Un 8 de octubre

8 de octubre de 2013.

Un grupo de estudiantes de la facultad de Filología se reúne en la ‘Kommune 6’, lugar de encuentro habitual de jóvenes tan rebeldes como ebrios, para celebrar la asamblea fundacional de la asamblea Filólogos Anónimos. Las cervezas corren y un huracán de ideas se apodera de la sala. Sus ilusiones fluyen y toman forma de palabras que se entrelazan y mecanografían, asentando las bases de un nuevo proyecto colectivo en el que cada uno ha puesto un pedacito de sí mismo.

Y así, comienzan a organizar el encierro del 21 de octubre en la facultad, que juntaría a más de 200 personas. Debates, charlas, recitales improvisados y proyecciones de cine se sucedían en un torrente de libertad y cultura colectiva. Era su revolución cultural a pequeña escala. Desde entonces, todo fue rodado. Los recitales, la charla de Aitana Alberti, las manifestaciones…

8 de octubre de 2015.

Caballerizas de Anaya, cafetería de la facultad de Filología.

Un grupo de estudiantes de distintas filologías se da cita en Caballerizas. Tienen en mente la creación de una revista cultural, con ninguna o poca experiencia previa. Sin embargo, les une la determinación de hacer un periodismo inclusivo, creando diálogo, compartiendo historias que les apasionen tanto que no puedan evitar contar. Y, sobre todo, de nutrirse los unos de los otros y crecer, crecer y crecer en un ambiente crítico y transgresor, lúcido y orgánico. Los temas no tardan en llegar: literatura, sociedad, música, política, arte… Los cafés se suceden y las miras se amplían, con la ilusión por las nubes pero los pies en la tierra. Abrir más secciones, entrevistas e incluso hacer la revista en papel.

Pero, como un bebé recién nacido, carecía de nombre.

La semana siguiente, en el Café Alcaraván, vuelven a quedar con la sola intención de bautizar la revista. La discusión y los pensamientos se disparan, hasta que uno de ellos se topó en un rincón de su mente con esta bella coincidencia temporal.

Y se hizo el consenso absoluto.

Creo que se lee entre nuestras líneas la pasión por contar las historias que nos fascinan, de sacar debate sobre aspectos del arte o la sociedad, de simplemente expresar la complejidad de nuestros sentimientos por medio de la palabra escrita. Esta pasión trasciende nuestro blog para desembocar en un mar de historias, que por desvaríos del destino nos ha unido en este proyecto.

Sin embargo, hemos estado ausentes durante los últimos meses. Cada uno de nosotros está disfrutando en su mar, dejándose llevar por la corriente para encontrarse con otras historias, causas y pasiones. Por ello, hemos decidido disfrutar del apacible mar y vagar a la deriva por un tiempo. Seguro que las caprichosas corrientes nos vuelven a juntar.

Nosotros, sus componentes, estamos seguros de poder encontrar pronto el lugar y el tiempo para plasmar y compartir nuestras historias, curiosidad y pasión en este proyecto. Hasta pronto, volveremos más adelante.

Por la pasión puesta en común,

Revista 8ctubre.

Howl4

Jesús Carrasco: ponerte a ti mismo el listón demasiado alto

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Leí Intemperie tres años después de su publicación —siempre parezco ir un paso por detrás del resto del mundo—. No sé si había leído por ahí que la novela del escritor pacense revolucionaba a sus lectores, no sé si había leído que estábamos ante un prometedor titán de las letras hispánicas. No sé por qué el furor pasó delante de mí y yo no me di cuenta, quizás tenía la cabeza metida en un hoyo, pero sí sé —ahora lo sé— que eso era, más o menos, lo que escribía la crítica en 2013, cuando Seix Barral decidió publicar la primera novela de Jesús Carrasco.

Desde entonces han pasado tres años. La segunda novela, La tierra que pisamos, fue esperada con ansiedad e ilusión por el grupo de lectores que se había quedado con el mono de la prosa maravillosa que había encontrado, como un tesoro de inmenso valor, en Intemperie. La ventaja de ir un paso por detrás de todos —pensé, al cerrar la última página de la primera novela—, es que yo no voy a esperar. Solo unas horas después compré el ebook y aunque pensé que 12,42 euros era un precio alto para un libro, especialmente no impreso, los pagué sin dudarlo —y habría pagado más, y habría pagado la versión impresa si eso no hubiese implicado esperar hasta el día siguiente para comenzar a leer: así mis ganas de consumir Carrasco—.

Tardé más tiempo en terminar el segundo libro. Si Intemperie se me deslizó entre las manos, de principio a fin, en unas cuantas horas repartidas entre dos días, La tierra que pisamos se me resistió el doble de tiempo. Después, miré por encima algunas reseñas que encontré en Goodreads. A pesar del promedio no muy alto, más o menos de tres estrellas —digo «no muy alto» porque he notado que la gente en Goodreads es muy generosa puntuando, mientras que yo me lo pienso mucho antes de poner un tres—, los lectores escribían comentarios positivos. No puedo estar más en desacuerdo con el contento generalizado —aunque parecía haber trazas de resignación— que ha causado La tierra que pisamos. Sinceramente, creo que son lectores que aprueban la novela por inercia, porque creen que es lo normal, especialmente después de haber encontrado un libro tan cautivador como Intemperie: ¿Quiénes son ellos para declarar que La tierra que pisamos es una auténtica decepción? Seguramente piensan que, si no les gustó, el problema está en ellos, no en el libro.

Pero yo no me puedo quedar tranquila, así y ya. No puedo afirmar que La tierra que pisamos es una excelente segunda entrega de Jesús Carrasco, que se palpa esa narrativa impactante, que la historia es crítica, que la estructura fragmentaria es original. No puedo porque no creo que sea verdad. De hecho, lo que creo es que La tierra que pisamos es un libro que da la sensación de ser un primer borrador de una novela que parecía ser prometedora, pero que no alcanzó todo el potencial que contenía. No fue una novela ejecutada con éxito. Y no. Hay cosas que no son cuestión de gustos. Los fallos formales y las malas decisiones son, justamente, eso: fallos formales y malas decisiones.

Me imagino que a continuación debo cumplir con la convención y alertar acerca de posibles spoilers. Realmente no creo que nada de lo expuesto a continuación pueda perjudicar a la lectura de nadie, ambas tramas son llanas y no ocultan sorpresas. A no ser que seas spoilerfóbico y tuvieras que sacarte los globos oculares a lo Elle Driver si te encontraras con alguna información que revelara algo de la trama, creo que puedes seguir leyendo.

 1. Intemperie (2013)

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¿Dónde está la magia de Intemperie?
Por todas partes.

