribió un artículo en el que aseguraba que “Etiopía es uno de mis lugares preferidos porque demuestra que el mundo puede mejorar –mucho, muy pronto- con el tipo de liderazgo adecuado.” Para la fecha de dicho artículo, 2013,  Human Rights Watch ya había alertado sobre la grave situación en el país respecto a los derechos humanos, como la expulsión violenta y forzada de  ganaderos y pequeños agricultores de sus tierras con motivo de un megaproyecto estatal de explotación agrícola. También sobre el uso de la ingente ayuda internacional (miles de millones de dólares) por parte del gobierno etíope como método de represión, obteniendo a todas luces sus frutos: en las elecciones de 2015, el partido en el poder -desde hace más de veinte años- obtuvo la totalidad de los escaños en el parlamento nacional.

En segundo lugar, el pensamiento exclusivamente técnico desprecia las condiciones políticas donde se desarrollarán sus soluciones, sin tener en cuenta que el éxito de estas dependen de aquellas. Así, la “política” ha establecido un sistema alimentario mundial basado en la liberalización y desregularización económica (que permite, por ejemplo, la especulación sobre el precio de las materias primas), y en la preponderancia de la empresa privada sobre el Estado. El resultado es un sistema alimentario muy vulnerable tanto a las crisis económicas como medioambientales (valgan como ejemplos la inflación de los precios de alimentos básicos en el 2007 o el fenómeno El niño respectivamente) y gobiernos africanos cada vez más dependientes del capital extranjero.

La complacencia con el sistema establecido, no cuestionarse los fundamentos ideológicos que rigen el mundo, permite perpetuar los males inherentes a dicho sistema. Tan solo quienes crean vivir en una era post­-ideológica seguirán defendiendo con obcecación que la gallina de los huevos de oro acabará con el hambre en el mundo.

 

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Juan Andrés Moriano

 

USA and the breakup of Yugoslavia

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After the end of World War II and subsequent partition of Europe, Yugoslav state found itself on the eastern side of the Iron curtain. During the war and the civil war that followed, Communist party secured leadership and managed to create a socialist federal republic in place of old somewhat decentralized monarchy. A new Yugoslav state was a federation of six republics, unlike the monarchy, which was a nation state of three nations.

However, soon after the war’s end, Yugoslavia managed to free itself from the grasp of Soviet Union, and become independent of it, unlike rest of Eastern European countries (with the exception of Albania). This allowed Yugoslavia to have a unique position in Europe, as it was west for the east, and east, for the west.

Its economy was also quite different than the rest of communist Europe, especially after the Yugoslav-Soviet break-up of 1948. Though ultimately owned by the state, Yugoslav companies were collectively managed by the employees themselves, much like in the Israeli kibbutz and the anarchist industrial cooperatives of CNT-FAI controlled Revolutionary Catalonia. It was praised as a uniquely successful socialist (planned) economy. In its golden age, Yugoslav economy had an annual GDP growth of over 5%, and its privileged political position allowed it to export its goods to both western and eastern European state alike.

On the political front, after the split with the Soviet Union, Yugoslav leader, Josip Broz Tito, tried, and succeeded in forging closer ties with west. Yugoslavia was first country to open its borders to western countries in 1967, and Tito was much beloved guest in USA and Western Europe. Foreign policy of Yugoslavia was based on a Non-aligned movement, created and lead by Tito, as well as Nasri and Nehru. Tito’s Yugoslavia held a leading position in the movement during much of its history, and succeeded in creating alternative for the USA lead west and Soviet lead east.

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Tito, Stalin and Molotov.

Non-aligned movement was an opportunity for countries all over the world to escape the vile split, and stay out of the Cold war as much as it was possible. Both USA and Soviet Union tolerated Tito’s politics, for many reasons. Firstly, common action against Yugoslavia was not only pointless but also unimaginable, and unilateral was doomed to failure. Not only did Yugoslavia have a formidable army, equipped not only by its own modern weaponry, but also with American and Soviet weapons and weapon systems. Also, military action against it would surely mean retaliation from the other side. Secondly, USA saw in Yugoslavia a dam towards spreading of Soviet influence. Many socialist and left oriented countries chose to participate in Non-alignment movement rather than to cooperate too closely with USSR. Thirdly, Soviet Union, during most of Cold war, had friendly relations with Yugoslavia, and its initiatives in UN and other international bodies were supported by Yugoslav delegates, which also meant, in most cases, a support from Non-aligned movement, and an assured majority.

Nonetheless, it is obvious that existence and position of Yugoslav state depended on consensus between two worlds superpowers, and after sudden disappearance of one of them, Yugoslavian position was also questioned.

