Estados Unidos y la ruptura de Yugoslavia

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Tras la Segunda Guerra Mundial y la subsiguiente partición de Europa en dos bloques, el Estado Yugoslavo se encontraba en el corazón del Telón de Acero. El Partido Comunista de Yugoslavia ostentó el liderazgo del país tanto en la guerra como durante la guerra civil que la precedió, consiguiendo así crear una república socialista federal que sustituyó la vieja descentralizada monarquía anterior. El nuevo Estado Yugoslavo se convirtió así en una federación de seis repúblicas, al igual que un Estado-Nación de tres naciones distintas.

Tras el final de la guerra, y a pesar de llevar a cabo políticas socialistas como sus compañeros del otro lado del Telón, Yugoslavia prefirió liberarse de la presión de la Unión Soviética para convertirse en un Estado realmente independiente, al contrario que sus vecinos del Este (con la excepción de Albania). Esta situación permitió a Yugoslavia tener una posición única en Europa, pues era este para el oeste y oeste para el este.

Su economía mantenía también ciertas diferencias con las de sus vecinos comunistas, especialmente tras la ruptura con la URSS en 1948. Las empresas, a pesar de ser en última instancia, propiedad del Estado, estaban dirigidas de manera colectiva por sus propios trabajadores, guardando un gran parecido con los kibutz israelitas y las cooperativas industriales anarquistas de la CNT-FAI en la Catalunya revolucionaria. Con este modelo, Yugoslavia se convirtió en una economía planificada de gran éxito. En sus años más gloriosos tuvo un incremento anual del PIB del 5%, al poder comerciar tanto con este como oeste por la posición privilegiada mencionada antes.

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Tito con Stalin y Molotov.

En el frente político, tras la ruptura con la URSS, el líder yugoslavo Josip Broz ‘Tito’ intentó crear lazos con los países occidentales. De esta manera, el renovado Estado balcánico fue el primer país en abrir sus fronteras a los países occidentales en 1967, siendo Tito un invitado más que bienvenido tanto en USA como en la Europa capitalista. La política exterior yugoslava se basaba en el no-alineamiento,  doctrina creada por Tito y seguida por Nasri y Nehru. La Yugoslavia de Tito mantuvo un papel dirigente en el movimiento no-alineado durante su historia, creando una vía alternativa a la hegemonía estadounidense y su contrapartida soviética. Este movimiento presentó una gran oportunidad a diversos y variopintos países alrededor del mundo para escapar de la dualidad entre ambos bloques y la inminente Guerra Fría. Esta situación no impidió que tanto soviéticos como americanos toleraran y celebraran las políticas de Tito. Para empezar, posibles acciones comunes contra Yugoslavia serían tan inútiles como inimaginables, y un hipotético ataque unilateral estaba condenado al fracaso. Yugoslavia contaba con un increíble ejército y, además, con una fuerte industria armamentística propia que, unida a la vasta colección de armas importadas tanto de USA como de la URSS, hacían del poderío militar yugoslavo la envidia de medio mundo. Por otro lado, Estados Unidos veía en Yugoslavia un freno frente a la creciente influencia soviética. Muchos países socialistas o de corte izquierdista prefirieron participar en el movimiento no-alineado que cooperar estrechamente con la Unión Soviética. Y, finalmente, la Unión Soviética mantuvo una buena relación con Yugoslavia. Sus iniciativas en organismos internacionales como la ONU solían coincidir, y ambos Estados tendían a respaldarse el uno al otro, lo cual suponía el apoyo del movimiento no-alineado y, por tanto, una holgada mayoría en las votaciones. 4D308E38-131C-43BB-B7BA-868A83884AB6_mw1024_s_n

No obstante, la existencia de Yugoslavia pendía del estrecho hilo que la separaba de las dos superpotencias mundiales y, tras la repentina desaparición de una de ellas, la posición yugoslava comenzó a ser cuestionada.

En los 80, Yugoslavia se sumía en una profunda crisis económica y política tras la muerte de Tito, líder del país. Durante esos años los principales problemas del país, siendo el étnico principal, fueron escondidos bajo la alfombra. Mientras la economía se hundía año tras año, las tensiones étnicas proliferaban. En Kosovo, nacionalistas albanos y grupos terroristas pidieron la independencia de la región histórica serbia y la subsiguiente anexión a Albania; en Bosnia, la mayoría musulmana empezó a radicalizarse al calor de los movimientos extremistas islamistas creados por Estados Unidos en Afganistán; en Eslovenia y Croacia movimientos independentistas ganaron terreno al mismo tiempo que se sucedían conflictos entre eslovenos y croatas, mientras comenzaban a emerger también con la población serbia; en Serbia y en la capital de Yugoslavia, Belgrado, el nacionalismo serbio y el centralismo yugoslavo ganó apoyo, y el liderazgo serbio en la federación se mantuvo firme ajeno a cualquier tipo de reforma descentralizadora que calmara los ánimos en el resto de repúblicas balcánicas. Todo esto acortó la mecha de la bomba que era el Estado yugoslavo, para la cual los Estados Unidos tenía cerillas de sobra.