Mi experiencia de lectura fue algo así:

Desde el principio el narrador me causó una buena impresión. Una tercera persona neutral, descarnada, marca la distancia que será característica de la atmósfera de la historia. Sus frases no son sencillas, de hecho, sentí que me abofeteaban con una dosis de léxico que me desubicó al principio, pero que aprendí a disfrutar muy pronto. Intemperie es una mina de vocabulario, un manantial de palabras de origen rural. Es un tipo de léxico que, si bien siempre ha tenido ese no sé qué encantador, ahora su encanto no hace más que hincharse —conforme crece el peligro de que se vuelvan palabras olvidadas, almacenadas en diccionarios, como una galería de antigüedades— se vuelven más y más bellas —soy nostálgica—. A pesar de la dificultad, no parece una prosa artificial, y yo pensaba conforme leía «nadie conoce todas estas palabras, esto solo puede escribirse con el diccionario de sinónimos al lado». Claro, no lo sé. Creo que tiene mérito que la narración no parezca forzada, que no rechine al ser leída.

Junto con las palabras vienen los objetos. Carrasco presenta un inventario amplísimo de toda clase de artefactos, herramientas, utensilios, textiles, alimentos, máquinas, accidentes geográficos. Con este mapa de objetos, Intemperie brinda un imaginario desolador y, aun así, inmensamente bello que, creo yo, se disfruta mucho en la lectura. Digo desolador, porque la historia se desenvuelve sobre un páramo inmenso que atraviesa una terrible sequía que conduce a la muerte a los pueblos de una zona geográfica muy amplia­. El espacio desértico —un acierto más— dibuja un ambiente que se balancea entre lo salvaje y su hermosura, y una crueldad abrumadora, y lo hace con impresionante maestría: no se distinguen tiempos ni lugares, los diálogos son escasísimos, los personajes se pueden contar con una mano y ninguno tiene nombre propio. El páramo es cruel, inabarcable, egoísta, indiferente. En él sobrevive quien puede y poco más importa. Los nombres propios, en el desierto, cuando hay sed e insolaciones, cuando todo está enterrado bajo la arena, no vienen al caso. Carrasco lo entiende bien.

Intemperie tiene cadencia interior, un ritmo continuo, lirismo, brutalidad en dosis ideales. Es descarnado y sensible a la vez. En definitiva, es un libro precioso.

2. La tierra que pisamos (2016)

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Leí la primera mitad de una sentada. Al principio me pareció una novela que podía ser sólida. Había una narradora contradictoria que luchaba entre lo que se le había inculcado —imperialismo, patriotismo, superioridad, racismo— y lo que su sentido común parecía intentar decirle. Lo escucha, finalmente, con la llegada de un segundo personaje, y cada vez lo escucha con más atención. Hasta ahí todo bien. El problema es que esta protagonista narradora que promete evolucionar, rápidamente se vuelve predecible, aburrida y, lo peor de todo, inverosímil.

La novela completa está construida a partir de unos cuadernos personales que ella escribe. Primero habla sobre su situación personal —tiene que cuidar de su marido que, por alguna razón, no puede moverse ni hacer nada por sí mismo, pero que tuvo, en su día, un alto cargo militar—. Tras la llegada del hombre misterioso, sin embargo, su interés por la tierra en la que vive, una colonia del gran imperio ficticio en Badajoz, tras décadas de habitarla, brota de repente. Se convertirá en una obsesión reconstruir los pasos del desconocido, y la reconstrucción de su historia personal servirá de excusa a Carrasco para retratar escenarios distintos: el presente de Eva —la tierra violentada después de años de la invasión y cómo evolucionó la sociedad en ella—, el momento de la invasión y la captura de los prisioneros, la vida antes de la interpelación militar, los maltratos y la explotación a los capturados. Expuesto así todo parece una gran idea. ¿Dónde está el fallo?

En primer lugar, en la extensión de la novela. Con la mitad de páginas le bastaba y le sobraba para bordar la historia. La segunda mitad del libro es tediosa. Durante el último tercio me planteé varias veces abandonar el libro —entonces recordaba lo de los 12,42 euros y seguía leyendo, aunque se me cerraran los ojos—. La estructura es fragmentaria, los capítulos son cortos, todos los tiempos internos de la historia se entrelazan entre ellos. Definitivamente, lo mejor habría sido sacar provecho estas características predefinidas y seguir los pasos, por ejemplo, de Juan Rulfo —sabia decisión la extensión que tiene Pedro Páramo—.

En segundo lugar, en su narradora. Es odiosa, y no porque sea una imperialista insoportable, sino por lo que dije sobre la verosimilitud. Nadie escribe así sus cuadernos personales: frases demasiado largas y complicadas, reflexiones complejísimas y elaboradísimas y, además, con un grado de dificultad del léxico muy alto —aunque no tanto como el de Intemperie—. Parecía, en lugar de diarios, que estaba escribiendo una novela premeditada y con mucho trabajo detrás. Como no me podía creer que una mujer que había sido criada para casarse con un militar, que llevaba a saber cuántos años alimentando a un hombre babeante con puré, y que por sí misma reflejaba un altísimo nivel de ingenuidad e ignorancia, pudiera escribir espontáneamente esos textos, me sentía constantemente expulsada de la ficción.

En tercer lugar, el aislamiento perpetuo de los personajes. No hay interacción entre ellos en todo el libro. De nuevo, me parecería bien si el libro fuese mucho más corto, pero ya que no lo fue, me pareció una necedad mantener a la mujer y al hombre incomunicados durante todo el libro. Sí, la incomunicación se debía a que él estaba completamente loco, pero estoy segura de que hubiese podido haber algún tipo de solución distinto. Al menos, creo, pudo darle mucho más juego en la reconstrucción de la historia: si no puede hablar ahora, haz que hable antes. No hay por dónde enlazar ni simpatizar, como lector, con el hombre al que se debe la novela entera.

Finalmente, el exceso de violencia, en mi opinión, terminó siendo contraproducente. Las escenas que impactan, impactan las primeras veces, pero conforme avanzas y se van repitiendo golpes, hambre, frío, locura, cicatrices, explotación, trabajos forzados, desmayos, muertes, abuso de autoridad, terminas por volverte completamente indiferente a la crueldad. Yo suelo preferir lo sugerente y no lo gráfico, pero cuando se va por la vía de lo gráfico también hay que saber hacerlo con cautela y sabiduría, y creo que Carrasco no supo elegir cómo recrear las escenas más brutales con suficiente inteligencia. Había crudeza pero parecía una crudeza tímida, y se extendió tanto durante la obra que terminó por ser una especie de mazacote mal embarrado por todo el libro.

Tras una novela tan entrañable como Intemperie, creo que Carrasco estaba en una posición muy complicada. Su primer libro había sido un éxito y era de una calidad asombrosa —especialmente para una primera novela—; no podía permitirse repetirse, no después de haber creado tantas expectativas. Si caía en la redundancia, se asumiría rápidamente que solo podía crear un tipo de novela. Quizás, en su intento de alejarse lo más posible de la línea que había elegido en Intemperie, quizás bajo la presión de la editorial —de esa gente nunca se sabe—, terminó presentando un libro que, de haber sido escrito por alguien más, habría podido pasar como un libro promedio, ni bueno ni malo; pero porque era él, solo por eso, La tierra que pisamos es un libro que deja mucho que desear.