In the eighties, Yugoslavia was deep in economic and political crisis after death of Tito. In those years it became clear that many of countries problems, first of all ethnic tensions, were pushed under the rug. While economy fell deeper into the abyss every year, ethnic tensions all over Yugoslavia were erupting. In Kosovo, Albanian nationalists and terror groups demanded independence and subsequent unification with Albania; in Bosnia, Muslim majority started to wake up, and Islamic extremism, practically created by the USA in Afghanistan, reached Yugoslav central republic; in Slovenia and Croatia, independence movements gained strength every year, and every year incidents between Slovenians and Croatians on one side, and Serbs on the other would unveil; in Serbian and Yugoslav capital, Belgrade, Serbian nationalism and Yugoslav centralism gained support, as Serbian and federal leadership showed no will to reform in any way. All this lead to a highly explosive situation in the country. The only thing that was missing is a match, and USA was more than ready to provide one. nato-go-home

In American point of view, Yugoslavia had served its purpose, and its existence was not anymore in American interest. For a time, USA kept the illusion of friendly relations, but refused to help Yugoslavia in any way, political or economical, to a point when Congress passed a law in which it forbade any form of help to the country. In 1990, Soviet Union was already helpless and facing its own doom and foreign powers started arming insurgent groups in Yugoslavia. Germany and USA were amongst the generous humanitarians who provided Croatian and Slovenian separatists with weapons, while Arabic petro monarchies armed Bosnian Muslims, and also sending mujahidin warriors to Yugoslavia. Stage was set, and with a few sparks, civil war begun.

International community played a key role in keeping the war going for several years, especially in Bosnia. Germany was amongst the first countries to recognize self-proclaimed republics of Croatia and Slovenia, even before the USA. American ambassadors in Yugoslavia gave silent and latter open support for those moves. Serbian minority in Croatia revolted, which led to a four year civil war in Croatia, that ended by expatriation (not to use a stringer word) of more than 200.000 Serbs, and thousands of dead on both sides. In Bosnia, civil war ravaged the country and left more than 100.000 dead and 2.000.000 displaced. In both conflicts, USA gave support to the separatists, while in Bosnia, even NATO aviation was introduced against Bosnian Serbs. The war eventually ended in 1995, leaving former Yugoslavia in ruins. However, another war was looming. Four years later, under the pretext of genocide over Kosovo Albanians, NATO bombarded Yugoslavia for 78 days, after which southern Serbian province was occupied by NATO forces. Final act (for now of course) were declarations of independence by Montenegro and so called Republic of Kosovo.

The aftermath of it all is terrifying. Instead of a multicultural socialist, independent and mostly stabile state, there are six former Yugoslav republics, independent from each other, but protectorates of the West (USA). Each of the terribly in debt, with economies that rely solely on raw material export and foreign banks, with introduced capitalist systems, and paychecks that barely cover monthly food need, if that. Croatia and Slovenia are part of NATO, independent of USA as much as Texas. Slovenia was the richest Yugoslav republic once, and now one of the poorest countries in EU. Croatian littoral is almost completely German owned, and its territory and ports home to foreign armies.

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Bombed building in Belgrade. Nowadays it is kept as it is in the image so as to remember the bombings.

Bosnia is not a country, not a territory, not an entity. In fact, no one really knows what it is, although everyone pretends to. Montenegro is mafia in a form of state, with one man ruling in past 27 years, a beacon of democracy in the Balkans. Macedonia is a country split in half. Its leaders recognized Kosovo independence, and will surely soon have to recognize half of their country disappearing under Albanian flag. Kosovo, which strived for independence for decades, is now a slightly larger military base. Main source of income for both Serbs and Albanians is drug money, and main source of fun is nationalist friction and few massacres, riots and church burning. It never achieved its independence, nor will it ever. Serbia is a country on brink of collapse. Nationalists parading as liberal proeuropean leaders hold every ounce of power. Country has turned into a parody of its formal self, with museums dead and reality shows as live as never before, we are marching without a doubt into EU, where no one seems to wait for us.

Many hated Yugoslavia for what it was, in it and abroad. Its existence was against all liberal agenda and western moldings. It had to be destroyed, and people here were all to ready to do the dirty work. Now, Yugoslav years are remembered as age of prosperity and safety, and live in our fond memories, never to return, at least not for now…

Aleksandar Topić – solidarnost.rs

Estados Unidos y la ruptura de Yugoslavia

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Tras la Segunda Guerra Mundial y la subsiguiente partición de Europa en dos bloques, el Estado Yugoslavo se encontraba en el corazón del Telón de Acero. El Partido Comunista de Yugoslavia ostentó el liderazgo del país tanto en la guerra como durante la guerra civil que la precedió, consiguiendo así crear una república socialista federal que sustituyó la vieja descentralizada monarquía anterior. El nuevo Estado Yugoslavo se convirtió así en una federación de seis repúblicas, al igual que un Estado-Nación de tres naciones distintas.