Para los americanos, Yugoslavia había servido su propósito por un tiempo, pero tras la caída de la URSS ya no tenía razón de ser. Durante un tiempo, USA mantuvo la ilusión de relaciones amistosas con Yugoslavia, pero en todo momento rechazó cualquier tipo de ayuda, ya fuera económica o política, hasta el punto de aprobar una ley que prohibía hacer tal cosa. En 1990 la URSS ya estaba de capa caída y las potencias capitalistas occidentales empezaron a financiar y armar grupos armados insurgentes en Yugoslavia. Alemania y Estados Unidos fueron los más generosos a la hora de proveer de armas a los separatistas croatas y eslovenos, mientras que las monarquías del petróleo árabe armaron a los musulmanes bosnios al igual que mandaron guerreros muyahidines. El escenario ya estaba puesto, solo faltaba algunas chispas para que el país ardiera en una sangrienta guerra civil.nato-go-home

La comunidad internacional jugó un papel importante en el conflicto al mantener la llama de la guerra viva durante varios años, especialmente en Bosnia. Alemania fue uno de los primeros países en reconocer las autoproclamadas repúblicas de Croacia y Eslovenia, antes incluso que USA. Los embajadores americanos en Yugoslavia primero callaron y luego mostraron su apoyo abiertamente a tales movimientos. La minoría serbia en Croacia se rebeló, concluyendo en una guerra civil en Croacia que se saldó con la expatriación de 200.000 serbios y un millar de muertos en ambas partes. En Bosnia, la guerra civil reventó el país y cosechó 100.000 muertos y 2.000.000 de desplazados. En ambos conflictos, USA dio apoyo a las fuerzas separatistas mientras que en Bosnia la OTAN se metió de por medio contra los bosnios serbios. La guerra finalizó en 1995, dejando la antigua Yugoslavia en ruinas. Sin embargo, otra guerra andaba al acecho. Cutro años después, bajo el pretexto del genocidio perpetrado contra los albanokosovares, la OTAN bombardeó Yugoslavia durante 78 días, después de los cuales la provincia sur de Serbia fue ocupada por efectivos de la misma. El acto final (por el momento, desde luego), fueron las sucesivas declaraciones de independencia de Montenegro y la conocida República de Kosovo.

El escenario que el conflicto dejó es terrible. En lugar de un estado multicultural, socialista, independiente y estable, hay seis antiguas repúblicas yugoslavas, independientes la una de la otra, pero protectorados del oeste (USA). Todas ellas sumidas en deuda, con economías que dependen completamente de materia prima exportada y bancos extranjeros que, gracias a su introducción al sistema capitalista, ni siquiera pueden dar pensiones que permitan vivir de manera digna. Croacia y Eslovenia son parte de la OTAN y tan independientes de USA como Texas. Eslovenia era la república yugoslava más próspera y rica, mientras que ahora es uno de los países más pobres de la Unión Europea. El litoral croata es casi completamente propiedad alemana, y su territorio y puertos dan cobijo a ejércitos extranjeros. Bosnia no es un país, un territorio o una entidad. De hecho, nadie sabe lo que realmente es, ni nadie lo intenta. Montenegro es un estado controlado por la mafia, liderado por el mismo hombre desde hace 27 años, el paradigma de la democracia

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Edificio en ruinas en el centro de Belgrado. Se mantiene así para mantener los bombardeos en la memoria.

balcánica. Macedonia está partida a la mitad. Sus líderes reconocen la independencia de Kosovo, y tendrán que reconocer pronto la desaparición de la mitad de su país bajo la bandera albana. Kosovo, que ha luchado por su independencia durante décadas, hace ahora las veces de base militar. La principal fuente de ingresos tanto de serbios como de albanos en Kosovo es dinero de la droga, y su mayor diversión sigue siendo las tensiones nacionalistas y alguna que otra masacre, revueltas y quemas de iglesias. Kosovo no ha alcanzado realmente su independencia, y nunca lo hará. Serbia es un país a punto de colapsar. Los nacionalistas desfilan mientras los líderes liberales proeuropeos ostentan todo el poder. Serbia se ha convertido en una parodia de lo que alguna vez, con museos totalmente parados y reality shows por doquier, marchando a pasos agigantados hacia la integración en la Unión Europea, donde nadie nos espera.

Muchos, tanto dentro como fuera, odiaron Yugoslavia por lo que representó. Su existencia estuvo siempre en contra de la agenda liberal y las exigencias occidentales. Tuvo que ser destruida y sus propias gentes estaban listas para hacer el trabajo sucio. Ahora, los años gloriosos de Yugoslavia se recuerdan como una época de prosperidad y seguridad que vivenen nuestras memorias para nunca volver o, al menos, no por ahora…

Aleksandar Topić – solidarnost.rs