Jim Morrison: Rebelde e inmortal

En medio del ardiente fuego revolucionario y contracultural que surgió en Estados Unidos en los años 60, aparece la banda The Doors. Conocida hoy en día como una de las más legendarias bandas de rock de la historia. Sin embargo, consideraría un error etiquetar a este grupo bajo un solo estilo musical. Rock psicodélico y blues, con toques de jazz, y con un guitarrista con influencia flamenca, junto a la poética y rebelde voz de Jim Morrison, dan lugar a este grupo musical. El espíritu romántico y eternamente salvaje del cantante marcan la trayectoria de la banda.

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Morrison es considerado hoy en día como un símbolo de rebeldía y libertad. Sin embargo, es cierto que su figura se ha ido mitificando, se ha enfatizado y agrandado cualidades de su personalidad y dejando de lado otras esenciales. Está claro que la cultura de masas tiene un enorme poder para vaciar símbolos e importantes iconos de la historia. En el caso de Jim Morrison, se habla de una superficial leyenda del rock marcada por sus excesos, extravagancia y singularidad. Sin embargo, no hay que olvidar la faceta más humana e intelectual de este artista. Fue un conocido cantante consumido por la fama, pero también fue un cineasta, escritor, compositor y poeta hambriento de conocimiento y comprensión.

Somos consciente de que en el periodo de los años 60 drogas como el LSD se convertían en un arma experimental que abrían las puertas de la mente y percepción de muchos jóvenes artistas. Morrison era uno de estos artistas, sin embargo, su inspiración y la base que dio lugar a la creación de la banda The Doors fue la poesía. Para Morrison poesía era arma de consciencia, de libertad de expresión, su droga más pura. El nombre de la banda, propuesto por el cantante, tiene su origen en unos versos del poeta romántico William Blake: “Si las puertas de la percepción fueran depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito.” Morrison poseía una gran sensibilidad romántica, y una eterna pasión por la poesía. Él mismo afirma:

… and that’s why poetry appeals to me so much – because it is so eternal. As long as there are people, they can remember words and combinations of words… so long as there are human beings, songs and poetry can continue. If my poetry aims to achieve anything, it’s to deliver people form the limited ways in which they see and feel.”

La influencia romántica no solo se percibe en su concepción inmortal de la poesía, sino también en la continua recurrencia a la infancia en sus poemas, la defensa del poder de la inocencia, y de la naturaleza, la corrosión de la sociedad de su tiempo, el anhelo de la libertad.

“…. Ceremonies, theatre, dances

To reassert the Tribal needs and memories

A call to worship, uniting

Above all, a reversion,

A longing for family and the

Safety magic of childhood”


“…keep off the walk

Listen to the children talk”


 “to feel on the verge of an exorcism

A rite of passage

To wait, or seek manhood

Enlightenment in a gun

To kill childhood, innocence

In an instant”

La banda nació tras un casual encuentro en una playa en California de Morrison con Ray Manzarek, un compañero suyo de la universidad. Ray, fanático de la música, enamorado del blues y el rock de la época, le propuso que cantara el poema que Morrison acababa de componer “Moonlight Drive”. Manzarek se quedó alucinado con el talento natural de Morrison y decidieron comenzar una banda. Así, Morrison a la voz y Manzarek al teclado, comenzaron con la banda junto con el guitarrista Robby Krieger, y el batería John Densmore. Así, en medio del ardiente barullo de los 60, The Doors decidieron encender su propio fuego y comenzaron con su primer tema Light my fire en 1966.

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Morrison comenzó los primeros conciertos con mucha timidez y dando la espalda al público. Sin embargo, conforme la banda comenzó a crecer, el cantante empezó a liberarse con la ayuda de alcohol y otras drogas, y la seguridad que la admiración de los espectadores le ofrecía. Sufrió una tremenda metamorfosis. El tímido e inseguro cantante se transformó en un artista salvaje, seguro y libre. El espíritu romántico del cantante se fusionó con una naciente actitud rebelde y salvaje. Con esta gran transformación de Morrison comenzaron los espectáculos de The Doors. hqdefaultSu adicción a las drogas se incrementó considerablemente, Jim comenzó a ser puro éxtasis en el escenario, a tener una actitud impredecible y salvaje. Nadie podía pararle. Hicieron conciertos en los que Morrison caía inconsciente al suelo del escenario, su mente volaba lejos de manera efímera, pero el espectáculo no paraba, sus compañeros improvisaban y seguían adelante con el concierto hasta que el cantante volvía de su viaje. Como se expresa en el documental We are Strange: “no importa lo alto que suba, sus compañeros están siempre para sujetarlo y que vuelva a la tierra.” Consciente o inconsciente, tenía el control pleno de la banda, era un leader, un chamán.  El mismo teclista del grupo afirmaba que Jim era “como un antiguo chamán que conduce a sus discípulos a mundos que jamás se atreverían a entrar solos” Morrison disfrutaba de ser el centro de atención, le encantaba la fama, “todo lo que hacía era para causar un efecto.”

THE doors – Live at the Bowl `68

En este climax de fama de The Doors, Morrison era inmortal, o eso creía el mismo artista. Su poesía refleja su actitud, su filosofía de vida en ese periodo, su defensa de la necesidad de liberación y la posibilidad de todo:

“I can make myself invisible or small…

I can change the course of nature….

I can perceive events on other worlds,

In my deepest inner mind,

And in the minds of others.

I can

I can”

Morrison hace numerosas referencias literarias, referencias a leyendas, memorias propias, etc. Su fuerte interés poético siempre está presente. En todo concierto Morrison recita, canta su poesía o improvisa versos en pleno escenario. En medio de la conocida canción The End, el cantante recita unos versos con referencia al complejo Edipo que llega a un momento culmen cuando grita:

“- Padre

– ¿Qué hijo?

– Quiero matarte

– Madre, ¡quiero follarte!”

Tras quedar fascinado con la tragedia griega Edipo Rey, Morrison le dio su propio significado. Para él matar al padre era acabar con todo lo socialmente preestablecido, con todas las cadenas que nos atan y nos obligan a ser marionetas. Mientras que follarse a la madre era volver al origen, a nuestra propia realidad individual, a estar en contacto con nosotros mismos. Esto era principalmente una manifestación de su pensamiento rebelde.

The Doors «the End» (Subtítulos en español) (min 8.20)

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En sus comienzos el cantante era como una figura contracultural alejada de la actividad política, sumergida en la poesía y en el éxtasis de la psicodelia, creando su propio mundo y abogando por la liberación individual. Sin embargo, ocurre un cambio en su vida. Morrison empieza a acudir a todas las performances de The Living Theatre. Este grupo de teatro experimental defiende en su manifiesto que “El cambio solo puede ocurrir con el rechazo a toda regla” Morrison se siente fascinado e influido por este grupo, confiesa que nunca había tenido nada que decir, hasta entonces. De repente, Morrison se vuelve agresivo y decepcionado con la inercia del público y las masas. En un concierto en Miami en 1969 Morrison ataca y grita a los espectadores: “MORRISON: ¡sois una banda de putos esclavos…cualquier cosa que os piden la hacéis, os pisotean…y os encanta!” El escenario es asaltado, el nuevo Jim provocador, agresivo y desilusionado queda arrestado. La canción The End refleja muy bien este último periodo de desilusión de su vida.

