Reality shows: la telenarrativa.

 

Muchos no querrán nunca admitirlo pero es un hecho. Los reality-shows han copado los canales de televisión. A todas horas se nos retransmite, por uno u otro canal, la imagen, segundo a segundo, de un programa que muestra las «visicitudes» de un pequeño grupo humano a tiempo real. Los mecanismos son extraordinarios en cuanto a la complejidad y efectividad con la que funcionan a la hora de llegar a todos, de hacer que nos cercionemos de su presencia. Queramos o no, nos vemos envueltos en esa red, -que se vuelve social incluso- atrapados en cierta atracción imposible, a veces, de justificar, ¿oh sí?

El formato reality debe su indudable triunfo a una serie de causas que demuestran la gran capacidad y visión que tuvieron sus creadores. Si nos remontamos al origen del formato, podemos observar que, si bien se origina a partir de los años 50, no es hasta los 90 cuando alcanza su máximo desarrollo. Se produce un salto sustancial desde la cámara oculta hasta la retransmisión, en directo, de un número de personas que por la naturaleza del programa adoptan de la narrativa el esqueleto pero no la envolutura. Big Brother es, quizá, el ejemplo más claro de cómo los motivos de la narrativa humana se desarrollan en la pantalla pero no es el único. Otros como Extreme Makeover, Top Chef, Operación Triunfo o  Fama,  adoptan este esquema. Así, se podría entender, su calurosa recepción, cosa que se traduce en su indiscutible éxito.

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El formato televisivo exige, en base al principio de economía cognitiva, la sencillez para un producto que debe ser recibido y asimilado de forma inmediata. No exige, por tanto, ningún tipo de reto intelectual comprenderla o seguir su línea argumental. Sin embargo, quizá lo que provoque su triunfo absoluto es su esquema narrativo que, a pesar de contar con limitaciones a la hora de desarrollarse tal y como podría hacerse en papel, trabaja los motivos y mecanismos del relato que acompañan al hombre desde el principio.

En el reality los individuos se convierten en personajes arquetipo. Si lo miramos siguiendo la perspectiva de que toda la realidad traducida a píxeles se transforma en ficción, podemos comprender a la persona protagonista como un ser despojado de todo accidente salvo aquellos necesarios para definirlo conceptualmente. Cada elemento de este relato que se irá tejiendo cumplirá, entonces, un motivo fácilmente reconocible porque se desarrollará a partir de los que ya existían. Vladimir Propp recogió muchos de estos en su obra de 1928 Morfología del cuento. Así, aparecerán en los realities figuras como el héroe– que se reinventan en padres de familia solteros, victoriosos del cáncer o exdrogadictos-, el antagonista o villano,  el o los que ayudan al  protagonista, la figura de la princesa que ha de ser rescatada convertida en amante pasajera, y el que antes fue bufón aparece como gracioso. Cada función permite que los televidentes se sientan identificados con uno o varios personajes, pues todas remiten a diferentes tipologías humanas de extensa tradición. Además, cada papel es capaz de desplazarse bien por la configuración del programa o por la influencia del público. Las líneas narrativas El espectador se puede percibir como un pseudonarrador, un ente-masa que con toda la libertad que permite lo que ya se ha predicho cree ser capaz de dirigir los hilos narrativos. Se concibe a sí mismo como creador en parte del programa, especialmente, desde que las redes sociales permiten la directa relación entre los que lo dirigen y quienes lo visionan.

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Las líneas narrativas reproducen asimismo los esquemas ya establecidos y recogidos. La mayoría de ellas siguiendo, pues, estos parámetros, bascula entre las pulsiones de los celos, la envidia, el amor, la búsqueda- antes proyectada en forma de viaje inciático, ahora como viaje introspectivo-, el sexo, la muerte- en el reality como expulsión o derrota en el concurso y sobretodo la ambición. La ambición es especialmente importante porque caracteriza en mayor o menor medida a todos los personajes siendo esa la razón, ya sea más o menos explícita, de su incursión en el formato.

De esta manera se reescribe un relato que ya había experimentado muchas formas y que encuentra en la pantalla su proyección más masiva y simultánea. La narración se erige a través de la televisión como un  monstruo híbrido de lo humano con lo humano desde el foco del objetivo hasta el píxel y consecuentemente liga las pretensiones humanas con las pulsiones humanas, haciendo del formato un ente imparable que amenaza -tristemente o no- el resto de programaciones.

 

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