Jesús Carrasco: ponerte a ti mismo el listón demasiado alto

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Leí Intemperie tres años después de su publicación —siempre parezco ir un paso por detrás del resto del mundo—. No sé si había leído por ahí que la novela del escritor pacense revolucionaba a sus lectores, no sé si había leído que estábamos ante un prometedor titán de las letras hispánicas. No sé por qué el furor pasó delante de mí y yo no me di cuenta, quizás tenía la cabeza metida en un hoyo, pero sí sé —ahora lo sé— que eso era, más o menos, lo que escribía la crítica en 2013, cuando Seix Barral decidió publicar la primera novela de Jesús Carrasco.

Desde entonces han pasado tres años. La segunda novela, La tierra que pisamos, fue esperada con ansiedad e ilusión por el grupo de lectores que se había quedado con el mono de la prosa maravillosa que había encontrado, como un tesoro de inmenso valor, en Intemperie. La ventaja de ir un paso por detrás de todos —pensé, al cerrar la última página de la primera novela—, es que yo no voy a esperar. Solo unas horas después compré el ebook y aunque pensé que 12,42 euros era un precio alto para un libro, especialmente no impreso, los pagué sin dudarlo —y habría pagado más, y habría pagado la versión impresa si eso no hubiese implicado esperar hasta el día siguiente para comenzar a leer: así mis ganas de consumir Carrasco—.

Tardé más tiempo en terminar el segundo libro. Si Intemperie se me deslizó entre las manos, de principio a fin, en unas cuantas horas repartidas entre dos días, La tierra que pisamos se me resistió el doble de tiempo. Después, miré por encima algunas reseñas que encontré en Goodreads. A pesar del promedio no muy alto, más o menos de tres estrellas —digo «no muy alto» porque he notado que la gente en Goodreads es muy generosa puntuando, mientras que yo me lo pienso mucho antes de poner un tres—, los lectores escribían comentarios positivos. No puedo estar más en desacuerdo con el contento generalizado —aunque parecía haber trazas de resignación— que ha causado La tierra que pisamos. Sinceramente, creo que son lectores que aprueban la novela por inercia, porque creen que es lo normal, especialmente después de haber encontrado un libro tan cautivador como Intemperie: ¿Quiénes son ellos para declarar que La tierra que pisamos es una auténtica decepción? Seguramente piensan que, si no les gustó, el problema está en ellos, no en el libro.

Pero yo no me puedo quedar tranquila, así y ya. No puedo afirmar que La tierra que pisamos es una excelente segunda entrega de Jesús Carrasco, que se palpa esa narrativa impactante, que la historia es crítica, que la estructura fragmentaria es original. No puedo porque no creo que sea verdad. De hecho, lo que creo es que La tierra que pisamos es un libro que da la sensación de ser un primer borrador de una novela que parecía ser prometedora, pero que no alcanzó todo el potencial que contenía. No fue una novela ejecutada con éxito. Y no. Hay cosas que no son cuestión de gustos. Los fallos formales y las malas decisiones son, justamente, eso: fallos formales y malas decisiones.

Me imagino que a continuación debo cumplir con la convención y alertar acerca de posibles spoilers. Realmente no creo que nada de lo expuesto a continuación pueda perjudicar a la lectura de nadie, ambas tramas son llanas y no ocultan sorpresas. A no ser que seas spoilerfóbico y tuvieras que sacarte los globos oculares a lo Elle Driver si te encontraras con alguna información que revelara algo de la trama, creo que puedes seguir leyendo.

 1. Intemperie (2013)

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¿Dónde está la magia de Intemperie?
Por todas partes.

Mi experiencia de lectura fue algo así:

Desde el principio el narrador me causó una buena impresión. Una tercera persona neutral, descarnada, marca la distancia que será característica de la atmósfera de la historia. Sus frases no son sencillas, de hecho, sentí que me abofeteaban con una dosis de léxico que me desubicó al principio, pero que aprendí a disfrutar muy pronto. Intemperie es una mina de vocabulario, un manantial de palabras de origen rural. Es un tipo de léxico que, si bien siempre ha tenido ese no sé qué encantador, ahora su encanto no hace más que hincharse —conforme crece el peligro de que se vuelvan palabras olvidadas, almacenadas en diccionarios, como una galería de antigüedades— se vuelven más y más bellas —soy nostálgica—. A pesar de la dificultad, no parece una prosa artificial, y yo pensaba conforme leía «nadie conoce todas estas palabras, esto solo puede escribirse con el diccionario de sinónimos al lado». Claro, no lo sé. Creo que tiene mérito que la narración no parezca forzada, que no rechine al ser leída.

Junto con las palabras vienen los objetos. Carrasco presenta un inventario amplísimo de toda clase de artefactos, herramientas, utensilios, textiles, alimentos, máquinas, accidentes geográficos. Con este mapa de objetos, Intemperie brinda un imaginario desolador y, aun así, inmensamente bello que, creo yo, se disfruta mucho en la lectura. Digo desolador, porque la historia se desenvuelve sobre un páramo inmenso que atraviesa una terrible sequía que conduce a la muerte a los pueblos de una zona geográfica muy amplia­. El espacio desértico —un acierto más— dibuja un ambiente que se balancea entre lo salvaje y su hermosura, y una crueldad abrumadora, y lo hace con impresionante maestría: no se distinguen tiempos ni lugares, los diálogos son escasísimos, los personajes se pueden contar con una mano y ninguno tiene nombre propio. El páramo es cruel, inabarcable, egoísta, indiferente. En él sobrevive quien puede y poco más importa. Los nombres propios, en el desierto, cuando hay sed e insolaciones, cuando todo está enterrado bajo la arena, no vienen al caso. Carrasco lo entiende bien.