Lost in a Roman wilderness of pain

And all the children are insane, all the children are insane

Waiting for the summer rain, yeah

There’s danger on the edge of town

Ride the King’s highway, baby ….

This is the end, my only friend, the end

It hurts to set you free

But you’ll never follow me

The end of laughter and soft lies

The end of nights we tried to die

This is the end

Decepcionado y vencido, su espíritu romántico comenzaba a desvanecerse. De pronto Morrison “se da cuenta de que no es invencible.” En 1971 la fama y las drogas dieron final al potencial intelectual y rebelde del gran artista.

Hoy, Morrison permanece inamovible en su categoría de gran leyenda del rock y englobado en El club de los 27. Grupo que comprende a las grandísimas estrellas del rock que murieron a la prematura edad de 27 años debido al abuso de drogas y alcohol. De este modo, Morrison se encuentra entre las grandes leyendas musicales como Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, y a los que finalmente se les unió Kurt Cobain.

Tenía razón el cantante cuando afirmaba en sus versos que; todo está roto, quebrado, pero sigue danzando. Su figura fue intensa y efímera, pero su música y visionaria poesía sigue sonando potente, con fuerza.

“forgive me father for I know

What I do.

I want to hear the last poem

Of the last poet.”

Virginia Sainz

La danza de los pies descalzos

En ese tiempo los rituales estaban en contacto directo con la tierra.
No sé si ahora lo estemos, pero me refiero a que estos denominados rituales se  vivían y sentían como una experiencia mucho más cercana al lodo.
Es seguro que si hoy fuésemos a una comunidad indígena en América, África o Asia, aún encontraríamos eso de lo que escribo.
Pero ¿por qué una experiencia mucho más cercana al lodo?
Lo contrario a una sociedad occidental es precisamente el lodo.
Esto me lo explicó Francisca diciendo que la tierra mojada jamás sería algo sucio, sino todo lo contrario. Me contó que cuando dijo eso a unos escritores turistas muchos se mostraron entusiasmados y excitados expresándole su deseo por escribir prosas, artículos; cosas como hacer documentales y escribir bitácoras y novelas sobre su vida, su ritual y su aldea.
La verdad es que Doña Pancha mandaba el pulque al fondo de su garganta como ningún otro. Podía beber litros con ella en una sola tarde… Fumar y beber pulque y estar bieeeen. Dejar la mente flotando a voluntad y con toda la intención, para después mandar al estómago una buena dosis de buenos y poderosos tacos.
Escuchando a Doña Francisca aquella vez, me hizo pensar en muchas cosas.
Por cierto que uno de los que pretendían hacer cortos o documentales le querían poner el título ‘Con los pies en la tierra’ a su obra. Decían que su historia podía competir en Berlín y Polonia y lugares  que doña Francisca no conocía. Decían cosas como “impacto social”, “difusión” y “justicia”, y no es que a éstas Doña Paca no las conociera o entendiera bien, al revés, pero ella había visto desfilar gentes que iban, estaban un poco, tomaban lo que querían y después se marchaban para no volver.
Esto viene pasando desde hace un montón de tiempo, lo sabíamos y esa no era la razón por la cual Francisca mostraba poco interés por los festivales de Cannes, en realidad ella siempre fue amable con los visitantes, incluso llegando a beber delante de ellos cualquier vasito de pulque porque según ella, era divertido ver como reaccionaban al primer trago.
Si intentáramos exponer aquí el porqué del poco interés de doña Panchita, probablemente acabaríamos por no explicar absolutamente nada, además, esto no se trata de explicar algo. Solo digamos que Doña Francisca no diría que no a nadie, a no ser que ese alguien le faltase al respeto a ella y a su gente, y que esencialmente no diría no a alguien con intenciones honestas de querer aprender.
La cosa es que llegaban y se iban, todos fascinados por la bella danza de los pies descalzos que Doña Panchita dice que ya se bailaba desde los tiempos del padre de su abuelo. Claro que con el correr de los años las oleadas de turistas se apelotonaban en torno al pueblo en la medida en la que la danza fue obteniendo aquella “difusión cultural”, cosa que ya en alguna ocasión le explicaron a Doña Francisca y a otros algunas autoridades municipales que mandaron construir un stand de folletos en el que ahora también se venden figurillas de danzadores y demás objetos turísticos. Les dijeron que él turismo era algo bueno para su comunidad.
El ritual de los pies descalzos se hacía en época de lluvias y tormentas, por lo cual la danza que comenzaba con los pies sobre la tierra, terminaba con los pies intentando dominar los pasos del baile en el lodo que se iba volviendo cada vez más resbaloso.
Todo el pueblo bebía diversos tipos de pulque durante tres días para incitar a los danzantes, los cuales no bebían nada para buscar la embriaguez directamente con sus bailes. Son danzas para sanar el espíritu, decía Panchita. Los danzantes entran en trance y se caen y se vuelven a levantar todos enlodados en la tormenta, así es la alegría de pertenecer a la madre naturaleza.
Le dije a Doña Francisca que había visto la danza de los pies descalzos muchas veces, pero nunca había visto lo que ella acababa de decir. De hecho lo que había visto era que en cuanto empezaba a llover fuerte, el ritual se detenía y el público (los turistas) se iba a comer, pero nunca había visto a un danzante caer en el lodo, y eso que acababa de decir me parecía bellísimo. Sé bien que Doña Pancha no dice las cosas sin querer, no se le escapan así no más…
Doña Pancha  empezó a contarme todo después de un ligero y breve silencio, como de pluma que cae en el agua. Lo que pasa es que ese que todos ven no es nuestro ritual, fue lo primero que me dijo. Después me contó sobre cómo las autoridades municipales fueron modificando el ritual hasta llegar a convertirlo en lo que hoy sobrevive a nuestros ojos porque muchos turistas decían que las danzas eran lindas pero que no sabían por qué tenían que ser tan sucias, y les incomodaba ser salpicados de tierra mojada. Además había pocos hoteles y el pulque les sabía raro. Después de esto las autoridades locales y su astucia no tardaron en mover cielo, mar y tierra para hacer negocio, así que el ritual que vi estaba lejos de ser el que el abuelo del papá de Doña Francisca había bailado, lejos de ser el mismo del que me contaba doña Panchita.
La realidad me dio rabia. Pensé en muchas cosas y me vinieron a la cabeza muchos porqués, desde la explotación del indígena hasta la estupidez del famoso hombre civilizado.; desde complejos freudianos aplicados a las sociedades, hasta la nobleza o dejadez de un pueblo con sabiduría, tradiciones y bailes milenarios. Aun así no quise importunar a doña Francisca con mis tribulaciones internas, al fin y al cabo ni ella ni su pueblo habían provocado esta situación, quizá simplemente se adaptaban lo mejor que podían y con total dignidad a un mundo que entraba con fauces famélicas hasta la intimidad de su casa, y que amenazaba con comérselos.
Miré a doña Panchita y le sonreí con los labios, salud, le dije con toda sinceridad y chocamos nuestros litros de pulque. Doña Francisca me miró con total bondad y empatía después de dar un trago a su pulque, y me dijo actuando simpáticamente
entrecerrando los ojos y usando una mano como quien quiere decir un misterio: ¿Ves esas montañas que se ven allá lejos, por la ventana?- las montañas lucían majestuosas- Es allá adonde nos vamos cada año, cuando ya se han ido autoridades y turistas y a nadie le importa más un carajo ni nada. Es allá donde de verdad esperamos bailando bajo la lluvia a que llegue la tormenta, en la alegría de pertenecer a la madre naturaleza, con nuestros pies bien cubiertitos de lodo, todos enlodados y borrachos en el corazón de la tormenta.
El documental al final se hizo, llegaron hordas de turistas, autoridades y cineastas a la mítica aldea de Doña Francisca desmontando y montando equipos de sonido e iluminación con todo y servicio de catering. Hubo mucha emoción por parte de las personas que venían desde las ciudades más cercanas, por lo que las ventas de producto regional y de souvenirs fueron todo un éxito. Todos estaban entusiasmadísimos por ser parte de la milenaria tradición y por formar parte del escenario del documental que estaría destinado a competir en los más prestigiosos festivales y que de paso daría conciencia y profundidad al mundo civilizado.