Tras el final de la guerra, y a pesar de llevar a cabo políticas socialistas como sus compañeros del otro lado del Telón, Yugoslavia prefirió liberarse de la presión de la Unión Soviética para convertirse en un Estado realmente independiente, al contrario que sus vecinos del Este (con la excepción de Albania). Esta situación permitió a Yugoslavia tener una posición única en Europa, pues era este para el oeste y oeste para el este.

Su economía mantenía también ciertas diferencias con las de sus vecinos comunistas, especialmente tras la ruptura con la URSS en 1948. Las empresas, a pesar de ser en última instancia, propiedad del Estado, estaban dirigidas de manera colectiva por sus propios trabajadores, guardando un gran parecido con los kibutz israelitas y las cooperativas industriales anarquistas de la CNT-FAI en la Catalunya revolucionaria. Con este modelo, Yugoslavia se convirtió en una economía planificada de gran éxito. En sus años más gloriosos tuvo un incremento anual del PIB del 5%, al poder comerciar tanto con este como oeste por la posición privilegiada mencionada antes.

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Tito con Stalin y Molotov.

En el frente político, tras la ruptura con la URSS, el líder yugoslavo Josip Broz ‘Tito’ intentó crear lazos con los países occidentales. De esta manera, el renovado Estado balcánico fue el primer país en abrir sus fronteras a los países occidentales en 1967, siendo Tito un invitado más que bienvenido tanto en USA como en la Europa capitalista. La política exterior yugoslava se basaba en el no-alineamiento,  doctrina creada por Tito y seguida por Nasri y Nehru. La Yugoslavia de Tito mantuvo un papel dirigente en el movimiento no-alineado durante su historia, creando una vía alternativa a la hegemonía estadounidense y su contrapartida soviética. Este movimiento presentó una gran oportunidad a diversos y variopintos países alrededor del mundo para escapar de la dualidad entre ambos bloques y la inminente Guerra Fría. Esta situación no impidió que tanto soviéticos como americanos toleraran y celebraran las políticas de Tito. Para empezar, posibles acciones comunes contra Yugoslavia serían tan inútiles como inimaginables, y un hipotético ataque unilateral estaba condenado al fracaso. Yugoslavia contaba con un increíble ejército y, además, con una fuerte industria armamentística propia que, unida a la vasta colección de armas importadas tanto de USA como de la URSS, hacían del poderío militar yugoslavo la envidia de medio mundo. Por otro lado, Estados Unidos veía en Yugoslavia un freno frente a la creciente influencia soviética. Muchos países socialistas o de corte izquierdista prefirieron participar en el movimiento no-alineado que cooperar estrechamente con la Unión Soviética. Y, finalmente, la Unión Soviética mantuvo una buena relación con Yugoslavia. Sus iniciativas en organismos internacionales como la ONU solían coincidir, y ambos Estados tendían a respaldarse el uno al otro, lo cual suponía el apoyo del movimiento no-alineado y, por tanto, una holgada mayoría en las votaciones. 4D308E38-131C-43BB-B7BA-868A83884AB6_mw1024_s_n

No obstante, la existencia de Yugoslavia pendía del estrecho hilo que la separaba de las dos superpotencias mundiales y, tras la repentina desaparición de una de ellas, la posición yugoslava comenzó a ser cuestionada.

En los 80, Yugoslavia se sumía en una profunda crisis económica y política tras la muerte de Tito, líder del país. Durante esos años los principales problemas del país, siendo el étnico principal, fueron escondidos bajo la alfombra. Mientras la economía se hundía año tras año, las tensiones étnicas proliferaban. En Kosovo, nacionalistas albanos y grupos terroristas pidieron la independencia de la región histórica serbia y la subsiguiente anexión a Albania; en Bosnia, la mayoría musulmana empezó a radicalizarse al calor de los movimientos extremistas islamistas creados por Estados Unidos en Afganistán; en Eslovenia y Croacia movimientos independentistas ganaron terreno al mismo tiempo que se sucedían conflictos entre eslovenos y croatas, mientras comenzaban a emerger también con la población serbia; en Serbia y en la capital de Yugoslavia, Belgrado, el nacionalismo serbio y el centralismo yugoslavo ganó apoyo, y el liderazgo serbio en la federación se mantuvo firme ajeno a cualquier tipo de reforma descentralizadora que calmara los ánimos en el resto de repúblicas balcánicas. Todo esto acortó la mecha de la bomba que era el Estado yugoslavo, para la cual los Estados Unidos tenía cerillas de sobra.