Intemperie tiene cadencia interior, un ritmo continuo, lirismo, brutalidad en dosis ideales. Es descarnado y sensible a la vez. En definitiva, es un libro precioso.

2. La tierra que pisamos (2016)

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Leí la primera mitad de una sentada. Al principio me pareció una novela que podía ser sólida. Había una narradora contradictoria que luchaba entre lo que se le había inculcado —imperialismo, patriotismo, superioridad, racismo— y lo que su sentido común parecía intentar decirle. Lo escucha, finalmente, con la llegada de un segundo personaje, y cada vez lo escucha con más atención. Hasta ahí todo bien. El problema es que esta protagonista narradora que promete evolucionar, rápidamente se vuelve predecible, aburrida y, lo peor de todo, inverosímil.

La novela completa está construida a partir de unos cuadernos personales que ella escribe. Primero habla sobre su situación personal —tiene que cuidar de su marido que, por alguna razón, no puede moverse ni hacer nada por sí mismo, pero que tuvo, en su día, un alto cargo militar—. Tras la llegada del hombre misterioso, sin embargo, su interés por la tierra en la que vive, una colonia del gran imperio ficticio en Badajoz, tras décadas de habitarla, brota de repente. Se convertirá en una obsesión reconstruir los pasos del desconocido, y la reconstrucción de su historia personal servirá de excusa a Carrasco para retratar escenarios distintos: el presente de Eva —la tierra violentada después de años de la invasión y cómo evolucionó la sociedad en ella—, el momento de la invasión y la captura de los prisioneros, la vida antes de la interpelación militar, los maltratos y la explotación a los capturados. Expuesto así todo parece una gran idea. ¿Dónde está el fallo?

En primer lugar, en la extensión de la novela. Con la mitad de páginas le bastaba y le sobraba para bordar la historia. La segunda mitad del libro es tediosa. Durante el último tercio me planteé varias veces abandonar el libro —entonces recordaba lo de los 12,42 euros y seguía leyendo, aunque se me cerraran los ojos—. La estructura es fragmentaria, los capítulos son cortos, todos los tiempos internos de la historia se entrelazan entre ellos. Definitivamente, lo mejor habría sido sacar provecho estas características predefinidas y seguir los pasos, por ejemplo, de Juan Rulfo —sabia decisión la extensión que tiene Pedro Páramo—.

En segundo lugar, en su narradora. Es odiosa, y no porque sea una imperialista insoportable, sino por lo que dije sobre la verosimilitud. Nadie escribe así sus cuadernos personales: frases demasiado largas y complicadas, reflexiones complejísimas y elaboradísimas y, además, con un grado de dificultad del léxico muy alto —aunque no tanto como el de Intemperie—. Parecía, en lugar de diarios, que estaba escribiendo una novela premeditada y con mucho trabajo detrás. Como no me podía creer que una mujer que había sido criada para casarse con un militar, que llevaba a saber cuántos años alimentando a un hombre babeante con puré, y que por sí misma reflejaba un altísimo nivel de ingenuidad e ignorancia, pudiera escribir espontáneamente esos textos, me sentía constantemente expulsada de la ficción.

En tercer lugar, el aislamiento perpetuo de los personajes. No hay interacción entre ellos en todo el libro. De nuevo, me parecería bien si el libro fuese mucho más corto, pero ya que no lo fue, me pareció una necedad mantener a la mujer y al hombre incomunicados durante todo el libro. Sí, la incomunicación se debía a que él estaba completamente loco, pero estoy segura de que hubiese podido haber algún tipo de solución distinto. Al menos, creo, pudo darle mucho más juego en la reconstrucción de la historia: si no puede hablar ahora, haz que hable antes. No hay por dónde enlazar ni simpatizar, como lector, con el hombre al que se debe la novela entera.

Finalmente, el exceso de violencia, en mi opinión, terminó siendo contraproducente. Las escenas que impactan, impactan las primeras veces, pero conforme avanzas y se van repitiendo golpes, hambre, frío, locura, cicatrices, explotación, trabajos forzados, desmayos, muertes, abuso de autoridad, terminas por volverte completamente indiferente a la crueldad. Yo suelo preferir lo sugerente y no lo gráfico, pero cuando se va por la vía de lo gráfico también hay que saber hacerlo con cautela y sabiduría, y creo que Carrasco no supo elegir cómo recrear las escenas más brutales con suficiente inteligencia. Había crudeza pero parecía una crudeza tímida, y se extendió tanto durante la obra que terminó por ser una especie de mazacote mal embarrado por todo el libro.

Tras una novela tan entrañable como Intemperie, creo que Carrasco estaba en una posición muy complicada. Su primer libro había sido un éxito y era de una calidad asombrosa —especialmente para una primera novela—; no podía permitirse repetirse, no después de haber creado tantas expectativas. Si caía en la redundancia, se asumiría rápidamente que solo podía crear un tipo de novela. Quizás, en su intento de alejarse lo más posible de la línea que había elegido en Intemperie, quizás bajo la presión de la editorial —de esa gente nunca se sabe—, terminó presentando un libro que, de haber sido escrito por alguien más, habría podido pasar como un libro promedio, ni bueno ni malo; pero porque era él, solo por eso, La tierra que pisamos es un libro que deja mucho que desear.