Alejandro M.G

Intelectuales orgánicas y la torre de marfil

Hace una semana acabé el trabajo de final de carrera. Pese haber escogido un tema fascinante como es el postcolonialismo, mi sensación al entregarlo fue más liberadora que placentera. No llegué a disfrutar. La novela se llama Matigari, y está escrita por el escritor keniata Ngugi wa Thiong’o’. Básicamente, Matigari retrata la continuación del colonialismo en la Kenia posterior a la independencia y, además, da una alternativa socialista para el país en la que todos y todas caben. Y no solo eso, sino que está escrita en un lenguaje oral y sencillo accesible para que lo entienda cualquier persona, desde el obrero urbano hasta el campesino. Vamos, una llave de palabras para liberarse de la esposas de la colonización mental. Y, aún así, hacer este trabajo supuso una carga y no un placer.

Algo de culpa la tiene un texto que leímos en la clase de Raza, Género y Sexualidad en este curso de Filología Inglesa. Su nombre era “Intelectual Orgánica Certificada”, de Aurora Levins Morales. Una pasada, increíble. culturaSi tenéis oportunidad, leedlo, seguro que lo encontráis en pdf por internet. Volviendo al tema, Morales es una académica anti-academia, una intelectual orgánica. Me explico. Ella critica la separación entre la realidad y lo académico, señalando la creciente brecha que se abre entre el mundo real y sus gentes y los que pretenden escribir sobe ellos. Para ello, relata su experiencia feminista en Estados Unidos, en la que destaca el sentimiento de sororidad que se crea al juntarse con otras mujeres y discutir sobre cómo sufren los problemas del patriarcado. Hablaban, se escuchaban, reflexionaban, sentían, se emocionaban, empatizaban las unas con las otras. Y aprendían. Y hacían que otras personas aprendieran y se sintieran parte de un grupo que las apoyaba en el que se sentían cómodas. Es decir, que creaban conocimiento a través del grupo, de lo colectivo, formando lazos no solo culturales sino afectivos y fraternales. Precisamente Ngugi, además de escribir Matigari¸ se dedicó a ir por las zonas campesinas a hacer teatro. Algo así como La Barraca de Lorca y compañía. Iba por los pueblos y aldeas haciendo reír –y pensar– a la gente, quienes actuaban en las obras que ellos mismos producían y dirigían. Haciéndoles partícipes de la riqueza cultural del país, con numerosas etnias, lenguas y tribus. Otro intelectual orgánico.

tumblr_inline_ngjaooJ9kk1t6xke1Hace un mes, con el Word abierto y el contador de palabras de mi trabajo final en 400, no se me quitaban Aurora Morales y Ngugi de la cabeza. Joder, qué sensación tiene que ser crear y compartir conocimiento con otras personas, sentirse parte de una comunidad viva y vibrante, crear cultura desde abajo. Vamos, que ser un intelectual orgánico –o una, en el caso de Morales- debe ser increíble. Pero la realidad apartaba de un empujón a Morales de mi mente y fijaba mi atención en el pdf de estudios postcoloniales de la pantalla. Mucha mierda con muchas sílabas y muchos –ismos. Lo de siempre. La vista se apartó sola de la pantalla y se clavó en la imagen de Holden Caulfield que tengo tras el escritorio. Naturalmente, los recuerdos asociados a Holden –protagonista de El Guardián entre el centeno– afloraron en un tono rojo y gris. Aquel héroe de la adolescencia temprana que, entendiéndolo con perspectiva, no me parece tan heroico, aún teniéndolo grabado a tinta en la piel. Ese personajillo que tanto me cambió, del que tanto he hablado y al que tanto le debo. Los que me conozcan lo sabrán, soy un poco chapas. Y bueno, me encendí. agnanterre_68_425.jpgJoder, imagínate la cantidad de gente que andará escribiendo gilipolleces sobre Holden con teorías complejas, de esas rollo freudiano guay, que no llegan a nadie. Que no hacen partícipe de lo que representa Holden ni contagian esa sensación antisocial tan propia de la novela de Salinger. Y me di cuenta que, para una persona apasionada por Matigari  –la novela de mi trabajo– yo sería un gilipollas. Y me sentí un poco imbécil. Me imagino a un chaval keniano sufriendo la injusticia del Estado neo-colonial de Kenia (¿no ves? Si es que mira como escribo…) mirándome mientras escribo palabrería rimbombante tomándome un café en mi habitación. Aquí, cómodo  junto a mi mesita del té, mi ordenador y mis libros de teorías postcoloniales, mientras él sufre una realidad tan dura como la de la Kenia postcolonial. Como es obvio, pensaría que soy gilipollas. Y me sentí totalmente lejano y ajeno a la realidad que Ngugi critica y a la alternativa que propone. Yo solo, escribiendo en un lenguaje que comprenderán cuatro académicos a los que les interese esto y que a saber quién lo leerá (si alguien lo hace). Así no se transmite nada. Así solo se empaqueta una reflexión que yo hago y se la embadurna de palabrería que priva a la mayor parte de la gente de su comprensión.