Para los americanos, Yugoslavia había servido su propósito por un tiempo, pero tras la caída de la URSS ya no tenía razón de ser. Durante un tiempo, USA mantuvo la ilusión de relaciones amistosas con Yugoslavia, pero en todo momento rechazó cualquier tipo de ayuda, ya fuera económica o política, hasta el punto de aprobar una ley que prohibía hacer tal cosa. En 1990 la URSS ya estaba de capa caída y las potencias capitalistas occidentales empezaron a financiar y armar grupos armados insurgentes en Yugoslavia. Alemania y Estados Unidos fueron los más generosos a la hora de proveer de armas a los separatistas croatas y eslovenos, mientras que las monarquías del petróleo árabe armaron a los musulmanes bosnios al igual que mandaron guerreros muyahidines. El escenario ya estaba puesto, solo faltaba algunas chispas para que el país ardiera en una sangrienta guerra civil.nato-go-home

La comunidad internacional jugó un papel importante en el conflicto al mantener la llama de la guerra viva durante varios años, especialmente en Bosnia. Alemania fue uno de los primeros países en reconocer las autoproclamadas repúblicas de Croacia y Eslovenia, antes incluso que USA. Los embajadores americanos en Yugoslavia primero callaron y luego mostraron su apoyo abiertamente a tales movimientos. La minoría serbia en Croacia se rebeló, concluyendo en una guerra civil en Croacia que se saldó con la expatriación de 200.000 serbios y un millar de muertos en ambas partes. En Bosnia, la guerra civil reventó el país y cosechó 100.000 muertos y 2.000.000 de desplazados. En ambos conflictos, USA dio apoyo a las fuerzas separatistas mientras que en Bosnia la OTAN se metió de por medio contra los bosnios serbios. La guerra finalizó en 1995, dejando la antigua Yugoslavia en ruinas. Sin embargo, otra guerra andaba al acecho. Cutro años después, bajo el pretexto del genocidio perpetrado contra los albanokosovares, la OTAN bombardeó Yugoslavia durante 78 días, después de los cuales la provincia sur de Serbia fue ocupada por efectivos de la misma. El acto final (por el momento, desde luego), fueron las sucesivas declaraciones de independencia de Montenegro y la conocida República de Kosovo.

El escenario que el conflicto dejó es terrible. En lugar de un estado multicultural, socialista, independiente y estable, hay seis antiguas repúblicas yugoslavas, independientes la una de la otra, pero protectorados del oeste (USA). Todas ellas sumidas en deuda, con economías que dependen completamente de materia prima exportada y bancos extranjeros que, gracias a su introducción al sistema capitalista, ni siquiera pueden dar pensiones que permitan vivir de manera digna. Croacia y Eslovenia son parte de la OTAN y tan independientes de USA como Texas. Eslovenia era la república yugoslava más próspera y rica, mientras que ahora es uno de los países más pobres de la Unión Europea. El litoral croata es casi completamente propiedad alemana, y su territorio y puertos dan cobijo a ejércitos extranjeros. Bosnia no es un país, un territorio o una entidad. De hecho, nadie sabe lo que realmente es, ni nadie lo intenta. Montenegro es un estado controlado por la mafia, liderado por el mismo hombre desde hace 27 años, el paradigma de la democracia

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Edificio en ruinas en el centro de Belgrado. Se mantiene así para mantener los bombardeos en la memoria.

balcánica. Macedonia está partida a la mitad. Sus líderes reconocen la independencia de Kosovo, y tendrán que reconocer pronto la desaparición de la mitad de su país bajo la bandera albana. Kosovo, que ha luchado por su independencia durante décadas, hace ahora las veces de base militar. La principal fuente de ingresos tanto de serbios como de albanos en Kosovo es dinero de la droga, y su mayor diversión sigue siendo las tensiones nacionalistas y alguna que otra masacre, revueltas y quemas de iglesias. Kosovo no ha alcanzado realmente su independencia, y nunca lo hará. Serbia es un país a punto de colapsar. Los nacionalistas desfilan mientras los líderes liberales proeuropeos ostentan todo el poder. Serbia se ha convertido en una parodia de lo que alguna vez, con museos totalmente parados y reality shows por doquier, marchando a pasos agigantados hacia la integración en la Unión Europea, donde nadie nos espera.

Muchos, tanto dentro como fuera, odiaron Yugoslavia por lo que representó. Su existencia estuvo siempre en contra de la agenda liberal y las exigencias occidentales. Tuvo que ser destruida y sus propias gentes estaban listas para hacer el trabajo sucio. Ahora, los años gloriosos de Yugoslavia se recuerdan como una época de prosperidad y seguridad que vivenen nuestras memorias para nunca volver o, al menos, no por ahora…

Aleksandar Topić – solidarnost.rs