Yo, voluntariamente, estaba envasando al vacío mis reflexiones y sentimientos ligados a la novela, fruto de mi pasión por el tema y mis ideales socialistas, para alimentar la bestia de la academia. Ahí estaba yo, en mi escritorio, enarbolando la bandera roja sentadito cómodamente citando a Gramsci y Fanon de manera enrevesada para que, al final, no lo lea nadie. Ahí, traduciendo mi pasión por la libertad y la justicia a un lenguaje que más que comunicar, confunde. Contribuyendo al empaquetamiento del conocimiento para su posterior venta en repositorios de ensayos académicos. Poniendo mis conocimientos fuera del alcance de la gente de mi clase social: la obrera. Es decir, actuando contra mis principios. Así, me di cuenta de que la pasión, el amor y los ideales no se transmiten en formato MLA, Chicago o APA. b59165e6bc2efdb492777048a6363b66.500x334x1

La realidad revestida de un halo sabiondo y profundo solo sirve para que unos pocos se sientan superiores en su torre de marfil y para que separen la cultura de la gente a la que le pertenece. Un ensayo académico nunca podrá sustituir una conversación apasionada sobre política o literatura en la que transmites más con la mirada que con las palabras. Y es que, joder, he aprendido más tratando de entender a un mendigo en el metro de Budapest que leyendo artículos académicos, memorizando apuntes para vomitarlos en un examen –que esa es otra– o escribiendo un paper. He tenido conversaciones usando las manos con ancianas bielorrusas que me han enseñado mucho más que clases en las que el profesor lee un Powerpoint. No es que quiera tirar los cimientos de la academia, sino sacarla de lo más alto de la torre de marfil en la que se hospeda y bajarla al suelo. Al llano. Con nosotros y nosotras.

Más coloquios, debates, lecturas, charlas. Más crear desde abajo y para los de abajo. Más participación, colectividad y comunidad. Unámonos todos, criaturitas del señor, cerveza en mano, sedientos de saber y ansiosos de crear, con el éxtasis de la curiosidad y tics visionarios estremeciéndose en nuestro pecho. Creemos, compartamos, sintamos. Y derribemos juntos la torre de marfil.

Carlos Léaud

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Reseña de «Los Reyes del Baile»

Los Reyes del Baile es una obra de microteatro dirigida por Víctor H. Blanco con guión de Carlos Campuzano. Se puede ver en la Malhablada, con pases de jueves a domingo a partir de las 20h. Se trata de una comedia light, desenfadada, ambientada en el típico baile de fin de curso de instituto yankee. La semana pasada asistimos a su representación, de la cual destacamos su ambientación: esa clásica ball norteamericana con su ponche, vestidos de gala y superficialidad. Los personajes son un reflejo de la juventud estadounidense –y por extensión occidental- de un marcado carácter banal. La presencia constante de las redes sociales durante la obra refleja el sobreuso de las mismas y nuestra dependencia sobre las mismas. De hecho, sin hacer spoiler, los creadores han sabido llevar esa importancia de las redes sociales fuera de la obra haciendo partícipe al público, demostrando que teatro y realidad son perfectamente compatibles. En cualquier caso, si os animáis a verla podéis hacerlo en la Malhablada los dos jueves que le faltan al mes.

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Tu Universidad: Por un mundo sin vacunas.

    El espacio público, donde se dialoga y se construye, está sometido a continuos ataques por parte de aquellos cuyo objetivo no es el bien común sino el beneficio propio. Así en la Atenas de Sócrates aparecieron los sofistas, que cobraban por enseñar a triunfar en política; así en las asambleas del Movimiento 15-M Arturo Pérez-Reverte comprobó “cómo el demagogo ocupaba el lugar, cómo el discurso retórico sustituía al discurso racional, cómo el más populista y el más bruto sustituía al más listo.”

En el estudio de la salud humana, la viruela -erradicada ya- se considera una de las enfermedades más terribles de la historia: fue devastadora desde que surgieron las primeras poblaciones, asoló Europa durante miles de años y de la mano de Hernán Cortés hizo lo propio en el continente americano –siendo incluso más efectiva que su ejército-. Algunos cálculos estiman que durante el siglo XX las muertes por viruela ascendieron a más de 300 millones de personas. No obstante, mucho antes, a finales del siglo XVIII, el científico inglés Edward Jenner –cuya “existencia la humanidad no podrá olvidar”, dejó escrito Thomas Jefferson-, ya había elaborado la primera vacuna contra la mortal infección, pero esta práctica de inmunización no estaba aceptada por la comunidad científica de la época.

En la actualidad, las vacunas son aceptadas por la comunidad científica y han conseguido que, en países desarrollados, olvidemos enfermedades otrora temibles. Lamentablemente, en los países empobrecidos se producen numerosas muertes por infecciones prácticamente ausentes en los países ricos; de hecho, se estima que más de cuatro mil niños mueren cada día por falta de vacunas. La práctica de la vacunación, en estos países empobrecidos, hace frente a tres importantes obstáculos: el coste económico, mantener la viabilidad de las vacunas desde su fabricación hasta su uso, y superar el rechazo y desconfianza de la población hacia las mismas.

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En las sociedades avanzadas hay modas que obedecen única y exclusivamente a la estupidez humana. En 2014 se supo que en los barrios ricos de Los Ángeles (Estados Unidos) el porcentaje de niños sin vacunar era similar al de Sudán del Sur, uno de los países más pobres del mundo. De este modo, el  movimiento anti-vacunas ha conseguido que la tos ferina, el sarampión o la difteria, enfermedades prácticamente erradicadas en países desarrollados, hayan reaparecido con casos mortales.Y es que mientras voluntarios y cooperantes dan su vida para llevar las vacunas a los lugares más necesitados del planeta, otros ponen en riesgo la suya y la de los demáspor ignorancia.

La ignorancia patente de la ciudadanía en temas científicos de importancia vital es aprovechada por ciertos colectivos para imponer sus intereses. En España, el movimiento anti-vacunas lo lidera La Liga para la libertad de vacunación, cuyo máximo exponente es Xavier Uriarte. Uriarte asegura, en una entrevista, que “lo mejor que podemos hacer en salud pública es no vacunar.” Entre sus argumentos, que son asunciones infundadas, la relación entre vacunas y daños neurológicos, autismo, enfermedades tumorales y, para rizar el rizo, retrasos evolutivos. Tales lúcidas conclusiones le han permitido ser co-coordinador de cursos de “medicina naturista” en la Universidad de Barcelona y en la Universidad de Girona.

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Uriarte se opone a la “medicina oficial”, la cual, según los defensores de terapias alternativas, manipula la información y excluye otras prácticas para mantener su estatus. Conciben la “medicina oficial” como un ente discriminador y totalitario que no admite puntos de vista diferentes. Pero lo cierto es que estos defensores de lo alternativo pretenden dominar el espacio público -donde también cabe la opinión de las minorías- sin someterse a sus exigencias: el análisis exhaustivo y la crítica racional.

Y es fácil entender el porqué de esta actitud huidiza frente a la razón crítica. Valga como ejemplo las afirmaciones de Xavier Uriarte explicando, sin ninguna evidencia, que “no han sido las vacunas las que han hecho disminuir las infecciones” sino que se debe a factores como “la baja demografía y la gran entrada de sol” y “el fenómeno de la violación”; o que “la gripe es un proceso metabólico que necesita el cuerpo.”

Por tanto, sorprende conocer que muchas universidades españolas hayan ofertado cursos de terapias alternativas y otras pseudociencias, si bien la oposición de la comunidad científica ha conseguido mayoritariamente su cierre y trata de evitar la incorporación de otros nuevos. Algunos de los “logros” de los defensores de terapias alternativas son: el máster en Medicina Naturista en la Universidad de Barcelona -que se cierra este año-, el máster de Medicina Naturista, Acupuntura y Homeopatía en la Universidad de Valencia, que tuvo hasta nueve ediciones -la última terminó en 2015-; el curso de Especialista Universitario en Homeopatía en la Universidad Pública de Navarra -tuvo fin en 2010-; otros cursos de pseudociencias tuvieron lugar en la Universidad de Zaragoza, en la Universidad de Córdoba, en la UNED y también en la Universidad de Salamanca.

Llegados este punto, cabe preguntarse cuál es el objetivo de esta apropiación por la fuerza del espacio público. La Liga para la libertad de vacunación cuenta con la Red Española de Información sobre las Vacunas, compuesto por personas que, casualidad, poseen clínicas de homeopatía y otras terapias alternativas. Haciéndome pasar por un futuro padre pregunté por correo electrónico a algunas de estas personas si debía o no vacunar a mis hijos.

Jesús Gil Moreno, que se presenta como osteópata y posee una clínica en Logroño, asocia la vacunación con daños cerebrales  y deficiencias mentales “un 99% provocadas por las vacunas.” A mi pregunta sobre los casos de muerte de niños no vacunados publicados por los medios, Jesús Gil se limita a contestar que “los medios de comunicación venden noticias verdaderas y falsas” y que yo no sabría distinguir unas de otras. Por otra parte, Andrés Ursa Herguedas, homeópata en Valladolid y que ha participado en una ponencia sobre terapias naturales en la Universidad de Salamanca, me ofrece una asesoría informativa por 20 €, y por 50€ un estudio clínico con fines preventivos.Ya para terminar, Joaquín Peleteiro Bandín, homeópata en Palma de Mallorca, me asegura que puede proporcionar un tratamiento homeopático como alternativa si decido no vacunar a mis hijos: dos o tres sesiones a intervalos de entre uno o dos meses, a 80 € cada visita.

           Entiendo.

Juan Andrés Moriano

 

 

 

 

 

 

 

Los desfasados derechos de autor y los problemas ideológicos

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Hace poco más de un mes que me viene golpeando en la frente una de esas inquietudes puñeteras que parecen más el Grillo-parlante del buen Pinocchio que un estricto baile de neuronas. Los derechos de autor, creo yo, están tan desfasados como estuvieron en su momento los derechos del editor. No responden ya al momento histórico que nos ha tocado.

Vaya por delante que considero una verdad innegable que todo acto humano es una verdad ideológica. ¿Cómo puede no serlo si, a cada instante, tomamos decisiones? ¿Cómo puede no serlo si actuar de una determinada manera (y escribir es un modo de acción), es ya una elección en sí misma? Si esto es así, y lo es, todo poeta tiene necesariamente una responsabilidad, una necesidad absoluta de compromiso con su tiempo. Simplemente porque nuestra libertad no va más allá de nuestra realidad histórica.

No podemos interpretarlo, claro está, como una obligación por parte de los poetas de escribir directamente de la cuestión social, dejando atrás cualquier otro tema. Pero resulta evidente que profundizar, por poner un ejemplo, en la figura de un «poeta de amor» obviando problemáticas como la violencia de género no contribuye en nada a una mejora de la sociedad y es inevitablemente una elección ideológica. Hasta qué punto la literatura de evasión pueda considerarse legítima dependerá en gran medida de la concepción de la labor del poeta en el mundo.

La libertad de expresión está profundamente ligada a la libertad de acción: de la misma forma que instar a una persona a cometer un asesinato es un delito, proponer modelos amorosos que denigran a la mujer es moralmente muy reprobable. ¿Es cierto que todo en el arte vale? ¿Realmente pensamos que la poesía es profundamente intimista? Una poesía es un mensaje y el objetivo último de cualquier mensaje es la comunicación. El problema no radica en la presentación de estas problemáticas de forma explícita, como sucede en Cincuenta sombras de Grey sino en la utilización ideológica que de ello se hace. En este caso, el de Cincuenta sombras…, la polémica sería absurda si su autora fuese una militante feminista comprometida con la causa. Si se hubiera dado esa circunstancia, bien habríamos podido interpretar que su arte no es más que una «representación amoral» ante la cual el lector debe aplicar su sentido crítico. De cualquier forma, conviene tener en cuenta que la obra de un poeta va más allá del conjunto de sus textos. Tal vez, en una sociedad escrita como a la que dio lugar el auge de la imprenta, se pueda entender que la creación literaria de un autor consiste exclusivamente en su obra. Pero hace años que no somos ya una sociedad escrita: como mínimo, deberíamos considerarnos una sociedad híbrida. El auge de las televisiones, de la radio, del cine, traslada las experiencias poéticas a ámbitos hasta hace poco desconocidos (o, más bien, olvidados) haciendo que se diluya en un maremágnum de informaciones la función histórica de los poetas como transmisores de ideología. El poeta es solo un agente ideológico más y, ni siquiera, de particular relevancia.

Es evidente que la poesía sobrevivirá, siempre sobrevive. Pero esto solo puede darse por dos vías. En primer lugar, puede encaminarse a la poesía de evasión, como se viene ya observando desde hace no poco tiempo. El estallido de la crisis fue un caldo de cultivo perfecto para que las poesías de evasión, principalmente amorosas, coparan el mercado, alejando a la gran masa de lectores de textos críticos con la sociedad contemporánea. Se tolera, claro está, por «salud democrática», la difusión de textos críticos en los márgenes institucionales; esa poesía que se ha adueñado del sintagma poesía social pero que tiende a limitarse a micros abiertos y libros sin mayor pretensión que la venta, bajo pretextos de lo más variopintos. Por otra parte, los poetas pueden elegir la vía revolucionaria, una poesía militante, que, al contrario de como resulta hacer la poesía social contemporánea, no intente sustituir la organización de la población oprimida, es decir, de la clase trabajadora; sino que complemente y acompañe este proceso. Para esta vía, que constituye la vía poética necesaria, los derechos de autor son solo un lastre: ¿cómo puede querer un poeta militante querer acercarse a su lector si introduce entre mensaje y receptor un arancel? El poeta militante tiene la obligación moral de escribir entendiendo que el arte no es un fin, sino un medio de expresión y de intervención social. El poeta tiene la obligación de renunciar a un modelo que no corresponde al mensaje que debe transmitir. Es evidente que su trabajo merece ser remunerado, pero las tasas no pueden introducirse antes de que su mensaje haya llegado. Se pueden pedir donaciones, vender ediciones especiales, comerciar con las publicaciones en papel, poner entradas pagadas a los recitales; pero siempre, este es el punto esencial, debe existir una forma gratuita de acercar la poesía a su clase.

La solidaridad obrera también tiene que escribirse. La escritura obrera también tiene que solidarizarse. Que muera la poesía social. Que viva la poesía militante.

 

V Concurso Recital de Voz Anaya: Juan José Nieto Lobato

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MINA LA DIOSA

            Me ruborizo al verla sentada en el sofá. No termino de acostumbrarme a ver sus piernas desnudas, esos dos pilares sobre los que apenas logra sostenerse su torpe figura. Me cuesta imaginar a la señora Papin de niña después de haberla observado caminando sobre un bastón de madera de nogal. Apoyada en ese horrible báculo, la descubrí anoche cuando me abrió la puerta de su apartamento en el número 8 de la Rue de Rivoli.

            Acompañé mi visita con una rosa roja, la misma que se escabulló entre mis dedos tras comprobar que todo lo que me habían dicho era cierto: no quedaba en su cuerpo, ni en sus pechos, tampoco en sus facciones, resto alguno de la antigua estrella de las pasarelas, de la única e irrepetible diva del posado en ropa interior; de Mina, la Diosa, su nombre artístico; el que utilizaba en galas, desfiles y recepciones, con el que se la conocía antes de volver a ser Beatrice Papin, la vulgar identidad que hoy rotula su buzón.

            A pesar del aturdimiento inicial, me repuse pronto para hacerle entrega de la flor. Me dio las gracias con la frialdad de quien se sabe inútilmente cortejada sonriendo, irónicamente, al comprobar que mi mirada se dirigía presta hacia el ventanal que da al jardín de las Tullerías. Fue una reacción natural. No pude evitarlo tras percatarme de que la protagonista de mis sueños eróticos de adolescencia era sólo un espectro desenfocado.

            Rechacé cortésmente una copa de vino blanco, pero me adelanté a su proposición de abrir una botella de champán. Tras llenar las copas, bajó las luces, sacó su gato siamés a la terraza y pinchó Cole Porter en un tocadiscos de época. Por un momento pensé que yo era el premio, que esa tenue luz, ese jazz melódico y aquellos aperitivos no eran más que el atrezzo de un plan orquestado para engatusarme y llevarme a la cama sin simular, siquiera, un leve interés por conocerme. Pero entonces desperté. Abrí los ojos y el onirismo dejó paso a la fría realidad. Mi ángulo de visión se cruzó con el dorso de su mano derecha percibiendo en ella un movimiento constante. Fue entonces cuando la giró para invitarme a bailar, más bien para que la cogiera en brazos y la hiciera volar por la atmósfera de la habitación trasladándola a esa infancia en la que practicaba ballet junto a sus hermanas. En ese giro de muñeca, habitualmente sutil e inapreciable, pude percibir una mano incapaz de gobernarse a sí misma, temblorosa no por mi presencia y sí por los agudos efectos de una penosa enfermedad llamada Parkinson.

            “Te has dado cuenta”, me dijo y asentí lentamente con la cabeza mientras con un gesto me invitaba a entrar en su cuarto. Accedí sin detenerme a pensar en la cantidad de dinero que hubiera pagado de habérmelo ofrecido tres o cuatro años antes y no tardé en reconocer, en la pared del fondo, la fotografía que adornaba mi carpeta en el segundo año de liceo. “Era guapa, ¿verdad?” “Mucho”, respondí sin añadir nada más ante el temor de excederme con algún comentario grosero. Recorrí lentamente los cuatro extremos de la habitación deleitándome con cada detalle de los murales que los recubrían. En ellos aparecía Mina adoptando posturas inverosímiles, con piezas que apenas ocultaban las partes más secretas de su anatomía. Quise preguntarle por la cantidad de tiempo que invertía en cada sesión, pero no pude hacerlo. Me quedé sin aire cuando, al girar la vista, la encontré desnuda.

            Es difícil describir lo que vi, como es difícil, también, pensar en algo o alguien más vulnerable que ese cuerpo entumecido lleno de huesos condenados al cautiverio. No pude evitar fijarme en su pubis, cubierto de un fino vello también moribundo y no tenía intención pero me topé con sus caídos senos, que rápidamente me recordaron a Fabien, el gordito de la clase de sexto de primaria.

            Hice un amago de correr, pero mi representante ya había cobrado los seis mil euros del servicio y a mí, como brazo ejecutor, me correspondía una tercera parte de la cantidad. Toda vez recobrado el valor, comencé a desabrocharme los botones de la camisa. Ella se inclinó a ayudarme, pero pronto comprendió que tardaría menos apartándose. Dejé al descubierto mi torso y cuando dirigía mis dedos hacia la cremallera de los pantalones, me detuvo. “Para, prefiero que me abraces”.

            Pese a lo que había imaginado, no fue la continua vibración de sus manos lo que más me impresionó. No en comparación con su respiración agitada, con su lucha por mantenerse con vida aferrada a la espalda de un desconocido. De improviso, cuando mi mirada se centraba en el reflejo que se dibujaba en el cristal, giró mi cabeza con su mano izquierda y me besó. Tras un tiempo prudencial, muy superior al que solía conceder a sus parejas cuando era Mina la Diosa, comenzó a buscar sobre mi pantalón una señal de excitación. Pero no la halló. Como no la hallaría en toda la noche, a pesar de mis repetidas e impúdicas miradas hacia los carteles de la pared.

            Entre ambos lados de la cama se desplegó, invisible, un velo de vergüenza. Ninguno de los dos pensaba dormir y sólo el tic-tac de un viejo reloj de mesa interrumpía de manera acompasada el silencio, haciéndolo aún más inquietante. Ella, mientras, lloraba. No de una forma desesperada que invitara al consuelo. Peor aún. De una manera sutil, desconcertante y, sin duda, más estremecedora.

            Afortunadamente, el día amaneció temprano y los jardines se poblaron de niños paseando sus mascotas y haciendo volar sus cometas. Detrás de ellos, a distancia prudencial, caminaban los padres comprobando que todo estaba en orden. Era domingo y las campanas de Notre Dame repicaban en señal de festejo. Cuando Beatrice intentó ponerse en pie, le ofrecí una bata y la ayudé a incorporarse. Preparé el desayuno y nos sentamos en torno a la mesa camilla del salón. Ella, en un sofá de cuero. Yo, en una silla de madera, bolígrafo y libreta en mano, narrando el breve encuentro entre Beatrice, la señora que nunca aceptó la muerte de Mina, y Robert, el amante a sueldo incapaz de descubrir los secretos de una verdadera mujer.

            Se escucharon dos disparos. Desaparecieron las cometas, las mascotas y los niños y los adultos, curiosos, se agolparon en torno al número 8 de la Rue de Rivoli buscando respuesta a los quince segundos que transcurrieron entre uno y otro. Las campanas de la catedral, ajenas a lo acontecido, siguieron llamando a misa.

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